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“Si no le gusta, váyase”. “Si no quiere, no lo haga”. “Nadie lo obliga a estar aquí”. “Pues cámbiese”. Le puedo asegurar, lector, que usted ha sido víctima de alguna de estas frases. Son respuestas tan comunes que hemos dejado de advertir lo violentas que son, pues, frente a una queja legítima, no se analiza el problema, al contrario, se cuestiona a quien se atreve a señalarlo. No se corrige la anomalía, se reconviene o se expulsa al incómodo e inconforme.

En estos días se hizo presente una versión particularmente grotesca: los médicos residentes de un Hospital de Alta Especialidad en Veracruz, denunciaron carencias de insumos para trabajar. En un intercambio que fue difundido públicamente, el coordinador estatal les respondió que “si no querían operar, pues que no lo hicieran”. Después vino algo peor, recordándoles que eran residentes, que eran dependientes de la institución y que sus evaluaciones estaban en manos de ésta.

Un despliegue vulgar de poder. El médico no estaba diciendo “No quiero operar”, estaba diciendo “No tengo con qué operar”. Entre ambas frases hay un abismo ético, pues la primera describe una decisión individual, mientras que la segunda es una denuncia a las deficiencias institucionales. Sin embargo, aparece una maroma espectacular pero miserable de parte de la autoridad, que espeta: nosotros en efecto no proporcionamos los insumos, usted denuncia que faltan y, por lo tanto, “usted es quien no quiere operar”.

La maniobra es formidable en lo asquerosa, pues el problema desapareció. Ya no hay ni desabasto ni responsabilidad administrativa. Ahora hay un médico que se niega a trabajar “con lo que hay”. Somos ahora testigos de la alquimia burocrática perfecta, en donde la incapacidad de la institución se transforma en culpa del individuo.

Pero, la escena todavía se vuelve más oscura. Después de que la responsabilidad se invierte, aparece el poder, no para resolver el problema, sino para recordar quién manda. Se exhibe toda esa fuerza para recordarle al otro que puede hacerle mucho daño, pues, el recordarle a un residente en medio de una discusión por falta de insumos que su evaluación depende de la institución, solamente coloca sobre la mesa la jerarquía del “yo estoy aquí y usted está acá abajo”. Ahí, el poder muestra uno de sus rostros más miserables, cuando, incapaz el mequetrefe engrandecido de responder al argumento, les recuerda a los subordinados todo lo que tienen por perder. Un residente es frágil en este sentido, pues su evaluación, sus años de trabajo y futuro profesional están en juego. Cuando la asimetría es así de grande, ya ni siquiera es necesario amenazar, pues basta con recordar quien tiene el poder.

Por eso esta historia trasciende a un funcionario y a un hospital. ¿Hay irregularidades en su fraccionamiento? Cámbiese. ¿Su trabajo es abusivo? Renuncie. ¿La escuela funciona mal? Saque a sus hijos. ¿No hay insumos para operar? Pues no opere. Siempre la misma lógica: “si usted identifica el problema, elimínese usted de la ecuación”. Hoy en día se castiga a la voz quejosa ofreciéndole la puerta, y cuando salir no es una opción, se le recuerda al inconforme quién tiene las llaves…

En medicina (y en otros rubros) esto no es solamente autoritario sino peligroso, pues un residente o médico que advierte que no existen condiciones adecuadas para realizar un procedimiento, justamente es el médico que deberíamos querer formar o tener en nuestras filas, pues los pacientes necesitan profesionales capaces de decir “esto no es seguro”. Pero, sí responder a esta advertencia implica ahora la amenaza de recordarles quién controla su evaluación o trabajo, la enseñanza es otra y es un “cállate”. Desafortunadamente, puede pasar que en efecto se guarde silencio y que se opere sin protestar. Quizá algo salga mal y entonces probablemente buscaremos al responsable en el último eslabón de la cadena, que es el mismo residente al que se enseñó que señalar deficiencias puede costarle carísimo.

El miserable directivo no te da las herramientas para trabajar. Después convierte esa carencia en negativa a laborar y finalmente hace énfasis en que tu futuro depende de él. Eso no es liderazgo, es, de nuevo, una vulgar exhibición de poder sobre quien tiene mucho que perder.

Detrás de ese viejo “si no le gusta, váyase”, se esconde una verdad mucho, pero mucho más siniestra: “Si no le gusta, váyase. Y si no puede irse, siempre recuerde quién manda”. 

De nuevo, un lugar especial en el infierno merecen estos malévolos seres.

Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.

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