Recientemente apareció el expresidente Vicente Fox en las oficinas del Comité Ejecutivo Nacional del PRI. Iba ataviado de traje y corbata roja, que no en mangas de camisa, botas y hebilla, como solía vestir para desestimar personalidades, para presentar sus respetos al impresentable Alito Moreno, dirigente nacional del PRI, y pedirle apoyo en las elecciones intermedias de 2027.
Qué lejos quedaron aquellos tiempos de soberbia cuando Fox se sentía fuerte y decía que no gobernaría con el PAN, pero que echaría al suelo y pisaría con sus botas a las “víboras prietas, tepocatas y alimañas” del PRI. Pero sucedió lo que tantas veces ha ocurrido: la frivolidad le impidió realizar un cambio profundo y, hoy, no le queda más que mendigar amor a Alito para las elecciones intermedias.
Fox perdió la memoria histórica de lo que contó durante su campaña: aquel célebre debate cuando le espetó a Francisco Labastida: “A mí tal vez se me quite lo majadero, pero a ustedes lo mañosos, lo malos para gobernar y lo corruptos no se les va a quitar nunca”. Ahora, con un cinismo rampante, se echa en brazos de los mismos que quería escupir y pisar con sus botas.
La virtud de la verdad ya no importa. Dejó de ser punto de encuentro del inconsciente colectivo y la política se transformó en enfrentamiento tribal, donde importa más destruir al adversario que defender principios. La congruencia es un lastre incómodo. De manera monda y lironda, el reciente episodio revela un enorme vacío de ideas, valores y proyectos; todo parece simulacro y tramoya. Como escribió William Hazlitt: “El hombre es el único animal que ríe y llora, porque es el único que conoce la diferencia entre lo que es y lo que debería ser”.
Pero en el ámbito político desde hace mucho conocen bien los bandazos del hombre de botas. Recordemos cómo, durante la campaña presidencial de Josefina Vázquez Mota, Fox primero la abrazaba y lanzaba arengas en su favor; poco después, cuando conoció al puntero en las encuestas, se deshacía en halagos hacia Enrique Peña Nieto y festejaba el triunfo del candidato priista.
Aquellas declaraciones fueron recibidas por el gobierno de Felipe Calderón como una puñalada trapera. Por elemental lealtad a su partido, un expresidente emanado del PAN no debía convertirse en vocero de malas noticias para su propia candidata y mucho menos en promotor del adversario priista. Fox, sin embargo, ya había demostrado que sus lealtades políticas obedecían a intereses propios.
Ahora Fox aparece como forjador de alianzas. ¿De parte de quién? Es decir, ¿qué partido se lo pidió o a quién representa? A él mismo: un discurso caduco de los hombres del pasado que tuvieron en sus manos el destino de México y cambiaron todo para que todo siguiera igual.
Pero el verdadero problema de la oposición es que no ha aprendido de las derrotas y continúa funcionando como patrimonio personal de liderazgos y círculos de intereses que se reparten candidaturas, posiciones, prerrogativas y espacios de poder, para después preguntarse por qué el ciudadano ya no los escucha. Criticar al gobierno no equivale a construir una alternativa.
Fox aparece feliz flanqueando a Alito y su corte. ¿No sabrá que el de marras no suma, sino resta? Su imagen pública hace acopio de negativos y corrupción; resulta políticamente radioactivo para una oposición que pretende presentarse ante la sociedad como alternativa moral frente a Morena. ¿Cómo convencer al ciudadano de que se representa algo nuevo cuando para llegar al poder se recurre precisamente a algunos de los personajes que millones de electores identifican con aquello que querían dejar atrás? Fox llegó a la Presidencia desnudando al PRI; hoy se quiere cobijar con él.
La fotografía de Fox visitando al PRI es mucho más que una anécdota: es una imagen surrealista de película decadente de Jodorowsky. Antes, la oposición debería preguntarse qué representa, a quién representa y para qué quiere regresar al poder.
Solo el expresidente Fox sabe qué pretende con su ocurrencia. Pero toca la puerta de Alito mendigando amor, en lugar de conectar con el pueblo. Seguir así, la oposición podría cambiar de aliados y hasta de colores, pero difícilmente cambiará su destino. La verdadera alianza que necesita no es entre membretes e innombrables: es con el ciudadano.