Hace dos años publiqué el libro No soy un robot sobre la lectura en la sociedad digital. Me interesó analizar el impacto de la tecnología a partir de mi oficio: ¿qué claves brinda la cultura de la letra para sobrellevar el desafío de los algoritmos? Quienes no somos programadores, podemos estudiar la computación a partir de sus efectos sociales.
La lectura es una dinámica interactiva, que completa el sentido del texto; quien lee, recibe el estímulo de una mente ajena para pensar por cuenta propia. En esa medida, se trata del principal medio de resistencia contra las alertas unívocas y la lógica binaria de las redes.
Nadie nos conoce mejor que el sistema operativo de nuestro teléfono. Sus ofertas se basan en búsquedas previas, lo cual resulta placentero porque se trata de cosas que, en efecto, nos gustan. Sin embargo, la lluvia de estímulos, por variada que parezca, se mantiene en una zona restringida. De manera paulatina, los algoritmos establecen una satisfactoria tiranía de lo mismo que tarde o temprano desemboca en el consumo.
Por el contrario, las librerías y las bibliotecas ofrecen horizontes desconocidos y fomentan una de las más peculiares ramas del placer, la de inaugurar emociones: ante una página decisiva, disfrutas de algo que no sabías que te podía gustar.
No soy un robot planteó estas ideas, pero la realidad plantea otras. Hace unos días, los resultados de la prueba PISA escandalizaron a los 91 países donde se llevó a cabo. Los resultados de la educación mundial son escalofriantes; no sólo ha bajado la cuota de conocimientos reales, sino la capacidad de adquirirlos: los jóvenes carecen de una adecuada comprensión lectora.
Estamos ante una demostración empírica del descenso del cociente intelectual promedio, ya advertido por James Flynn, investigador estadístico de la inteligencia. Durante el siglo XX, los humanos ganaron 30 puntos de CI; sin embargo, a partir de los años noventa comenzó un declive de dos puntos por década.
La “semana del pánico” se perfeccionó con otra noticia. La juventud revela su deterioro cognitivo al tiempo que las máquinas aumentaban el suyo. Un investigador de Anthropic renunció a su cargo, señalando que la inteligencia artificial puede acabar con nosotros a fines de la década. Lo que parecía un arrebato individual cobró relevancia cuando sus colegas declararon al New York Times que ése era el consenso interno.
En este contexto, Sam Altman, máximo directivo de OpenAI, pospuso la salida de la empresa a la bolsa de valores y anunció que sus desarrolladores tendrán supervisión externa. Para “tranquilizar” al público dijo: “El mundo hace bien en tener miedo, pero debe tener confianza en nosotros”. ¿Podemos creerle? Conviene recordar que en julio el procesador GPT-5.6, de OpenAI, logró conectarse a internet por iniciativa propia y hackear varias cuentas.
¿Qué tan apocalíptica es la situación? La IA cumple tareas de indudable utilidad y llegó para quedarse. Lo que está en juego es su regulación. En otro artículo escribí que China ha diseñado medidas para contrarrestar el vertiginoso impacto social de las máquinas, algo que dará aún más poder al Partido Comunista, capaz de conocer la relación íntima de los ciudadanos con sus prótesis digitales. El otro competidor, Estados Unidos, carece de límites. Esta semana, Donald Trump volvió a desoír las advertencias y los jerarcas tecnológicos muestran una inquietante ambivalencia.
El descontento por la desaparición de empleos y la progresiva subordinación a los procesos automáticos ha provocado que los billonarios digitales comiencen a hablar de ética y contraten filósofos de emergencia. Esta operación de relaciones públicas encubre otras iniciativas, diseñadas para escapar en forma individual a un mundo amenazado. Cada mandamás de Silicon Valley dispone de un proyecto de supervivencia de élite. Elon Musk planea emigrar al espacio exterior y Sam Altman subir su cerebro a la red para sobrevivir sin la molestia de tener cuerpo. Marc Andreessen, cofundador de Netscape, escribió el Manifiesto Tecnooptimista en el que aboga por una expansión sin obstáculos, capaz de combatir “la ética de la tecnología” y “el sentido existencial del riesgo”.
Mientras los dueños de los robots planean su huida, las nuevas generaciones pierden la tecnología que definió a la especie humana: la lectura.
ÁTICO
La juventud revela su deterioro cognitivo al tiempo que las máquinas aumentan el suyo. ¿Qué tan apocalíptica es la situación?