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Hace unas noches México gritó: “¡Viva!”, como lo ha hecho durante generaciones. Hubo campanas, banderas, tequila, música, trajes típicos, familia, amigos y fuegos artificiales.

Pero a la mañana siguiente reflexioné: si México no pudiera gritar, ¿qué haría? ¿Se quedaría afónico? ¿Sería mudo? ¿Trabajaría? ¿Inventaría? ¿Produciría? ¿Ahorraría? ¿Educaría? ¿Compraría lo que fabrica?

Lo pensé ahora que tantos dicen que tenemos demasiados problemas por resolver. Y quizá el asunto no radica en que seamos gritones y bailadores; tal vez hemos aprendido a gritar lo que todavía no sabemos construir.

Entonces la pregunta me tomó por sorpresa: ¿cómo sería este país nuestro, ese que de verdad queremos? No el de los discursos oficiales, ni el de los palacios y ayuntamientos, sino el nuestro: el de la calle, ese de todos los días, donde está la empresa en la que trabajamos, la banqueta que pisamos y el árbol cuya sombra tal vez no alcancemos a disfrutar.

Ahí fue cuando pensé en Fito, incansable en su empeño por hacer una mejor ciudad: plantando y cuidando árboles no solo para sus nietos, sino para los hijos de ellos, para que algún día no les falte ni agua ni sombra; creando conciencia con sus mensajes y escritos siempre puntuales.

Sonreí al recordar a Sofía, quien empuña la escoba y barre todos los días no solo el frente de su casa, sino la cuadra entera desde hace años. No sé si alguien lo nota; no creo que nadie le pague. Pero ahí está, abanderando en silencio la limpieza. Ella quizá no grita, pero sí barre.

Leí en redes a Susana Arredondo-Laclette, quien sigue señalando la alcantarilla sin tapa, advirtiendo el peligro, reclamando aquello que debería funcionar. Igual que lo hacíamos hace casi treinta años desde otros foros.

Cuando leo un artículo mío de hace dos décadas, tengo la incómoda sensación de estar leyendo el periódico de hoy. La ciudad ha crecido, han llegado cambios y desarrollo; pero sigue lejos de aquella que imaginamos.

Y ahí está la pregunta que vale la pena hacerse al día siguiente del festejo: ¿sabemos qué México queremos? ¿Qué México estamos heredando?

Porque un país también se hereda, igual que una casa, los ojos de la abuela, la vajilla y las deudas. Heredamos lo que se calla, lo que se tira y lo que se ignora; heredamos también la costumbre de reclamar lo que otros no hacen sin preguntarnos qué dejamos de hacer nosotros.

Querer a un país no debería consistir únicamente en emocionarnos una noche al año. Tal vez quererlo sea algo menos heroico: no invadir el paso peatonal, soltar el celular al volante, usar el casco en la moto, denunciar a quien pide un soborno y hacer propio el reclamo del vecino. Comprar lo que se produce en nuestra tierra. Enseñar. Producir. Cuidar.

Pequeñas cosas. Sin estruendo, sin fuegos.

Tal vez hemos confundido el amor a México con la simple emoción por México, y no son lo mismo. México no es un ente abstracto al que podemos culpar cuando las cosas salen mal, ni se queda en los héroes de bronce. México eres tú, aquel y, lo que hacemos cada día.

México… soy yo cuando nadie me está mirando.

Quizá por eso un país también se hace como una mazorca: grano a grano. Con esa escoba que barre, con árboles que algún día darán sombra y con una persona, solo una, que decide que a ella sí le toca.

Entonces sí: que redoblen las campanas, que cante con fuerza el mariachi y gritemos:

¡Viva México, sí iñor!

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