Este señor de mi ciudad se sacó el premio gordo de la lotería: 5 millones de pesos. En aquel tiempo ésa era una buena cantidad. Y en éste también. Se desapareció el dichoso, y regresó un año después sin un centavo en el bolsillo. Le preguntaron en qué había gastado el dinero. Respondió: “Una tercera parte en vino. Una tercera parte en mujeres. Y lo demás en puras pendejadas”. Lo mismo hizo el poeta inglés John Donne con la cuantiosa herencia recibida de sus padres. Se le fue, según él mismo dijo, en el gozoso trato con damas de trato gozoso; en noches de jolgorio con amigos: en viajes, y en ese otro modo de viajar que son los libros. A Donne se le ha llamado “poeta metafísico”, porque escribió acerca de Dios, del Cielo y el Infierno -pongo ambas palabras con mayúscula por razones de equidad-, y de otras cuestiones igualmente ultraterrenas. Supe de un profesor, positivista y algo jacobino, a quien uno de sus alumnos le preguntó qué diferencia había entre física y metafísica.
El maestro levantó en alto su llavero y respondió: “Suelto estas llaves. Si se caen, eso es física. Si no se caen, es metafísica”. Quizá resulta aventurado calificar a alguien de metafísico. A mí, delgaducho y escuchimizado cuando joven, mis amigos me decían “El químico”, porque de físico no tenía nada. Vuelvo a Donne, y recuerdo sus palabras: “Ningún hombre es una isla”. Si me es permitida una exégesis diré que tampoco ningún país lo es. Cuando en 1939 la locura de Hitler desató la Segunda Guerra, el pueblo norteamericano quería en forma unánime que Estados Unidos se mantuviera al margen del conflicto. El ataque japonés a Pearl Harbor anuló esa postura aislacionista, lo cual alegró a Churchill: la entrada de Estados Unidos a la guerra ayudaría a los británicos.
Pero advierto que estoy divagando, según mi inveterata consuetudo, costumbre inveterada. A lo que voy es a decir que la presidenta Sheinbaum, siguiendo el mal ejemplo de AMLO, se abstiene de acudir a eventos internacionales de alto calado, como la reciente Asamblea General de la ONU. Con eso pone a México al margen del concierto de las naciones civilizadas. Para promoverte necesitas dejar verte. En cosa de política y trato internacional lo que no se ve no existe. El doctor Duerf, siquiatra, le dijo a su paciente: “No es que tenga usted un complejo de inferioridad, señor Wormilio. Lo que pasa es que realmente es inferior”. La mandataria no ha de proyectar la impresión de que nuestro país sufre un complejo de inferioridad, o que lo padece su máxima representante.
“Busca tu luz, muchacho” -le aconsejó doña Sara García a Lalo González, “El Piporro”, que daba sus primeros pasos en el escenario y se mantenía tímidamente al fondo. México debe también buscar su luz. Nadie, y menos que nadie su Presidenta, ha de mantenerlo en la penumbra. Columnista: no diré que tus palabras fueron luminosas -eso sería exagerar- pero ciertamente estuvieron muy puestas en razón. Igualmente razonable será que en seguida narres un cuentecillo final y luego hagas mutis con la prestancia y altivez de don Fernando Díaz de Mendoza tras recitar aquellos versos del Tenorio: “Llamé al cielo y no me oyó, / y pues sus puertas me cierra, / de mis pasos en la tierra / responda el cielo y no yo”. Doña Remisia consultó al doctor. Le dijo: “Si me acuesto sobre el costado izquierdo se me sube el hígado. Si me acuesto sobre el costado derecho se me sube el riñón. Si me acuesto bocabajo se me sube el estómago”. Le sugirió el facultativo: “Pues acuéstese boca arriba”. “¡Ah no! -se alarmó doña Remisia-. ¡Entonces se me sube mi marido!”. FIN.
MIRADOR
El sábado último hablé con el fantasma de don Ignacio de la Peña y Dávila.
Gusta de aparecerse las noches de los sábados, según él mismo me contó en confianza, porque era cuando hacía el amor con su señora, doña Mariquita, y la busca para evocar aquellas ocasiones. No la encuentra nunca, pues ella se le esconde. Mujer de devociones, le disgusta hablar del tema.
Don Ignacio no es el único fantasma con el que me topo. Igualmente suelen venir a verme el de Lucita Gauna; que murió del corazón la víspera de su matrimonio; el del capitán Yervides, muerto en duelo con su mejor amigo; el de la niña Flor, a quien un fotógrafo de Saltillo retrató en su pequeño ataúd vestida de angelita; y el del perro llamado Kaiser, que mordió en una nalga a la esposa del alcalde porque entró a la casa sin aviso.
Le pregunto a don Ignacio:
-¿Por qué se me aparecen, si no creo en aparecidos?
Me responde:
-Tampoco nosotros creemos en ti, y sin embargo también te nos apareces.
¡Hasta mañana!…
MANGANITAS
“. Trump va contra China.”.
El asunto no es sencillo.
China es país poderoso.
El mundo, ante ese coloso,
se va a pintar de amarillo.