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Gente querida, solidaria, con las causas difíciles: hoy les platicaré del último vestigio de venero que nos queda. Un venero es la corriente de agua que brota de un manantial. Para nosotros es algo inusual, maravilloso, extraordinario, pues ya solo existe uno, el último, en León y les diré dónde está, para que puedan conocerle y protegerle. Una parte está en El Salto en Cervantes Saavedra y otro en el Parque Chapalita. Hoy, pocos leoneses ya muy adultos que pueden contar esta historia de los veneros de la ciudad. Las crónicas dicen que los Pozos del Fraile, ubicados cerca del Parque Hidalgo, eran el último vestigio de un depósito enorme de agua donde los ancestros saciaban su sed. En la época de la guerra cristera en el Bajío, esos eran los dos pozos gigantes en la periferia que hoy conocemos como colonia Industrial. Hoy están secos, pues se alimentaban de los escurrimientos de la parte alta de la zona poniente del centro, provenientes del Cerro de la Colonia Arbide. Fue nuestra sed la que los acabó, pues debimos explotar con pozos de SAPAL la reserva y así acabar con el escurrimiento.

La formación de los mantos freáticos que están en el subsuelo abajeño son el resultado de millones de años de escurrimientos e infiltración. Bebemos agua milenaria aún a pesar del desequilibrio hidrológico, pues extraemos más de lo que infiltra la naturaleza. Son miles de metros cuadrados de concreto en la ciudad y la falta de pozos de absorción, lo que termina de amolar el asunto. El resultado es que el nivel freático del agua sigue bajando y nosotros sacar por tanto de más de 300 metros el agua para la sedienta ciudad. En la “numeragua” publicado por la Comisión del Agua, destaca la enorme cantidad de pozos subterráneos que tenemos en Guanajuato; más de la mitad de los que hay en el País son los que nos dan de beber junto con pocas fuentes superficiales como la lluvia.

Nuestro León querido tiene pocos escurrimientos de la Sierra de Lobos pues nos acabamos los árboles; nos abastecemos también con baterías de agua de otros municipios del sur y oriente; por eso, nos acabamos aceleradamente las aguas subterráneas con pozos. Estas aguas que están clasificadas como antiguas y recientes, son claves para apagar nuestra sed. Las antiguas que datan de más de 100 años y que son producto de la infiltración por el propio ciclo del agua y las recientes que son más superficiales y que frecuentemente están contaminadas, pues las primeras (antiguas) son más impermeables a la contaminación que hacemos los leones (fisuras en tuberías, fracturas en el recubrimiento del Malecón, descargas de químicos, etc.).

No captamos agua de lluvia en León y apenas la reciclamos. Por eso, la única solución real, factible, sustentable, es iniciar el reciclamiento de las aguas negras y la captación el agua de lluvia, así como “sembrar” agua desde la Sierra, pues el agua superficial que usamos es muy poca y solo la vemos pasar por el Río de los Gómez.  De acuerdo a la historia, León se construye para aprovechar el agua del actual Río de los Gómez y a sus orillas los primeros pobladores lograron sus asentamientos; solo que, con la colonia española, los problemas de inundaciones se hicieron críticos al caer el agua de la Sierra y estar ubicado el centro en la parte baja que era colmada en los periodos de lluvia. El agua del río se contaminó rápidamente y los leoneses solo veíamos pasar el agua sin infiltrarla o captarla para uso.

Sin cultura de ahorro o de captación, debimos explotar los mantos freáticos, en tanto que los “veneros” se agotaron rápidamente: Como los que surgían de las 4 elevaciones mayores: Cerro Gordo, Cerrito de Jerez, el Calvario y la Arbide. ¡Sí! Aquí están los últimos veneros, que, ayudados con dos pequeños escurrimientos laterales, formó como vaso regulador, hace más de 100 años el lago del Parque Chapalita. Pero el vaso se está acabando. La caída de agua del cerro de la Arbide fue aprovechada por SAPAL para bombear agua a su tanque y de allí bajarla por gravedad a la zona poniente de León para apagar nuestra sed y un particular de Chiapas Norte arroja toneladas de escombro y provocó que se taparan los dos veneros principales. El último venero se puede apenas hoy notar y cómo riega la flora de centenarios sauces llorones creando un microclima en una zona de propiedad municipal. Este venero es la última posibilidad de contemplar lo que fue la toma de agua centenaria de nuestros ancestros leoneses. Tendría que ser un museo vivo del agua.  Para sostener este ecosistema, deberíamos respetar, “venerar”, amar, al agua. Nuestro último venero todavía se puede rescatar. No lo dejaremos morir.

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