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Para 1914, mientras los Estados Unidos se preparaban para intervenir en la Revolución Mexicana mediante un desembarco de tropas en Veracruz, Jack London no era sólo un novelista famoso que había alcanzado el éxito desde muy joven con novelas como La llamada de la selva y Colmillo Blanco. Había servido como corresponsal en la guerra rusojaponesa diez años antes, donde le había quedado un mal sabor de boca porque las autoridades niponas habían limitado sus movimientos, incluso lo arrestaron varias veces.  

La oportunidad de disponer de una celebridad cuya firma vendiera miles de revistas llevó a Collier’s The National Weekly a realizar una oferta inusualmente atractiva para la época, 1,100 dólares por semana, más gastos para su esposa y su asistente Yoshimatsu Nakata. Sin embargo, artículos anteriores de corte antibelicista causaron revuelo en los estamentos militares y retrasaron los permisos de salida. London vio partir los buques desde el muelle de Galveston y cuando logró el beneplácito de la burocracia de Washington se había perdido los combates del 21 y 22 de abril que dieron pie a la ocupación militar de la plaza. 

Sus siete reportajes reunidos en México intervenido (Ediciones Toledo, 1991) nos ilustran el punto de vista norteamericano de la intervención. Y, hay que decirlo, no hablan bien de London, que de ser un conocido socialista, apoyo de los magonistas pocos años atrás en Baja California, se presenta como un defensor de los empresarios del petróleo afincados en Tampico y un supremacista que no duda en afirmar que México por su carácter mestizo es incapaz de gobernarse con eficacia. 

Debido también a la prohibición de la autoridad de salir del territorio controlado por los marines, London pasa buena parte de su estadía en el hotel Diligencias, junto al zócalo de la ciudad, anhelando participar en una campaña militar que emularía la gesta del general Scott, acaecida menos de setenta años antes. Conversa con otros corresponsales, bebe y mientras espera algo ocurra, hace pequeñas excursiones por Veracruz, entrevista soldados y marinos, y toma fotografías. Varias de ellas pueden apreciarse en el libro. Soldados fungiendo como oficiales sanitarios, jueces, policías o encargados de la infraestructura local que dan pie a crónicas como Al acecho de la pestilencia o Los justicieros.   

Este último artículo la descripción de una jornada de Callahan “el capitán-juez, que tiene los ojos más azules de entre los ojos azules y el pelo más rubio de entre los pelos rubios”. London, fascinado, describe la autoridad de este, “verdadero celta en uniforme americano” que administra justicia expedita e inapelable al díscolo pero, a la postre, obediente pueblo de la costa. Una muestra de la capacidad civilizatoria de la ocupación extranjera. 

Mientras en 1911 London observaba la Revolución desde abajo, desde los obreros, perseguidos, magonistas y del boxeador que pelea para comprar fusiles en El mexicano. En 1914 la mira desde la perspectiva que dan los buques de guerra estadounidenses, la administración militar y los empresarios petroleros. La persona parecía ser la misma pero el lugar desde donde escribía había cambiado radicalmente. 

La aventura del escritor terminaría tras contraer una fuerte disentería, seguida de fiebre alta y pleuresía, agravadas por sus problemas renales crónicos. Tuvo que hospitalizarse para regresar a Estados Unidos en junio del mismo año en condiciones físicas muy delicadas. Dos años y cinco meses más tarde, fallecería en su gran complejo agrícola, Beauty Ranch, en Glen Ellen, California.

Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

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