Terminó septiembre, el mes patrio, que siempre deja alguna reflexión sobre nuestros héroes. El cura Hidalgo pasó a la historia como Padre de la Patria, un santón en los altares nacionales, pese a que la jerarquía eclesiástica lo excomulgó y condenó al infierno. Sin embargo, su pecado no estuvo en su vida de mujeriego, sino en algo mucho más peligroso para el orden establecido: imaginar que los habitantes de la Nueva España podían dejar de ser súbditos para convertirse en ciudadanos.
Al sur del continente aparece otro sacerdote: el padre Amaro, protagonista de la novela publicada en 1876 por el portugués Eça de Queirós y llevada al cine en México en 2002, donde generó una férrea oposición de la alta jerarquía eclesiástica para impedir su exhibición en las salas cinematográficas.
El padre Amaro transgrede sus votos de castidad porque se enamora, aunque ese no es su verdadero pecado. Su problema fue convertir el amor, la religión y la vida de otros en instrumentos de su ambición.
Hidalgo había estudiado teología, pero también conocía las ideas ilustradas de su tiempo. Cuando en 1810 encabezó la insurrección, no solo se enfrentó al poder político y militar, sino también a una poderosa estructura eclesiástica estrechamente vinculada al orden económico. Fue juzgado por autoridades religiosas y civiles, condenado al infierno, humillado, degradado de su condición sacerdotal y, finalmente, fusilado. No pagó con la vida por mujeriego. Pagó por encabezar una rebelión contra el poder establecido.
El padre Amaro recorre el camino inverso. En la novela seduce a Amelia, una joven profundamente religiosa, y reviste su relación con argumentos espirituales. Cuando el embarazo amenaza su posición y su ascenso, el amor deja de importar. Lo fundamental es preservar su prestigio y su futuro dentro de la jerarquía eclesiástica. Su tragedia consiste precisamente en eso: utilizar la fe, la conciencia y la autoridad moral para protegerse a sí mismo…
Hidalgo desafía al poder; Amaro busca acomodarse dentro de él. Ambos son sacerdotes y ambos rompen las reglas, pero no toda transgresión tiene el mismo significado. Hidalgo quebranta convenciones políticas y sociales para enfrentarse a una sociedad jerarquizada. Amaro quebranta principios morales cobijado por una rancia y corrupta jerarquía intocable.
Siglos después las conductas no han cambiado y su pecado encuentra una inquietante actualización en el tristemente célebre Marcial Maciel: tampoco enfrentó al poder, se refugió en él. Utilizó la fe, la conciencia de otros y su investidura para engañar, hacer dinero y protegerse, mientras una estructura poderosa y corrupta lo abrigaba.
Pero Hidalgo no necesita ser convertido en santón de iglesia. Fue un hombre contradictorio, con virtudes, pasiones, errores y decisiones discutibles. Precisamente ahí radica su dimensión histórica. La grandeza de un personaje no consiste en carecer de defectos, sino en comprender qué hizo cuando llegó el momento decisivo. Y cuando ese momento llegó, Hidalgo eligió la rebelión.
Dos siglos después, resulta paradójico que su vida disipada continúe utilizándose para disminuir su figura, como si la historia debiera juzgarlo principalmente por sus pecados de alcoba y no por haber puesto en marcha una insurrección que devolvería a los súbditos su calidad de ciudadanos.
Amaro representa otra clase de pecado: la sumisión interesada. Respeta la estructura mientras viola sus principios; protege la apariencia mientras sacrifica a quien dice amar. Hidalgo hace exactamente lo contrario: rompe con la estructura porque ya no acepta sus principios ni sus privilegios.
Uno encuentra refugio en la jerarquía; el otro se enfrenta a ella. Uno convierte la fe en instrumento de poder; el otro convierte la fe popular en bandera de emancipación.
Quizá esa sea la verdadera distancia entre ambos personajes, separados por la literatura y la historia. Los dos pecaron contra las reglas de su condición sacerdotal, pero lo hicieron en direcciones opuestas. Amaro transgredió para conservar su lugar dentro del poder; Hidalgo transgredió para desafiarlo. Uno sacrificó a los demás para salvarse; el otro terminó sacrificándose a sí mismo.
Al final, el pecado que condena la Iglesia no es siempre el que la historia recuerda. Amaro utilizó a Dios para proteger su ambición. Hidalgo cometió uno mucho más imperdonable para los poderosos de su tiempo: convencer a un pueblo de que agachar la cabeza no era su destino.