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Pocas lecturas me habían impactado tanto como la del libro que me obsequió hace un mes mi amigo Enrique Gómez Orozco, el reciente de la periodista Anabel Hernández, intitulado “Narcocracia” (primera edición, agosto 2026. Editorial Pengüin Random House).

Mi terquedad por continuar leyendo esta especie de biografía casi dictada a la autora por el propio personaje Sergio Villarreal Barragán, alias “El Grande”, un delincuente narcotraficante miembro de la cúpula del Cártel de Sinaloa, y sus andanzas desde sus inicios en el narcotráfico y sus relaciones con mafiosos como Amado Carrillo Fuentes, Ismael “El Mayo” Zambada, Arturo Beltrán Leyva, Rubén Oseguera “El Mencho”, Edgar Valdez Villarreal “La Barbie” y muchos más que se agolpan en la mente; hasta haber sido detenido, enjuiciado, condenado y puesto en libertad mediante negociaciones con las autoridades estadounidenses. Me llevó a tener una especie de hartazgo y ansiedad ante tanta corrupción, crímenes, tortura, crueldad y la muestra de los peores instintos que pueda tener un ser humano, a grado tal que hasta se perturbó mi sueño tan apacible y reconfortante como lo suelo tener, al menos afectado durante tres noches seguidas hasta recuperarme de ese shock; así que quien se anime a adquirirlo y leerlo tenga cuidado, quizás pudiera afectarle más que a mí.

No obstante, es importante conocer, al menos en esta versión, diversos tramos de las historias que relata “El Grande”, plasmados en la pluma de Anabel Hernández y de los cuales trataré de resumir solamente dos capítulos de la obra, el cuatro y el nueve, el primero denominado “Entre Los Pinos y Las Vegas” y el segundo, muy propio para los leoneses, “Los hijastros de Fox trabajaban con los narcos”; procedamos a ello.

Sobre este capítulo cuatro, se corroboran las frecuentes referencias y preguntas que hace la Presidente Claudia Sheinbaum, acerca de la participación de ciudadanos estadounidenses y de algunas autoridades que lógicamente tienen en el tráfico de drogas procedentes de nuestro país, y que eso no se difunde ni se informa con la misma profusión con que se escandaliza en México; la mandataria tiene razón, y pareciera que este libro en esta sección se la otorgara. 

Relata Sergio Villarreal, “El Grande”, cómo su jefe Amado Carrillo Fuentes tenía buenas conexiones “del otro lado del Río Bravo”, como ejemplo menciona a un tal Richard Thompson, quien era un texano de más de 1.80 mts de estatura, rubio, robusto y de mejillas coloradas, rasgos típicamente gringos, quien era nada menos el sheriff del Condado de Presidio, Texas, electo en cinco ocasiones; además era presidente de la Asociación de Sheriffs de Texas y considerado un símbolo de la lucha contra las drogas, difundiendo campañas televisivas para alentar a que se delatara a los contrabandistas para encarcelarlos.

Pero resulta que unos agentes de la DEA, comisionados con el apoyo de la Patrulla Fronteriza y del Servicio Antinarcóticos, llevaban una investigación encubierta para rastrear el tráfico de cocaína de México a Estados Unidos. Los agentes eran identificados como Dale Stinson y Bob Muller.  Y fue así como en una noche de diciembre de 1991 un informante contactado por los agentes, les avisó que Roger Chambers, un ranchero texano muy violento, ya conocido en la zona por sus vínculos con el Cártel de Juárez, acababa de cruzar una tonelada de cocaína de México a Estados Unidos para llevarla a Houston. En síntesis, Chambers fue detenido, y delató al sheriff Thompson, con quien obtenía su complicidad y protección para llevar la droga a Houston y a San Antonio y repartirse la mitad de las ganancias.

Aunque Thompson fue detenido y enjuiciado en la Corte del Distrito Oeste de Texas, negaba que conocía a Amado Carrillo Fuentes y que colaboraba con el Cártel de Juárez. Nuevas investigaciones de la DEA y el FBI lo involucraron con pruebas fehacientes en el trasiego de drogas desde por lo menos seis años antes; y al verse condenado a cadena perpetua tras declararse culpable, obtuvo su libertad en el año 2018, sin explicación alguna. 

Los amables lectores pueden percatarse en este capítulo del poder que llegó a ostentar Amado Carrillo hacia principios de la década de los noventa, superando a todos los de su calaña, pues en agosto de 1994 fue recibido en la residencia presidencial de Los Pinos por el mismísimo Carlos Salinas de Gortari; personalmente el general Roberto Miranda lo condujo a él, cuya entrevista duró hora y media.

Además, en ese entonces contaba con la protección también en Estados Unidos, pues “El Grande” le manifestó a la periodista que otro compañero subordinado de Amado Carrillo, a quien identifica solamente como “El Chaky”, lo llegó a acompañar a Las Vegas, donde jugaban a placer “un chingo de feria”; organizaban fiestas en suites de lujo con mujeres y droga, todo franqueado con aviones privados que aterrizaban bajo la protección de gente del gobierno, especialmente por “un güey de la DEA al que le decían El Gallo, que estaba en Monterrey”.

Una disculpa a los amables lectores, por falta de espacio ya no alcance a abordar el capítulo nueve prometido, donde la autora manifiesta que en su investigación descubrió “la ambición y codicia de la primera dama Martha Sahagún, igual de desmedida que la de sus hijos, principalmente Manuel Bribiesca Sahagún y Jorge Alberto.” Se los dejo de tarea.

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