La literatura ofrece misterios casi sobrenaturales: los libros póstumos. A veces, los herederos de una figura célebre no sólo encuentran borradores perdidos, sino que los completan, lo cual explica que ciertos autores sean más prolíficos muertos que vivos.

Los papeles de ultratumba pueden negar la voluntad de quien no quiso darlos a conocer. Por suerte, acaba de aparecer una obra que no incurre en ese vicio: Manzana de la discordia, de Jorge Ibargüengoitia, desternillante retrato del mundo intelectual en tiempos de la Guerra Fría, que recoge textos perfectamente acabados pero nunca reunidos en un volumen.

Los artistas latinoamericanos fueron cortejados por Cuba y Estados Unidos con un interés que a la distancia parece excesivo, dada la escasa influencia que llegaron a tener en sus países. Según la visión satírica de Ibargüengoitia, lo único que esos desprotegidos creadores querían era promoverse y pasársela de maravilla.

Manzana de la discordia es un caso moderno de la tradición picaresca, donde el protagonista busca progresar y cambia de amos sin otra brújula que su conveniencia. En su arribismo, el pícaro revela la hipocresía y las pulsiones ocultas de la sociedad.

Para ser creíble, el humorista debe empezar por criticarse a sí mismo. Ibargüengoitia cumple con el requisito; se descarta como testigo confiable y comenta sin empacho: “Estos dos datos pueden ser perfectamente falsos, porque nunca me preocupé por confirmarlos”. No interpreta la realidad con el talante del “intelectual comprometido”: explora qué tan ridícula puede ser.

Formado como dramaturgo, despliega un teatro del absurdo político. En la novela Los relámpagos de agosto, ganadora del Premio Casa de las Américas en 1964, los generales egresados de la Revolución Mexicana sólo piensan en congraciarse con el poderoso de turno para conseguir “hueso”.

A propósito de la novela histórica, Isaiah Berlin destacó la importancia de que revelara los entresijos de la vida diaria, sumergida en las turbulencias sociales. En un momento histórico no todo es histórico. Ibargüengoitia extrema el procedimiento: sus revolucionarios no hacen nada histórico, sólo tienen instintos básicos.

De modo similar, los intelectuales retratados en Manzana de la discordia, se concentran en disfrutar la noche tropical en Cuba y brindar con whisky en el encuentro que Estados Unidos paga en Chichén Itzá.

Obviamente se trata de una visión distorsionada de la realidad. El sarcasmo siempre excesivo. Aunque Ibargüengoitia señala que “por cada perjudicado por la Revolución Cubana hay diez o quince beneficiados”, no defiende postura alguna: “Lo que he escrito puede ser usado como evidencia de lo que sea”, advierte. Al modo de los espejos cóncavos o convexos, altera la realidad para entenderla de otro modo. El caricaturista ilustra al exagerar.

Manzana de la discordia es resultado de las pesquisas de Maria Cristina Secci, traductora del autor al italiano. En el archivo de Casa de las Américas, Secci encontró una eléctrica correspondencia, que incluye parcialmente en este libro. De manera explicable, los cubanos, que habían concedido dos premios al autor, le adelantaron el dinero por su novela y le permitieron publicarla antes en México, se sintieron tratados de manera injusta. Por su parte, Ibargüengoitia les escribe: “nada me ha costado tanto trabajo como este maldito artículo o lo que sea”. Consciente de la decepción causada a los cubanos, sólo publica una versión abreviada del texto, bajo el título de “Revolución en el jardín”. Un desencuentro similar ocurre con un amigo estadounidense, posible agente de la CIA, que apoyaba a artistas a través de la Fundación Interamericana para las Artes y la Fundación Fairfield.

Ibargüengoitia fue divertidamente indiscreto y causó ofensas de “baja intensidad”. Aunque él quedó peor parado, no siempre convenció a sus contemporáneos. Muchos años después de los sucesos, interesan ante todo como literatura.

De manera paradójica, la sátira enseña por medio del defecto y tiene un claro componente ético. Hay cosas que sólo puede ver el colado, el entrometido, el chismoso, el pícaro que revela verdades al hablar sin filtro y sin otra autoridad que su mirada.

En plena Guerra Fría, Jorge Ibargüengoitia se atrevió a reírse de un mundo al borde del estallido nuclear y demostró que, en el fondo, todo destino humano es terriblemente cómico.

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