Uno nunca sabe de dónde puede venir una buena metáfora sobre temas de actualidad en salud o políticas públicas. En esta ocasión, la reflexión no vino de un tratado de salud o un artículo académico.
Hay una línea en la canción “No Leaf Clover” o “Trébol Sin Hojas”, de la banda Metallica, que bien podría aparecer como el epígrafe de cualquier manifiesto sobre políticas públicas en salud mexicanas, el cual, traducido al español, cita: “Esa reconfortante luz al final del túnel que creíamos anunciaría la salida, resulta ser, en realidad, un tren de carga que viene directamente hacia nosotros”. Y justo pocas metáforas describen mejor la fascinación por anunciar las soluciones en salud por parte de nuestras autoridades.
El ritual es bastante predecible y está ocurriendo en estos momentos. Primero “aparece” un problema que lleva ya rato frente a nosotros: el desabasto, falta de reactivos, equipos insuficientes, saturación de servicios, fragmentación del sistema o tiempos de espera insufribles. Después, llega esa gran solución de las autoridades: una “nueva” estrategia, otra plataforma, una institución inventada, otra norma, una reforma de ley o una enorme compra consolidada. Finalmente, hace su aparición el comunicado triunfal: “Ahora sí, misión cumplida”. Se ve la luz al final del túnel.
Apuntando al tema específico de medicamentos, el pequeño inconveniente es que una licitación adjudicada no es precisamente un medicamento en las farmacias u hospitales, como tampoco un contrato firmado es una dosis administrada, ni un presupuesto autorizado se vuelve un tratamiento disponible y una norma publicada no significa calidad implementada. Y, menos aún, aunque resulte difícil de comprender en ciertas dependencias, una fotografía de funcionarios sonrientes o el anuncio por las mañanas, tampoco constituyen un resultado sanitario.
Es de hacer notar que a últimas fechas se ha desarrollado una extraordinaria habilidad para confundir el anunciar o publicar algo, con haber conseguido algo. En estos días nos dicen que ya se compraron millones de piezas de medicamentos. Que noticia excelente, pero ¿ya llegaron? Nos aseguran que van a ser distribuidos, ¿en dónde? Nos informan que el abasto ya es suficiente, perfecto, ¿el medicamento ya está disponible donde se necesita, cuando se necesita, para los pacientes que lo necesitan?
Y justo esa pregunta es la menos cómoda, porque debería haber sido la primera. Porque mientras el aparato administrativo ya celebra el haber completado todos sus procesos, ocurre algo fascinante: los pacientes siguen padeciendo exactamente el mismo problema que oficialmente se dice que se acaba de resolver. Los indicadores ya aparecen en verde, el comunicado menciona cifras históricas y las fotos están llenas de sonrisas. Sin embargo, los anaqueles en farmacias y hospitales siguen vacíos.
Comprar medicamentos y otros insumos es apenas una parte de abastecerlos. Justo este concepto es el que es sumamente exigente, pues requiere estimar correctamente la demanda, contratar a tiempo, garantizar producción, almacenar, distribuir, inventariar, resolver esa “última milla”, vigilar consumos y anticipar faltantes antes de tener que explicar, otra vez, porqué “misteriosamente” volvieron a escasear esos medicamentos que oficialmente ya estaban comprados.
El tener ese pensamiento integral, desafortunadamente, es menos fotogénico y la autoridad padece un fuerte cuado de optimismo administrativo prematuro, donde se confunde la existencia de una “solución” con su implementación y la implementación con la efectividad. Incluso, llegan a evaluar sus políticas con la nobleza de sus intenciones, como si las buenas intenciones pudieran dispensarse en farmacias o administrarse vía venosa cuando hace falta.
Hablando de salud, el éxito debería medirse más allá de los escritorios donde se firman los contratos y solamente hasta que se respondan de manera afirmativa preguntas como ¿llegó el medicamento?, ¿se pudo realizar el estudio?, ¿disminuyó la espera?, ¿recibió su tratamiento el paciente?, ¿mejoró su condición?, sin olvidar la pregunta más compleja e incómoda: ¿qué nuevos problemas creó nuestra “maravillosa” solución?
Porque, estimado lector, hacer intervenciones en sistemas complejos sin medir las consecuencias potenciales, es una excelente manera de transformar las buenas intenciones en nuevos desastres. Así que, la próxima vez que usted lea ese anuncio solemne de que por fin apareció la luz al final del túnel, quizá convenga esperar un poco antes de aplaudir para mirar nuevamente y escuchar con atención. Porque, quizá esa luz al final del túnel, traía una locomotora detrás.
*Médico Patólogo Clínico. Especialista en Medicina de Laboratorio y Medicina Transfusional, profesor universitario y promotor de la donación voluntaria de sangre.