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A los mexicanos nos habría salido más barato pagarle a Octavio Romero seis años de estancia en el hotel Ritz de París, con toda su familia y una tarjeta de crédito abierta, que tenerlo como director de Pemex. La gestión del agrónomo, íntimo amigo de Andrés Manuel López Obrador, le costó al país cientos de miles de millones de pesos en pérdidas de la paraestatal, en sobrecostos en la construcción de la refinería de Dos Bocas y en fugas por huachicol, tanto en ductos como en las aduanas. 

Al funcionario se le reprocha tener un patrimonio de 47 millones de pesos declarados, pero eso no tiene la menor importancia, lo grave es que no tenía ni los conocimientos ni la competencia para dirigir la empresa más grande de México. Ahora, a la cabeza del Infonavit, aumenta la cartera vencida de los acreditados, en daño al ahorro de los trabajadores. Estuvo en Pemex por ocurrencia de AMLO y llegó al Infonavit porque, seguro, lo impuso a su sucesora. 

¿Qué habría pasado en Pemex con un líder capaz y experto en la materia? ¿Cómo funcionaría el Infonavit con un profesional de la construcción con experiencia en financiamiento y edificación de vivienda? La historia del pasado sexenio fue de pésima administración pública, con la mayor tasa de desviación de recursos, desperdicios y obras improductivas. 

En la época en que el país crecía, tuvimos a los presidentes más competentes. Tanto Carlos Salinas de Gortari como Ernesto Zedillo tuvieron la mejor capacidad técnica para conducir la administración, aun a pesar del quebranto de 1995. Vicente Fox tuvo una buena idea al contratar a “headhunters” para determinar quiénes podrían ser los mejores funcionarios. Francisco Gil en Hacienda, Jorge Castañeda en Relaciones Exteriores y Julio Frenk en Salud son ejemplos de quienes desempeñaron un gran papel; sin embargo, al paisano le faltaron las agallas para cambiar la cultura heredada del PRI. 

Un error gravísimo de AMLO y de la actual presidenta es pensar que los funcionarios que administran cientos de miles de millones pueden conformarse con un ingreso que no corresponde a su responsabilidad. Lo mismo sucede con gobernadores, alcaldes de ciudades importantes, quienes siempre encuentran la forma de obtener ingresos paralelos. Los métodos son conocidos: prestanombres en constructoras y moches directos con empresas proveedoras de bienes y servicios. Amilcar Olán es el más célebre de los afortunados contratistas y proveedores del gobierno de AMLO. Al tipo se le escucha en grabaciones telefónicas declarar sus trapacerías y nada sucede. 

Hay otros, como Diego Rivera, exalcalde de Tequila, Jalisco, quien recurría a la extorsión contra las destilerías de la entidad. Qué pensar del almirante secretario de la Marina Armada, Rafael Ojeda Durán,  que tuvo la responsabilidad de las aduanas y permitió el huachicol fiscal que costó unos 600 mil millones de pesos al erario, según la administración fiscal del propio gobierno. Al marino se le pidió que presentara testimonio ante un juez y ni siquiera cumplió con el citatorio; por el contrario, se le ve jugando golf en uno de los clubes más caros de la CDMX. 

La crisis cultural vivida durante el pasado del PRI y del PAN se agudizó como nunca cuando Morena y su líder fundador incorporaron al gobierno a funcionarios sin la menor competencia. Los números son terribles: escaso o mínimo crecimiento, el doble de deuda e instituciones al borde de una catástrofe. 

El liderazgo de alta calidad y un servicio civil capaz fueron los pilares principales de la rápida transformación económica de Singapur, Lee Kuan Yew

(En sus memorias “Del tercer mundo al primero en una generación”).

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