Guanajuato.- La lluvia, incesante durante más de quince días, alcanzó aquella noche una furia desmedida. El río, desbordado y sin diques que lo contuvieran, se abalanzó sobre la ciudad y derribó muros con un estrépito que rompió la quietud nocturna. Entonces se escucharon los gritos por doquier: voces desesperadas que se confundían con el bramido del agua. Entre la noche del 18 y la madrugada del 19 de junio de 1888, León -en ese entonces la segunda ciudad más poblada del país- se vio arrasada por la corriente, que arrastró casas, enseres, animales y cuerpos humanos, dejando al amanecer un horizonte de ruinas, lodo y desolación.
Los primeros telegramas enviados a la capital apenas alcanzaban a describir la magnitud de la tragedia: “centenares de casas destruidas, multitud de víctimas, pánico espantoso”. En cuestión de horas, la noticia recorrió el país. Los periódicos de la Ciudad de México abrieron sus páginas con titulares alarmantes: “¡Espantosa inundación en León!”, “Centenares de muertos”, “Pánico general”. Pero más allá de las palabras, fue la imagen la que terminó por mostrar la verdadera dimensión del desastre.
En medio de aquel escenario, un fotógrafo local, José María de Jesús Pacheco Zermeño, salió de su estudio con su cámara de gran formato y, sorteando escombros y corrientes de agua, capturó escenas que marcarían un antes y un después en la historia de la prensa mexicana: calles derruidas, familias buscando a sus desaparecidos, la plaza principal convertida en un lago. Sin proponérselo, ese día dejó atrás la tranquilidad de su oficio de retratista de salón para convertirse en algo que hasta entonces no existía en México: fotoperiodista
Una ciudad en auge sorprendida por la tragedia
En 1888, León era una ciudad próspera y dinámica. El geógrafo Antonio García Cubas la colocaba como la segunda más poblada del país, con 120 mil habitantes, sólo detrás de la Ciudad de México. Se distinguía por su intensa actividad manufacturera: cada semana salían de sus talleres miles de rebozos, jorongos y monturas; operaban decenas de talleres de calzado, fábricas textiles, talabarterías, tenerías y alfarerías.
La ciudad también era pionera en la adopción de innovaciones. En 1879 se había instalado la primera planta eléctrica del país en la fábrica textil La Americana; la electricidad llegó a León antes incluso que la capital, que tuvo alumbrado público experimental hasta 1880; desde 1882 la localidad estaba enlazada por ferrocarril y sus habitantes se transportaban en una red de tranvías que unía a la estación con la plaza principal. A ello se sumaba una red telefónica en funcionamiento al menos desde 1883. Ese auge económico se acompañaba de una vida cultural intensa. En el Teatro Doblado y la Plaza de Gallos se ofrecían temporadas de ópera, zarzuela y compañías dramáticas, mientras academias y orquestas locales nutrían una agenda musical continua. Había bibliotecas, librerías, talleres litográficos, numerosas imprentas en los que se habían elaborado al menos 50 periódicos en una década, y seis estudios fotográficos. Uno de ellos era el de José María Pacheco Zermeño, ubicado en la calle del Oratorio.
Aquel escenario de modernidad y dinamismo quedó súbitamente interrumpido la madrugada del 19 de junio de 1888. La ciudad que había cobrado relevancia por su industria amaneció convertida en un paisaje de ruinas y lodo. El progreso quedó sepultado bajo el agua: talleres, casas, comercios y calles enteras desaparecieron en cuestión de horas.
La primera crónica visual
El desastre también transformó la vida de José María de Jesús Pacheco Zermeño. El fotógrafo de estudio que hasta entonces se había dedicado a retratar a las familias notables de León tomó su cámara y salió a documentar la devastación. Recorrió barrios enteros, se abrió paso entre escombros y dejó un registro visual de la magnitud de la tragedia: casas desplomadas, calles intransitables, sobrevivientes buscando a los suyos, escenas que condensaban no sólo la fuerza del desastre natural, sino también la fragilidad de una ciudad que se creía próspera y segura.
Sus imágenes fueron difundidas primero en el semanario La Juventud Literaria, que anunció con orgullo ser el primero en publicar las vistas “tomadas por el notable fotógrafo Pacheco”. Poco después, La Patria Ilustrada reprodujo las mismas fotografías. El 29 de julio de 1888, El Nacional sorprendió a sus lectores al colocar en su portada seis grabados basados en las fotografías de Pacheco, acompañados de una extensa crónica. Fue, en la práctica, el primer fotorreportaje en México.
La trascendencia fue aún mayor cuando, el 22 de agosto de ese mismo año, la revista madrileña La Ilustración Española y Americana difundió las imágenes en Europa. El suceso local de León se convirtió, gracias a la lente de Pacheco, en un acontecimiento seguido a escala internacional
Pacheco y Posada: dos cronistas gráficos del desastre
En la misma ciudad y en los mismos días, otro creador también dio testimonio gráfico de la inundación: José Guadalupe Posada. El célebre grabador residía en León desde 1872 y trabajaba en periódicos locales. Durante el desastre, Posada realizó grabados que ilustraron escenas de la tragedia, mientras Pacheco ofrecía la base fotográfica que mostraba la devastación.
Ambos coincidieron en publicaciones como La Juventud Literaria y La Patria Ilustrada. Posada representaba a las víctimas y al caos con trazos expresivos; Pacheco, con la precisión de la cámara, mostraba la materialidad del desastre. Esa coincidencia fue excepcional: dos cronistas gráficos distintos -uno con buril y otro con lente- trabajaron en paralelo en lo que hoy puede considerarse la primera gran cobertura mediática de un desastre en México
El nacimiento del fotoperiodismo
Hasta antes de 1888, las imágenes noticiosas eran escasas en la prensa mexicana. Las limitaciones técnicas impedían imprimir fotografías directas; se recurría a grabados basados en fotos, como ocurría en Europa desde la década de 1850. Lo que hizo Pacheco representó un giro: además de capturar con su cámara la tragedia de la inundación de León, logró que sus fotografías, al ser reproducidas, mantuvieran la fidelidad de lo visto. Esto permitió que, al difundirse en periódicos y revistas, no se tratara de ilustraciones sueltas, sino de una cobertura visual que transmitía con precisión y rigor la magnitud de la tragedia. Así, la fotografía dejó de ser mero complemento gráfico para convertirse en un recurso periodístico.
Durante décadas, la historiografía del periodismo gráfico en México atribuyó el origen del fotoperiodismo a Emilio G. Lobato, autor de la fotografía publicada el 11 de noviembre de 1894 en El Mundo Ilustrado, que documentaba la inauguración del Teatro de la Paz en San Luis Potosí. Esa imagen, reproducida mediante fotograbado de medio tono, fue considerada por el especialista Humberto Musacchio como la primera fotografía noticiosa publicada en la prensa nacional y, en consecuencia, se le otorgó a Lobato el título de primer reportero gráfico del país.
Sin embargo, una investigación documental en archivos y hemerotecas demuestra que seis años antes, en junio de 1888, José María Pacheco Zermeño ya había ejercido como fotoperiodista al cubrir la inundación de León. Sus imágenes circularon en al menos tres periódicos mexicanos y una revista en España, inaugurando de hecho el género del fotorreportaje en México. El hallazgo corrige la cronología aceptada y desplaza el “inicio” del fotoperiodismo a un punto más temprano, protagonizado por un fotógrafo de la provincia mexicana que hasta ahora permanecía en el anonimato.
El hallazgo del primer fotoperiodista
La identificación de José María de Jesús Pacheco Zermeño como el primer fotoperiodista mexicano se sustenta en una investigación histórica realizada en el marco de la Maestría en Periodismo de la Escuela Carlos Septién García. El trabajo fue evaluado y aprobado con excelencia por un jurado integrado por la doctora Cristina Tamariz y los periodistas Humberto Musacchio y Miguel Ángel Sánchez de Armas.
El punto de partida de la investigación fue una pregunta: ¿quién había captado las imágenes de la inundación de León de 1888 que circularon en periódicos nacionales y en la revista La Ilustración Española y Americana? Durante más de un siglo esas fotografías se publicaron sin crédito, y por ello su autoría se mantuvo en el anonimato. Para responder a esa pregunta se aplicó una metodología de carácter histórico-documental que combinó la búsqueda de fuentes primarias y secundarias, así como el análisis comparativo entre distintos soportes gráficos. El procedimiento siguió tres pasos centrales:
- Localización y rastreo de acervos fotográficos.
Se identificaron y revisaron colecciones en más de 25 archivos, hemerotecas y fototecas públicas y privadas. En estas colecciones aparecieron fotografías con sello y firma de Pacheco, algunas incluso con anotaciones manuscritas al reverso que describían las escenas de la inundación.
- Cotejo con publicaciones periódicas.
Se revisaron al menos 30 periódicos de la segunda mitad del siglo XIX para ubicar la difusión de esas imágenes y noticias referentes a la inundación. En particular, se analizaron las ediciones de La Juventud Literaria, La Patria Ilustrada y El Nacional, que en julio de 1888 publicaron grabados a partir de fotografías tomadas en León. Al comparar los grabados con las fotografías originales, fue posible comprobar la correspondencia exacta de encuadres, detalles arquitectónicos y escenas.
- Análisis comparativo y atribución de autoría.
El cotejo permitió establecer que los grabados difundidos en la prensa nacional e internacional fueron realizados tomando como base las fotografías de Pacheco. Este hallazgo fue reforzado por la existencia de sellos y anotaciones en copias originales, así como por aisladas menciones periodísticas. En junio de 1888, el corresponsal David Camacho escribió en El Tiempo que “el fotógrafo Pacheco ha sacado, por procedimiento instantáneo, doce vistas de sitios notables de la catástrofe”, confirmando la autoría.
Gracias a esta triangulación entre fotografías originales, publicaciones de prensa y testimonios escritos, fue posible acreditar a Pacheco como el autor de la primera cobertura fotográfica publicada de un suceso noticioso en México.
Una nueva lectura histórica
El método empleado no sólo permitió resolver una incógnita de autoría, sino también replantear la historia del fotoperiodismo en México. Hasta ahora, el consenso apuntaba a Emilio G. Lobato, con su reportaje gráfico de 1894, como el primer fotoperiodista. Sin embargo, la evidencia documental revela que seis años antes Pacheco ya había registrado y difundido, a través de la prensa, un acontecimiento de enorme relevancia: la inundación de León.
El hallazgo no habría sido posible sin la revisión sistemática de archivos, el cotejo detallado de imágenes y grabados, y la verificación con fuentes hemerográficas. La metodología histórica, aplicada al análisis visual, permitió devolver el nombre y el reconocimiento a un pionero olvidado del periodismo gráfico.
Después de la inundación, Pacheco volvió a su vida de fotógrafo de estudio, aunque esa actividad la alternó con la toma de imágenes urbanas, con contenido informativo. Sus imágenes alcanzaron reconocimiento internacional, pues fueron publicadas en impresos de Nueva York y premiadas en certámenes en Francia.
Sus tomas del desastre de León quedaron como la primera evidencia de que la fotografía podía narrar la actualidad y conmover a la opinión pública. En medio de la tragedia, Pacheco Zermeño entendió que había que dejar constancia de lo que ocurría. Su cámara registró lo que los telegramas apenas podían anunciar y lo que las palabras no alcanzaban a describir. Así nació el fotoperiodismo mexicano.











