La reaparición del Sarampión y de otras enfermedades prevenibles no es una fatalidad biológica: es el resultado de decisiones y omisiones acumuladas. Lo que durante décadas fue un éxito sanitario hoy enfrenta retrocesos por la combinación de desinformación, recortes, desabasto intermitente y apatía social.

LA PREVENCIÓN DEJÓ DE SER PRIORIDAD

México logró controlar el sarampión con campañas intensivas y coberturas superiores a 95 por ciento. Ese estándar se relajó. Tras la pandemia, los esquemas incompletos se multiplicaron y la vacunación dejó de ocupar la primera línea del discurso público.

La Organización Mundial de la Salud ha advertido que la caída en coberturas abre la puerta a brotes en cuestión de meses, no de años.

EL ORIGEN DEL RETROCESO ES TRIPLE

Desinformación digital: mitos sobre supuestos efectos adversos se viralizan más rápido que las campañas oficiales.

Intermitencia institucional: jornadas esporádicas, comunicación poco clara y, en algunos periodos, problemas de suministro.

Cansancio social: después de la COVID-19, parte de la población normalizó la idea de que “ya no pasa nada” si se omite una dosis.

El resultado es previsible: el virus encuentra nichos de baja inmunidad y se propaga.

OMISIÓN COMPARTIDA

Hay responsabilidad gubernamental. La prevención no puede depender de efemérides ni de ruedas de prensa aisladas. Se requieren campañas constantes, férreas y territorializadas, con brigadas casa por casa, escuelas como aliadas y datos públicos actualizados por municipio. La salud pública no se sostiene con anuncios, sino con presencia sostenida.

Pero también hay responsabilidad individual. Vacunarse no es una opinión; es una acción basada en evidencia que protege a terceros: bebés, personas inmunodeprimidas y adultos mayores. Postergar citas, ignorar cartillas o compartir información no verificada tiene consecuencias colectivas.

CÓMO CONTRAATACAR EL RETROCESO

Coberturas verificables y transparentes: metas públicas por entidad y colonia; auditorías ciudadanas.

Campañas permanentes: no solo “semanas nacionales”, sino estrategia anual con recordatorios digitales y brigadas móviles.

Alianza con escuelas y empresas: revisión de cartillas al inicio de ciclos y jornadas en centros de trabajo.

Combate frontal a la desinformación: vocerías técnicas visibles, respuesta rápida en redes y sanciones a publicidad engañosa.

Abasto garantizado: compras oportunas y logística eficiente para evitar excusas.

El sarampión no regresa por azar; regresa cuando la prevención se debilita. La lección es clara: cada punto porcentual que cae la cobertura es una puerta que se abre al brote. Si gobierno y ciudadanía no asumen su parte con disciplina y continuidad, la factura se pagará en hospitalizaciones evitables.

La salud pública exige memoria, constancia y decisión. Sin campañas permanentes y sin corresponsabilidad social, el país seguirá apagando incendios que pudo prevenir.

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