Despiertan a las siete de la mañana y se preparan para salir de su comunidad a trabajar en la capital hidalguense. ¿Su misión? Llevar una opción de comida para locatarios y oficinistas del bulevar Valle de San Javier en Pachuca, aunque esto implique andar todo el día bajo el sol y, al regresar a casa en San José Tepenene, municipio de El Arenal, cumplir con tareas escolares por la noche.
Marisol y su hijo viajan todos los días a la capital del estado, en su pueblo preparan diferentes platillos para vender en una de las avenidas más concurridas de Pachuca. Sopes de queso y bistec, chiles rellenos en caldillo de jitomate, pechuga empanizada con sopa y ensalada rusa, incluso deliciosos huauzontles.

Desde hace más de 20 años vende comida en la calle; en Valle de San Javier es donde tiene muchos de sus clientes que la conocen de hace tiempo. Impacientes, le gritan desde la banqueta contraria para que se acerque a ofrecer sus alimentos: “¡Ya me estaba yo “desgañotando” de tanto gritarle desde allá y nomás no se acercaba!”, le dijo un hombre que se aproximó a comprarle un par de sopes.
Comenta que la pandemia de coronavirus la ha afectado, pues ahora necesita el doble o hasta el triple de tiempo para vender todos los platillos que lleva, al no haber tanta gente en los locales como antes, y los que están, dice, no tienen dinero, por lo que sus ventas no son las mismas.
Antes de esto solo con una pasadita al bulevar acababa, en unas dos horas recorría todo, pero ahora ando todo el día. Lo peor es que como la gente no tiene dinero como antes, ya no se llevan para toda su familia, “nomás” para ellos; muchos ya mejor se cocinan en su casa y se traen el taco para no gastar”, comenta Marisol.

Cada día carga al menos 30 platillos, pero las bajas ventas la han orillado a dejar fiado, por lo que tiene que recorrer el bulevar hasta en tres ocasiones.
No vendo tan caro, son platos que cualquiera puede pagar, todo está a 25. Así que tú digas: “me va muy muy bien”, pues no, pero sale pa” comer. Hay que andar de local en local hasta que termines porque tienes que volver a invertir si no, no vas a salir”, agregó.
No hay ganancia suficiente, asegura, pero debe sobrevivir, pues de ella no solo depende su hijo, sino también su mamá.
No tengo dónde dejar a mi hijo, anteriormente se quedaba en la escuela y me venía a trabajar, pero ahorita no hay dónde. Tampoco lo puedo dejar en casa, no hay quien lo cuide”.
El pequeño tiene ocho años de edad y cursa el cuarto año de primaria. Marisol comenta que se les están dificultando las clases, pues en su comunidad carecen de servicios suficientes y no tienen internet.
Estudiamos en la noche los dos, los temas que la maestra nos deja. Hacemos el trabajo y lo mandamos, todo por WhatsApp. No está tomando clases en la tele ni nada, vivo en el mero cerro, apenas nos pusieron luz, el canal no lo encuentras y no nos alcanza para Sky o algún otro que sí llegue. Es caro y no alcanza ahorita”, comentó.
Caso similar ocurre con el servicio de internet, pues la poca señal que llega a su casa la deben aprovechar: “Allá se tiene internet porque traes el celular y a veces agarran los datos, así mandamos las tareas, pero por televisión nada”, continuó.
Por todo lo anterior sus jornadas son largas y pesadas. Después de vender llegan a cumplir con los deberes escolares: “”Las clases las tomamos cuando regresamos de trabajar, cerca de las veinte horas, hacemos tarea y luego a dormir para a las siete de la mañana empezarle a trabajar”.
Con cara de disgusto, Marisol asegura que las clases a distancia no son tan útiles como se cree y que los niños no tienen la misma motivación.
Las clases así no sirven, ya no les llama la atención. Por ejemplo, mi hijo me dice: “tú me vas a regañar”. Ya no es como antes que llegaba emocionado diciendo: “mi maestra me dejó esto, voy a hacer tal cosa de tarea”. Se motivaban más con la maestra que así como estamos”.
Luego de un largo día bajo el sol o agua, pues es época de lluvia, deben regresar a hacer tarea, con la que cumplen a pesar del agotamiento.
Llegamos cansados del trabajo y lo que menos quieres es hacer algo, pero pues como dice él, “tengo que hacer mi tarea”. Se trabaja, se hace tarea, se duerme y al otro día lo mismo. Él me dice que no le agrada, pero pues lo tiene que hacer”, agregó.
Marisol espera que pronto se recupere la economía, ahora son insuficientes sus ganancias y necesita retomar las ventas de antes de la pandemia.
Ya estamos muy mal económicamente, antes yo vendía bien, me alcanzaba hasta para dar trabajo, ahora lo único que hago es irla pasando. ¡Ya que paren esto!, que empiece a trabajar la gente, porque yo entiendo que sí está la enfermedad, pero no parece tan grave como para decir que todos nos vamos a morir, hay que trabajar, se necesita”.
Marisol se pierde entre los locales de San Javier, corriendo detrás, su pequeño hijo se acerca con una gran bolsa donde carga más platillos, pues entre los dos tratan de abarcar el mayor número de lugares y así llevar el sustento a casa.