El país está en silencio: no en el interior de las casas, no en los restaurantes ni en los lugares donde habrá “Fanfest”. Las calles están vacías a las 6:20 P.M., cuando comienzo a escribir. Se escuchan cohetes esporádicos. Más de 35 millones de mexicanos esperan el inicio del partido. 

Había pensado en ampliar un comentario sobre el cuarto centenario de los Estados Unidos. Lo pospongo para otro día de la semana: hoy nada es más importante que compartir con la familia lo que sucederá en tres horas más. El encuentro México vs. Inglaterra será el de mayor audiencia de la historia. Su trascendencia comienza a superar el plano deportivo;significa no sólo un encuentro, sino un reencuentro. 

Según estadísticas gubernamentales, los violentos redujeron su marca de homicidios en un 33%; según los economistas, el mundial fue un impulso para el consumo y una mejoría del ánimo social. Lo vemos en los rostros de los amigos, en las conversaciones interminables sobre el desempeño de la selección de Javier Aguirre. 

Esta historia se trasladará al ámbito político. Siempre ha sucedido así. En 1986 ,el mundial fue un sedante temporal sobre la crisis del sexenio perdido de Miguel de la Madrid. El terremoto del año anterior pesaba sobre el ánimo nacional. El torneo fue un bálsamo que duró poco. Para el PRI, que veía sus últimos días de “dictadura perfecta”, la votación esperada de 1988 fue una sorpresa. El PRI ganó en los números, pero no convenció porque la sospecha de una trampa orquestada por Manuel Bartlett permanece. Carlos Salinas de Gortari entró con calzador a la presidencia con el apoyo del abogado guanajuatense Miguel Montes. 

En Polymarket, la aplicación de pronósticos más importante, se dice que México tiene el 32% de probabilidades de ganar contra el 38% de Inglaterra. Las apuestas se cierran; la esperanza crece, pero al final los pronósticos ganan 3 a 2. 

Desafortunadamente, los ingleses cumplieron con las apuestas. Ellos inventaron el fútbol y fueron contundentes en los dos primeros goles. México jugó bien, pero no se ajustó. Los errores los sacaron del torneo. 

A quienes no somos muy aficionados al deporte nos interesa más el resultado político al final del Mundial, no sólo el juego, sino también el ánimo que prevalecerá después de que México haya hecho un gran papel. Para el gobierno de la 4T, es una oportunidad de recomenzar la relación con los ciudadanos que no pertenecen a Morena, que han sido aislados, como los partidos de oposición, las madres buscadoras y los medios de información independientes, esos que le dan viabilidad a la democracia. 

Si la presidenta Claudia Sheinbaum asumiera por primera vez que es la gobernante de todos los mexicanos y que unir a su pueblo es subir las escaleras de una activista a una estadista, sería el verdadero triunfo, más importante que un mundial. Para eso debe deslindarse del pasado, ese que representa López Obrador con todas sus fobias y rencores. 

Después del mundial vendrán definiciones importantes, esas que tal vez esté esperando el vecino para actuar. ¿Qué pasará con Rocha Moya y los indiciados por estar asociados al narcotráfico en Sinaloa? ¿Qué pasará con la otra lista de solicitudes de extradición pendientes? ¿En qué acabará el tema del fraude más grande en la historia nacional, llamado huachicol fiscal? La pelota sigue rodando.