Historia 073

Grandes, pensativos y cautivadores eran los ojos de doña Guadalupe Ceballos y Monterde, Cossío, Albarrán, Antillón, González del Pinal, Alcega y Medina. Era hermosa doña Guadalupe. Por sus quince años parecían resbalar todos los dones de la naturaleza. Su cabello era de color dorado, bruñido, brillante, de ese oro lacio y sedoso que es hoy difícil de encontrar. La piel, blanca, limpia y aterciopelada; la boca, incitante, sensual, mórbida, tibia, entreabría deliciosamente sus labios mientras la inmensidad de sus ojos se perdían en el cielo al que había robado su color.

Cubría su cuerpo cimbrante con delicadas sedas importadas de ultramar que don Pedro Ceballos y Cossío, Alcalde Primero Constitucional de la Villa de León, Conde de la Presa de Jalpa y padre de la moza, adquiría en sus viajes. Los encajes, los brocados eran muy del gusto de Guadalupe. Envolvía el alabastro de sus hombros estatuarios con finísimos rebozos de Santa María o con tápalos bordados con hilos de oro y plata. Y, como la Lola Puñales de la copla “en los olanes de sus vestidos mil corazones lleva prendidos…”, y entre la filigrana de la joyería aristocrática de sus collares.

Sabía Guadalupe el arte de la coquetería como ninguna. Sabía lanzar miradas envolventes de esos sus ojos plenos de candor, ensombrecidos por pestañas larguísimas y rizadas. Sabía ocultar su rostro tras el abanico de plumas de avestruz con varillas de concha nácar, de carey o de marfil, y tras ese escudo invulnerable, incendiar de amores a los mancebos.

Vivía Guadalupe bajo la férula de su madre, doña Manuela Monterde Albarrán y Antillón, Condesa de Jalpa y dueña del latifundio de ese nombre, que era la sede del mayorazgo de Monterde, y que había valido a don Luis, abuelo de la Condesa —que hacia 1750 había sido el encargado de cobrar tributo a los indios—, la merced real del condado de Jalpa.

Largas temporadas pasaban los Ceballos y Monterde en la señorial casona de la hacienda. Doña Manuela tenía algunos hijos ya casados y que no residían en su compañía: María Manuela, la mayor y heredera del título, había contraído nupcias con el General don Luis de Cortazar y Rábago; Dolores, con don Pedro Yruelas. Vivían con ella, solteras, Luz, Juan, José, Ramón —los tres últimos murieron sin casar—, Pedro e Ignacia, que después se desposó con don Manuel Cánovas, y Guadalupe.(1)

En cierta ocasión me relató un distinguido caballero leonés, cuya familia llevó gran amistad con la de los condes, que en una de las temporadas que éstos pasaban en León, en su casona sita en las calles llamadas hoy de Pino Suárez y antes de “La Condesa”, esquina con Díaz Mirón -antes calle de la Gloria-, los ojos de Guadalupe perdieron de amores a un joven leonés, acaso calavera, pero miembro de una de las familias acomodadas del lugar. Llamábase aquel mancebo don José de Obregón, y desde el día en que vio a la condesita devotamente arrodillada sobre un reclinatorio del templo parroquial, no pudo ya sacarla de su mente.

Informóse don José quién era la dama que en forma tal había robado su reposo, y no sin muchos trabajos logró identificarla con la hija menor de los Condes de la Presa. Obtuvo correspondencia con la mozuela, por medio de una aya vieja que hizo el papel de Brígida, y enteróse el caballero de que su pasión era correspondida. Comenzó el amor, furtivo, medroso, oculto, alimentado por delicadas esquelas que intercambiaban por medio del aya, y de vez en cuando, por encuentros “casuales” provocados por el mancebo. Entonces, el pecho de la condesita bullía entre los encajes con el fuego de la pasión; y las cintas del finísimo corpiño de terciopelo subían y bajaban en bullicioso aletear, mientras desmayaban los lirios de sus manecitas de seda.

Tal vez haya sido por una intriga de algún otro pretendiente de la bella, que le fueron con el cuento a la madre de Guadalupe, ponderándole, además, los defectos de José y diciendo que era un joven calavera y ambicioso que buscaba a Guadalupe por su dinero, y otras especies de esta ralea. La Condesa, era natural, puso “el grito en el cielo” y prohibió terminantemente a su hija tornar a ver a su amado.

Puestas ya las cartas sobre la mesa, no fue dócil -cosa extraña atendiendo a la época- Guadalupe. Primero habló a su madre con la razón, y dióse cuenta de que, ante la intransigencia de ella, la razón no era razón suficiente. Habló luego de la riqueza de los Obregón, de la similitud de antigüedad de ambas casas; de las cualidades de José, pero tampoco bastó. Entonces exaltóse Guadalupe, y entre lágrimas, hizo saber a su madre, que había de casar con don José de la forma que fuese y mal que le pesara.

Sin embargo, había un tercer elemento con el que no había contado la Condesa: el aya de su hija. Ella informó a don José, mediante dos reales, de que la señora había hecho recluir a Guadalupe en la casona de la hacienda, y de que tarde con tarde, la chica asomaba a la ventana esperando, tal vez, la llegada de su amado. El joven, no dispuesto a dejar que la Condesa se opusiera a aquel amor, hizo ensillar su caballo, se embozó, calóse el amplio chambergo casi hasta los ojos, y dirigióse a la hacienda.

Allí, valiéndose de astucia y de sagacidad donjuanescas, logró una entrevista con su amada, haciendo cómplices a los altos árboles que guardaban el lugar de miradas indiscretas. Reclinó ella la rubia cabecita sobre la solapa masculina, y él alisó tiernamente las sutiles hebras de oro. Manchado estaba ya el moaré del vestido de Guadalupe con las lágrimas que a raudales había derramado. Allí mismo, más cerca de lo que la Condesa pudiera imaginar, bajo las tapias altísimas de la hacienda, José y Guadalupe hicieron juramento de casarse.

Sabido es que en el amor no hay barreras que se opongan. Tampoco las hubo para el matrimonio concertado. Un domingo en la mañana, la esquila del templo de Jalpa comenzó a lanzar sonoros repiques que con alegres voces de plata se desparramaban por el poblado. Muy modesta prometía ser la boda de Guadalupe Ceballos con José Obregón; ningún familiar de la novia asistió a la ceremonia, no así la gente de la hacienda, que a pesar de la expresa prohibición de la Condesa, quiso ir a ofrecer su apoyo a la amita, como la llamaban.

Cuando entró la pareja a la iglesia, y en el momento que la chica dio el sí, al principio de la misa como se estilaba entonces, aquellas alegres campanas de Jalpa, que momentos antes repiqueteaban bullangueras, comenzaron a doblar, a tocar a muerto, a llorar con voces de acero, pesadas, grises, como si lloraran con lágrimas de plomo. Doblaron como nunca habían doblado, arrancando ayes de dolor a sus metales ultramarinos. Eran dardos punzantes en el pecho de Guadalupe, quien sacando fuerzas quién sabe de dónde, logró permanecer impasible durante toda la ceremonia.

Alguien inquirió luego quién había hecho plañir a las campanas en forma tan doliente; qué mano había podido poner tanto dolor y tanta queja en sus bronces. Y se dijo entonces que la misma Condesa de Jalpa, doña Manuela Monterde y Albarrán, había volcado su pesar, su dignidad ofendida en aquel llanto metálico, frío, que estremecía los corazones. Las campanas habían tocado a muerto porque para la Condesa, su hija había muerto en el momento de casarse.

Transcurrieron muchos años, y sólo a la hora de dictar su testamento, la Condesa volvió a nombrar a su hija menor, atendiendo tal vez a que había sido feliz durante su matrimonio con José. Sin embargo, no quiso volver a verla. Nunca arrancó doña Manuela aquella ofensa de su corazón. Nunca volvieron a verse madre e hija.


Nota al pie:
(1) El Testamento de la Condesa de Jalpa. — Por Mariano González-Leal. — Boletín del Archivo Histórico Municipal de León, Gto., Núm. 36; 20 diciembre de 1967.

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