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Historia 405

Esta es la historia 405 de 450 que te contaremos sobre León

El 8 de octubre de 1902, miles de leoneses se congregaron para presenciar la solemne coronación de la Virgen de la Luz, patrona de la ciudad, acto que refrendó la devoción y la fe de los leoneses.

De acuerdo con el libro “La Madre Santísima de la Luz”, que se encuentra en el Archivo Histórico Municipal de León, la coronación fue realizada por el obispo Leopoldo Ruiz y Flores y fue la culminación de una celebración que durante siete días reunió a parroquias, peregrinos y familias enteras.

La devoción de los leoneses por la Madre Santísima de la Luz se remonta al siglo XVIII. Fue el 2 de julio de 1732 cuando la venerada imagen llegó a León, procedente de Sicilia, Italia.

La pintura había sido realizada en 1722, en Palermo, aunque se desconoce quién fue su autor. La historia de fe asegura que la imagen representa una aparición de la Virgen, cuya visión habría sido plasmada posteriormente en el lienzo.

Diez años después de su elaboración, la pintura llegó a las tierras del Bajío para convertirse en uno de los principales símbolos de la fe de los habitantes de León.

Ciento cuarenta años después de su llegada, la devoción había adquirido tanta importancia en León y sus alrededores, e incluso en otros estados, que, en 1872, el papa Pío IX proclamó a la venerable imagen como Santa Patrona de León.

La pintura había sido realizada en 1722, en Palermo. Foto: Gerardo García

Treinta años después, aquella devoción alcanzaría uno de sus momentos más solemnes: la coronación de la Virgen. Para ello, la ciudad comenzó a prepararse con anticipación para la ceremonia.

El 13 de agosto de 1901, una circular llegó a los templos, iglesias y parroquias de la ciudad; la consigna fue reunir los recursos para embellecer la basílica y construir el altar principal de la catedral, pero, sobre todo, para costear la corona de oro.

Los trabajos serían financiados mediante las limosnas de los feligreses, donativos de particulares, asociaciones, congregaciones y miembros de las parroquias de la diócesis. De esta manera, la preparación de la ceremonia se convirtió también en una obra colectiva: cada aportación representaba una muestra de devoción hacia la patrona de León.

Durante los meses siguientes se realizaron los trabajos de ornamentación y acondicionamiento del templo, mientras se diseñaba la corona en el extranjero.

Una corona para la patrona de León

La corona fue elaborada en Nueva York por la casa Benziger Brothers, mientras que el diseño fue remitido por Alberto Almour, representante en México de la firma joyera.

La pieza, realizada en oro, tiene un peso de tres kilogramos: 2 mil 800 gramos de 14 quilates y el resto, de 24 quilates.

Su diseño semeja una figura escalonada tipo globo, formada por tres niveles: la base tiene una circunferencia de 42 centímetros y se eleva progresivamente hasta alcanzar 79 centímetros; posteriormente, la copa se va cerrando hasta formar una especie de cúpula.

La banda inferior mide cuatro centímetros de ancho y está decorada con 20 diamantes, 10 rubíes y 10 zafiros.

En la parte superior tiene grabadas cabezas de ángeles, mientras que en las molduras hay 10 flores de lis, cada una adornada con un rubí. Las diferentes bandas están unidas mediante pasadores y tornillos de oro.

El centro de la corona

En el centro de una de las rosetas destaca un rubí de gran tamaño, rodeado por ocho brillantes. La banda más angosta está decorada con rosas, cuyos centros también llevan diamantes.

El globo y la cruz complementan la pieza con relieves, diamantes y zafiros. Las flores de lis también están decoradas con piedras preciosas y, en el centro de la cruz, un brillante aparece rodeado por ocho rubíes y pequeños brillantes.

La corona integra una segunda diadema, con incrustaciones de cuatro brillantes y 20 zafiros, mientras que la banda superior incorpora 20 rubíes.

En conjunto, la corona integra 800 piedras medianas, 400 grandes y 40 amatistas. La elaboración de la pieza tomó aproximadamente un año.

Para los fieles, más allá de su valor material, aquella corona representaba una ofrenda de amor y gratitud a la Emperatriz de los Cielos y Santa Patrona de los leoneses.

Desde entonces, aquella corona quedó ligada a la Virgen de la Luz como un símbolo de la fe. Foto: Gerardo García

Siete días de fiesta y devoción

La celebración se extendió durante los siete días previos a la coronación, del 1 al 7 de octubre de 1902. Durante aquella semana, las parroquias de León se convirtieron en puntos de encuentro para los devotos. Se celebraron misas, peregrinaciones y actos religiosos organizados por distintos gremios y sectores de la sociedad.

Participaron zapateros, reboceros, vendedores ambulantes, trabajadores de peleterías y tenerías, albañiles y otros grupos que acudieron a rendir homenaje a la patrona.

La ciudad también fue escenario de congregaciones, ofrendas, confesiones, música de viento, quema de castillos y fuegos artificiales. La celebración religiosa convivió con el ambiente festivo propio de una ciudad que se preparaba para uno de los acontecimientos más importantes de su historia religiosa.

El día de la coronación

El 8 de octubre, desde temprano, León vivió una jornada marcada por la solemnidad religiosa.

A León llegaron peregrinos procedentes de la Ciudad de México, Guadalajara, San Luis Potosí, Silao, Celaya, Guanajuato y otras poblaciones de la región. También acudieron miembros del clero, autoridades de distintas diócesis, representantes de la sociedad y autoridades civiles.

Se pidió a las iglesias, templos y parroquias de la ciudad celebrar misas y mantener expuesto el Santísimo durante el día.

La basílica lucía especialmente engalanada para recibir a los fieles. El altar principal estaba adornado con grandes ramos de flores, candelabros y cirios de considerable tamaño. Cuadros de arte sacro y ornamentos religiosos completaban la decoración del templo.

El momento más esperado

El momento esperado llegó cuando 44 voces solemnes entonaron el Ave Maris Stella. Frente a la venerada imagen se encontraba el obispo Leopoldo Ruiz y Flores, quien tuvo a su cargo la ceremonia de coronación.

El obispo colocó solemnemente la corona sobre la imagen de la Virgen de la Luz. Ante aquella escena, más de cinco mil creyentes permanecieron de rodillas.

Por unos momentos, el templo quedó sumergido en un profundo silencio; después, entre lágrimas de alegría, aplausos y el sonido de las campanas, los fieles celebraron la coronación de la santa patrona de León.

Desde entonces, aquella corona quedó ligada a la Virgen de la Luz como un símbolo de la fe, el agradecimiento y la devoción de generaciones de leoneses hacia la Madre Santísima de la Luz.

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