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Historia 404

Esta es la historia 404 de 450 que te contaremos sobre León

El camino de la modernización fue acabando con oficios que durante años formaron parte de la vida cotidiana de León.

Los serenos recorrían las calles durante la noche, vigilaban y anunciaban la hora. Los aguadores llevaban el agua de casa en casa y las telefonistas eran indispensables para establecer una llamada de larga distancia.

Con el alumbrado, las redes de agua potable, las nuevas tecnologías de comunicación y otros avances, muchos de estos trabajos comenzaron a transformarse hasta desaparecer.

En libros como Y vivo en León, de María de la Cruz Labarthe y Adriana Ortega Zermeño, se aborda la actividad económica de la ciudad desde que era Villa.

Entre las actividades fundamentales estuvieron la agricultura, con la siembra de cereales, chiles y legumbres, y la ganadería, de la que se desprendieron otras labores relacionadas con el curtido de cueros, el procesamiento de lanas, la talabartería y la elaboración de jabones y velas con sebo.

También hubo actividades que dieron identidad a distintas zonas de León: la rebocería alcanzó prestigio y tuvo presencia en barrios como San Juan de Dios y San Miguel; la curtiduría y el calzado encontraron un importante desarrollo en Barrio Arriba, mientras que la cuchillería y la herrería tuvieron presencia en El Coecillo.

León ha hecho honor a “El trabajo todo lo vence”. Miles de labores, empleos y oficios han formado parte de su historia; algunos evolucionaron y otros prácticamente desaparecieron y hoy sobreviven en la memoria colectiva.

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Los lecheros

Durante décadas, una escena se repetía por las mañanas: los lecheros llegaban con sus botes llenos y avisaban a sus clientes con el claxon o simplemente gritaban: “¡La leche… la leche!”.

Habitantes de calles como Álvaro Obregón recuerdan a sus mamás salir con cubetas para recibirla. Los lecheros llegaban temprano, cuando algunas mujeres ya habían ido a misa de cinco y terminado de barrer el frente de sus casas.

La leche se hervía antes de consumirla para prevenir enfermedades.

En las décadas de 1960 y 1970 comenzó a generalizarse la leche embotellada y aquella forma de distribución fue desapareciendo paulatinamente.

Taquimecanógrafas y telefonistas

Entre los trabajos que alcanzaron gran importancia durante el siglo XX estuvo el de las taquimecanógrafas.

Su habilidad para escribir rápidamente a máquina y tomar dictados mediante taquigrafía las convirtió en trabajadoras necesarias en oficinas públicas y privadas.

Otro oficio indispensable fue el de las telefonistas.

Antes de que una llamada de larga distancia pudiera realizarse directamente, era necesaria la intervención de una operadora para establecer la comunicación.

Había que solicitar la llamada y esperar. Llegado el momento, la telefonista establecía el enlace y pedía al usuario contestar.

Existe incluso una anécdota relatada por el historiador Mariano González Leal durante una conferencia sobre la Cristiada. Una telefonista avisó al general Z. Martínez que tenía una llamada y, al contestar, escuchó del otro lado: “Yo soy general, El Catorce”.

Con la automatización de las comunicaciones, aquel oficio comenzó a desaparecer. Décadas después, los teléfonos celulares terminaron por transformar completamente la manera de comunicarse.

Los cobradores de los camiones

También desaparecieron los cobradores que viajaban en los antiguos camiones urbanos, suburbanos y en los llamados “guajoloteros”.

En aquellos viajes hacia Silao o Guanajuato, los ayudantes hacían malabares en el estribo, anunciaban las salidas y llegadas, ayudaban a subir a los pasajeros y vendían o revisaban los boletos.

En las unidades también se transportaban mercancías e incluso animales, como gallinas y chivas.

Para algunos, aquel trabajo era también una escuela antes de convertirse en conductores.

Entre los pasajeros llegó a circular una frase que quedó como parte de la conseja popular sobre aquellos viajes: “Primero muertos que llegar tarde”.

Con el desarrollo de las carreteras, las centrales de autobuses y la modernización del transporte, esa figura también fue desapareciendo.

Los vendedores de hielo

Antes de que los refrigeradores fueran comunes en los hogares, conservar los alimentos representaba un desafío.

En la memoria de algunos leoneses permanecen los vendedores de hielo que recorrían barrios y colonias para llevarlo hasta las casas.

La llegada y popularización de los refrigeradores domésticos transformó aquella actividad. El hielo no desapareció como producto, pero sí cambió la manera de fabricarlo, distribuirlo y consumirlo.

Los fotógrafos de caja

Otro personaje que permanece en los recuerdos de la ciudad es el fotógrafo de caja o minutero.

Algunos leoneses recuerdan su presencia en sitios concurridos, como los alrededores de la Catedral y el Parque Hidalgo, donde retrataban a parejas, familias y niños.

Su equipo era peculiar: la propia cámara funcionaba como un pequeño cuarto oscuro que permitía revelar las fotografías.

Durante años fueron una alternativa para quienes necesitaban un retrato, incluso para documentos, escuelas y graduaciones.

Después llegaron cámaras más modernas, se multiplicaron los estudios fotográficos y aparecieron máquinas automáticas para obtener fotografías en pocos minutos.

Los antiguos fotógrafos de caja fueron desapareciendo del paisaje urbano.

Vendedores de hierbas

Los mercados también tuvieron personajes y actividades que hoy son cada vez menos frecuentes.

En sitios como el Mercado de la Soledad y el Mercado Hidalgo era común encontrar vendedores de manzanilla, gordolobo y otras hierbas utilizadas tradicionalmente en los hogares.

Los pequeños ramos eran adquiridos por las amas de casa para preparar infusiones y remedios caseros.

Todavía es posible encontrar este tipo de productos, aunque aquella figura tradicional del vendedor de hierbas es cada vez menos común.

Los escribanos

Los escribanos cumplían una función particularmente importante: ayudaban a quienes no sabían leer ni escribir o tenían dificultades para realizar algún trámite.

En la memoria de los leoneses aparecen aquellos hombres instalados en lugares concurridos, donde redactaban cartas, solicitudes, oficios y llenaban documentos.

Algunos son recordados en los portales y otros en las inmediaciones de oficinas gubernamentales.

Durante años fueron intermediarios entre los ciudadanos y una burocracia que exigía llenar formatos y presentar escritos.

El aumento de la escolaridad, las copiadoras, las computadoras y, finalmente, los teléfonos celulares e internet redujeron considerablemente la necesidad de sus servicios.

No todos estos trabajos desaparecieron por completo. Algunos evolucionaron, otros fueron sustituidos por la tecnología y unos cuantos todavía sobreviven de manera aislada.

Pero todos formaron parte de una ciudad distinta, aquella en la que el grito del lechero anunciaba la mañana, una operadora conectaba las llamadas, el hielo llegaba hasta la puerta y un escribano podía convertir las palabras de alguien en una carta.

Son oficios que cuentan también la historia de cómo León cambió con el paso de los años.

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