Las ferias, esos espacios donde antaño se conjugaban la celebración, la identidad colectiva y el comercio, fueron durante siglos el espejo del alma popular. Eran, además, el punto de encuentro entre pueblos y municipios: un retrato único, que daba sentido a la vida social y económica de cada región.
Con el paso del tiempo, algunas fueron adaptándose a nuevas realidades sin perder su propósito esencial: celebrar, promover la identidad de cada región y aprovechar el flujo de visitantes para impulsar productos y actividades económicas típicas del lugar. Así, detrás de los juegos mecánicos y palenques, debía persistir el orgullo de ser, orgullo de mostrar lo propio y promover productos locales.
Sin embargo, la Feria Estatal de León ha extraviado su esencia. Hasta su última edición, en 2024, los organizadores gastaron cientos de millones de pesos del erario para deslumbrar con “deidades de la farándula”, despreciando el fomento a la ganadería, artesanías regionales, gastronomía y cultura. Prefirieron pagar 25 millones a un piloto y a una tenista, de élite, que no admitió preguntas y la segunda no hablaba español. Han reducido la Feria a panem et circenses, que Juvenal denunció como: “el entretenimiento, anestesia del pensamiento crítico”.
Los organizadores de la Feria, primero estatal y luego municipal, que antes era autofinanciable y ahora solo estiran la mano para pedir dinero del erario, la convirtieron en un espejo de vanidades sustentada en frívolos dispendios. El decreto original establecía con claridad su misión: “celebrar el aniversario de León, promover la convivencia familiar, apoyar la gastronomía, la ganadería y las artesanías”. Incluso, había remanentes que se destinaban a obras de beneficio para el municipio, como aulas y baños, camiones y equipos de bomberos, obras hidráulicas para comunidades alejadas, equipamiento municipal, lienzo charro, instalaciones ganaderas, entre otras…
Pero todo cambió con las liviandades del exgobernador Diego Sinhue. Éste y su camarilla transformaron la Feria en un escaparate de ostentación y frivolidad. Todo, a partir de vanos proyectos personales, gestionados en los infecundos clubes de intereses y consorterías.
El exgobernador de marras drenó más de quinientos millones de pesos del erario para la Feria, esto sin contar el flujo libre operativo del evento, en absurda competencia por contratar a los artistas más caros, mientras regateaba recursos para obras urgentes del municipio.
Esto representa una afrenta para los desiguales, los ignorados y las urgentes carencias de León. Se confundió el brillo con el propósito, el oropel con la razón de ser.
Buscando alguna luz sobre el manido tema, pregunté a un miembro del Patronato, ¿cuál era el sentido y propósito de la Feria? A lo que respondió con desconcertante sinceridad: “no lo sé, pero pronto haremos un reglamento”. La respuesta, más que absurda, fue reveladora de la ignorancia institucionalizada: orgullo de estar sin saber para qué. Nunca leyó la exposición de motivos a los que debería servir.
Si los organizadores desconocen el leitmotiv de la Feria, ¿con qué fundamento piden a la Gobernadora “abrir la cartera”? Son empresarios, pero, ¿ya agotaron su inventiva y habilidad empresarial para hacer la Feria autosuficiente? ¿o solo se limitan a estirar la mano? ¿Con qué justificación encarecen los espacios comerciales que hacen los precios prohibitivos? La Feria se convirtió en competencia de vanidades; además, del uso indiscriminado de prebendas y boletos VIP para espectáculos.
Toda esta parafernalia del “pan y circo” cumplió la función política que perseguía Sinhue, sin que los bisoños dirigentes advirtieran el teatro de sombras destinado a distraer de la corrupción, inseguridad, negocios entre amigos, impunidad y escasa pero inflada obra pública en Guanajuato. El entretenimiento financiado desde el poder actúa, así, como un hipnótico de las conciencias críticas. Antes, los empresarios solían ser muy cuidadosos de no permitir ser utilizados por el poder político…
Sin embargo, el nuevo patronato presidido por Héctor Rodríguez Velázquez, exitoso empresario, si no sucumbe a la soberbia y al hybris que producen las ansias de “querer volar muy alto”, como el joven “Icaro”, podría devolverle sentido a la Feria Estatal de León. Pero el primer paso sería definir su propósito y vincularlo con los festejos del 450 aniversario de la fundación de León, que le daría algo de la identidad perdida.
Porque una feria sin sentido, no solo pierde su esencia, también pierde su alma.