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En 1944, el Presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt y el Presidente mexicano Manuel Ávila Camacho lograron un acuerdo histórico y ejemplar para compartir aguas limítrofes de manera equitativa. El Tratado establece las entregas que cada país debería hacer al otro de diferentes afluentes.

El área contenida en el acuerdo básicamente incluye el tramo del Río Bravo que fluye desde Fort Quinlan, Texas, hasta el Golfo de México. Aparte del Bravo, el Tratado incluye el Río Colorado y el Río Tijuana, así como algunos de sus tributarios (demasiados para mencionar). Ahora bien, el intercambio de agua entre las dos naciones quedó sujeto al cumplimiento mutuo entre ambas naciones.

Las entregas de agua están estipuladas en una medición que se llama MAF, o sea, Millón de Acre-Pie: lo suficiente para inundar un acre de tierra agrícola con un pie de agua, y no simplemente en galones o litros, medidas que se emplean como sustitución y que resultan una equivalencia, no una cantidad precisa.

Mediante este Tratado, México debe recibir de USA 1.5 millones de MAF al año del Río Colorado y entregar aproximadamente una tercera parte de las aguas del Río Bravo. La entrega se pacta en ciclos de cinco años cada uno: México debe entregarle a Estados Unidos un mínimo de 350 mil MAF anuales para completar 1 millón 750 mil MAF cada ciclo de cinco años.

El último ciclo se venció en octubre de 2025 y México no pudo entregar el agua pactada. Tampoco podrá hacerlo, simplemente porque no hay agua: hay tramos del Río Bravo, cerca de Presidio, Texas -por ejemplo-, que se encuentran completamente secos. La intervención divina le ha decretado a la zona una sequía que en partes de Chihuahua lleva siete meses.

Adicionalmente, las presas desde donde se podría extraer agua carecen del suficiente llenado. Para que cumpla México sería necesario sacrificar zonas completas agrícolas en Tamaulipas, vaciando otras presas y destrozando la producción.

Trump se ha puesto intransigente, demandando y amenazado a México con imponer aranceles a sus exportaciones hacia EU de un cinco por ciento si no cumple con la entrega de agua. La Presidenta Sheinbaum está entre la espada y la pared, pues no puede cumplir con el Tratado simplemente porque no hay agua y, por eso sufrirá nuestro País el castigo de aranceles adicionales.

Empleamos con plena conciencia el describir la actitud del Presidente Trump como “intransigente”, ya que el mismo Tratado establece un mecanismo, llamado “minutas”, que son cambios que se pueden incorporar. Si Trump quisiera, este tema se podría arreglar con una negociación en la que fuesen tomadas en cuenta las condiciones de sequía en ambos lados de la frontera.

Parece ser que el problema se ha tornado político, ya que dos representantes republicanos de Texas se han puesto muy belicosos, quesque defendiendo a los agricultores de ese Estado. Ha encendido un poco la situación el cierre (bancarrota) de una refinadora de azúcar, la última que quedaba en el sur de Texas, perdiéndose 500 empleos, quesque por falta de agua.

Los dueños, quizás exagerando, le echaron la culpa de esto a México y a la falta de entrega de agua de nuestro País. Dudamos que sea cierto, pues de seguro hubo otros factores, pero este tema ha servido para enardecer los ánimos de los agricultores del sur de Texas.

Lo que nos debe importar a los mexicanos es entender que estamos ante una de esas crisis de pierde-pierde, pues no hay forma de salir airosos. Complacer a Trump significará la ruina para los agricultores tamaulipecos; al mismo tiempo, si el Gobierno le da prioridad al campo mexicano y no entregamos un agua que no hay, incurriremos en la ira del Presidente norteamericano, que nos “castigará” con aranceles adicionales del 5 %.

Las indicaciones recientes son de que Trump va por todas las canicas y de alguna manera u otra doblará a nuestro Gobierno: ya empezó ayer con el rollo de que las aguas del Río Tijuana que entregamos son “aguas sucias”, lo cual no es cierto, estrictamente hablando.

En suma, la presidenta Sheinbaum tendrá que echar mano de todo su encanto telefónico para que, en una serie de llamadas, logre calmar los ánimos de Mr. Trump, haciéndole entender que no se puede dar lo que no se tiene: no es que no se quiera, ¡es que no se puede!

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