Desde marzo de 2021, el gobierno de Estados Unidos ofrecía 15 millones de dólares por información que llevara a la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro, acusado formalmente por el Departamento de Justicia de participar en una conspiración de narcoterrorismo y de conspirar para importar cocaína a los Estados Unidos.

Al año siguiente, en septiembre de 2021, AMLO invitó a Maduro a participar en la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que iba a celebrarse en la ciudad de México.

La llegada del dictador se mantuvo bajo reserva hasta el último minuto, en que la Secretaría de Relaciones Exteriores la confirmó en un comunicado. Era la primera vez que Maduro salía de Venezuela desde que Estados Unidos lo acusara de narcotráfico.

Marcelo Ebrard lo recibió en el aeropuerto. A la reunión asistía también el dictador cubano Miguel Díaz-Canel. Maduro cenó en Palacio Nacional, se entrevistó con López Obrador, propuso, públicamente, que México se convirtiera en sede permanente de la Secretaría General de la Celac.

Los presidentes de Uruguay y Paraguay, Luis Lacalle y Mario Abdo, repudiaron la presencia en la cumbre de los líderes de Cuba, Venezuela y Nicaragua.

“México es la casa de todos”, decía López Obrador.

A resultas de esa visita, los entonces senadores por Florida Marco Rubio y Rick Scott, reclamaron en una carta dirigida a Andrés Manuel López Obrador que no hubiera detenido y extraditado, “tan pronto como pisó suelo mexicano”, a Nicolás Maduro, a quien describieron como “narcodictador”.

Los senadores manifestaron su decepción y le recordaron a AMLO la acusación que pesaba contra su invitado. “Maduro es un criminal, un matón… el genocidio que está cometiendo contra su propia gente”, declaró Scott en una entrevista en la que consideró inadmisible la presencia de este en la CELAC. A Díaz-Canel, los senadores lo describieron como “títere de la dictadura cubana”. La carta de los senadores criticaba “las acciones y declaraciones” de López Obrador, “incompatibles con los valores democráticos”.

Maduro había sido invitado por primera vez a la toma de posesión de AMLO a fines de 2018. Volvería al país por tercera ocasión en octubre de 2023, durante un encuentro sobre migración en el que se retrató al lado del tabasqueño en las ruinas de Palenque.

Durante ese tiempo, el intercambio de cortesías entre AMLO y Maduro fue interminable. En diciembre de 2018, este le prometió a López Obrador “trabajar de manera conjunta por los sueños de la Patria Grande”. En junio de 2022 Maduro agradeció la no asistencia de López Obrador a la Cumbre de las Américas, de la que habían sido excluidas Venezuela, Cuba y Nicaragua, y agradeció también sus posturas sobre “la política hostil” de Washington: dijo que López Obrador representaba “a toda América Latina” y le aplaudió “por ir al frente en defensa de la verdad”.

AMLO agradeció sus comentarios: “Hay muy buenos dirigentes en América Latina. Personajes que yo veo con mucho respeto…”.

Cuando a AMLO le bajaron de YouTube una conferencia en la que reveló el teléfono personal de la jefa de corresponsales de The New York Times, Maduro acusó una campaña en contra del mandatario mexicano, dirigida desde el gobierno de Estados Unidos. Maduro le agradeció también “por respetar a Venezuela”, cuando AMLO evitó pronunciarse sobre el fraude electoral perpetrado en 2024 en contra de Edmundo González.

De hecho, Maduro gritó “¡Viva México!” cuando AMLO se desmarcó de las naciones democráticas que desconocieron, en 2019, el supuesto “triunfo” electoral que llevó a su segundo mandato al dictador.

“Si no quiere venir, que no venga”, declaró Marco Rubio cuando AMLO se negó a acudir a la Cumbre de las Américas. Desde aquellos días Rubio acusaba a López Obrador de haber entregado el territorio mexicano a los cárteles: lo acusaba de haber recibido dinero de los cárteles durante sus campañas y lo acusaba también de haber apoyado “tiranos en Nicaragua, Venezuela y Cuba”.

AMLO respondía que el entonces presidente Biden estaba sometido a presiones “de republicanos extremistas” y, en clara referencia a Rubio, “de dirigentes de la comunidad cubana que tienen mucha influencia y odio”.

La madrugada del sábado, el presidente estadounidense Donald Trump anunció que Maduro y su esposa, Cilia Flores, habían sido capturados tras “un ataque a gran escala” y sacados del país.

El hombre que había anunciado su retiro, y había prometido reaparecer solo en caso de amenazas graves contra el país, atentados contra la democracia o acoso político contra la presidenta, salió de la oscuridad por segunda vez en mes y medio, empujado por sus “convicciones libertarias”, para condenar la detención de Maduro y hablar de “un prepotente atentado”, de un acto de “tiranía mundial”, de “una acción que ni Bolívar ni Lincoln aceptarían”: para definir la detención del dictador como “un secuestro” y para pedir a Donald Trump que “mande al carajo a los halcones”.

Desde el momento de la detención, la Secretaría de Relaciones Exteriores había fijado la postura del gobierno de Claudia Sheinbaum: “un llamado urgente a respetar el derecho internacional, así como los principios y propósitos de la Carta de la ONU, y a cesar cualquier acto de agresión contra el gobierno y pueblo venezolanos”.

Sheinbaum estaba obligada a declarar en contra de la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, a pesar de que la embajada estadounidense presionaba esperando una declaración de apoyo.

Trump dejó ver su molestia al revirar de inmediato que algo se tenía que hacer con México, porque el país “está gobernado por los cárteles”. López Obrador no pudo contener su ansiedad. Tampoco su inmoderado protagonismo. Donald Trump lo ignoró. El Salvador de la Patria solo salió a estorbar en momentos en que se abre para México un año extremadamente crítico en cuanto la relación bilateral: Trump ha amenazado con dejar morir el T-MEC o bien con aumentar los aranceles si no se incluyen temas que a él le resultan cruciales. Al mismo tiempo, Sheinbaum no es vista por Estados Unidos como un actor plenamente confiable, debido a sus compromisos y sus pactos políticos.

Hay demasiados fierros que el gobierno mexicano deberá sacar de la lumbre en 2026: entre otras cosas, en la acusación contra Maduro, México es citado varias veces como punto estratégico en el trasiego de drogas. Estados Unidos seguirá jalando el hilo.

En ese contexto tan enredado, lo que cabría esperar es el silencio de las chachalacas. ¿O es que el mensaje de AMLO significa que lo vamos a tener al frente de la gestión de esta etapa, haciéndole sombra a la presidenta?

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