El ascenso del chavismo en Venezuela no fue un accidente, fue el desenlace de años de gobiernos corruptos e ineficientes. El petróleo financiaba al Estado, pero no construía ciudadanía, la desigualdad aumentaba y las instituciones perdían credibilidad: esto terminó por abrirle paso a Hugo Chávez, un militar carismático y radicalmente disruptivo.
El quiebre simbólico ocurrió en 1989 con el Caracazo. El segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez cuando aplicó un severo programa de ajuste económico que incluyó alzas al transporte y liberalización de precios. La respuesta social fue inmediata y violenta: saqueos, protestas masivas y una represión militar que dejó miles de muertos. Para millones de venezolanos aquel episodio selló el divorcio definitivo entre el Estado y la sociedad, y marcó el inicio del fin del orden político vigente.
En ese contexto emergió Chávez, entonces teniente coronel del Ejército. Influido por una mezcla de nacionalismo, bolivarianismo y resentimiento hacia las élites políticas, encabezó el intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992. Fracasó en lo militar, pero triunfó en lo simbólico: se convirtió en figura nacional.
Tras ser encarcelado y luego indultado en 1994, Chávez abandonó el uniforme, recorrió el país y transformó su imagen de golpista en la de redentor popular. Fundó el Movimiento “Quinta República” y articuló un discurso tan simple como eficaz: el sistema estaba corrompido y debía ser refundado desde sus cimientos. Una estrategia que, con matices, evocaría años después Andrés Manuel López Obrador.
La elección presidencial de 1998 marcó el punto de inflexión. Frente a una clase política desacreditada y corrupta, Chávez ganó ampliamente. Llegó al poder no por la fuerza, sino por la vía electoral, legitimado por el hartazgo colectivo. Ya en la presidencia concentró poder, sostenido en la renta petrolera y en una narrativa permanente de confrontación: pueblo contra élites, patria contra imperialismo. Bajo su mandato, los contratos de las grandes petroleras norteamericanas fueron revertidos. El petróleo volvió a ser el eje del poder, ahora envuelto en soberanía y antagonismo geopolítico.
A la muerte de Chávez el régimen sobrevivió, pero ya sin el carisma de su creador y sin el contexto económico que lo había hecho viable. Nicolás Maduro heredó el poder, pero no la legitimidad, no hubo ruptura sino una prolongación degradada; conservó los instrumentos, pero perdió el respaldo social. El chavismo dejó de ser épica para convertirse en administración del deterioro y del descrédito interno y externo.
Así las cosas, todo terminó para Maduro el día 3 de enero. El presidente Trump, ondeando la bandera de la democracia, informó que habían bombardeado objetivos clave en Caracas y que un comando había aprehendido (secuestrado) al Presidente, por narcotráfico. Aunque, contradictoriamente, días antes había indultado al expresidente de Honduras, Orlando Hernández, sentenciado a 45 años de cárcel por introducir 400 toneladas de cocaína a EU.
Poco a poco se desvela la tramoya del montaje de la democracia y el narcotráfico y emerge la verdad monda y lironda de la intervención: ahora, ya no hay otra conversación más que el petróleo de Venezuela y grandes negocios para las petroleras. Es el país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo; Arabia Saudita ocupa el segundo lugar. La intervención estadounidense no puede leerse al margen de ese dato estructural. Los contratos petroleros que Chávez canceló a EU, para dárselos a China, van más allá del discurso del narcotráfico y democracia.
Visto en perspectiva, la irrupción en Venezuela no reescribió el pasado, sino un déjá vu del intervencionismo histórico de EU en Latinoamérica. Trump declaró que gobernaría hasta la transición. ¿Será? Los generales Diosdado Cabello y Vladimir Padrino controlan todo: Ejército, policías, milicia, burocracia, servicios y el chavismo de las calles. Marxista de nacimiento, Delcy Rodríguez era y es la dictadura. Las estructuras de poder chavista se mantienen incólumes. Por otro lado, Corina Machado, expectante y decepcionada del desaire de Trump; Edmundo González, una voz en el desierto que reclama la presidencia, pero el chavismo sigue fuerte. Cayó el dictador, pero no la dictadura. ¿Habrá una transición civil capaz de reconstruir legitimidad e instituciones, o es la crónica de un desastre anunciado? La calma chicha precede a la terrible incertidumbre. Mientras, Rusia guarda silencio… ¿Qué pactarían Putin y Trump en su encuentro en Alaska?