Somos salamandras, hemos sobrevivido al fuego, nos han nacido nuevas extremidades, tenemos capacidades que desconocíamos, somos un enigma, se nos revela el secreto que traíamos incoloro en el ADN de nuestra sangre.
La resiliencia es una capacidad no adormecida que, por cierto, a veces trabaja a marchas forzadas. Así que impulsándonos como el motor del aeroplano, deja estelas de luz blanca en los cielos, como una señal de nuestro paso. Avanzamos.
A veces, creíamos haber perdido, y misteriosamente vuelve a crecer la confianza, renace la certidumbre, brota la alegría de un manantial subterráneo y nos da vida, nos reinventa.
Efectivamente somos diferentes, hemos renacido como salamandras.
Nuestro rastro es silencioso pero visible, no tenemos las mismas actitudes, nuestra personalidad ha evolucionado, tenemos nuevas capacidades que nos hacen más aptos. Lo sentimos.
No somos como los cangrejos que retroceden, vamos adelante catapultados con una fuerza increíble que no sabíamos que teníamos. Esta, nos fue impuesta como otra piel o los rasgos que nos unifican. Se adhirió con fuerza al corazón para evitar que nos estallara en mil pedazos.
La bipedestación nos delata, nuestros rasgos nos distinguen y no hay escapatoria.
Sin embargo, ella, expectante se queda dentro como un testigo, reptando y observando, comprobando que hemos sobrevivido de nuevo.
Hemos brotado ilesas de las brasas como flores de fuego, somos salamandras humanizadas, pero eso solo nosotros lo sabemos.