No podemos afirmar que fue miedo, porque más bien lució como pánico, lo que ha sacudido esta semana a los mercados financieros como un tsunami, haciendo que las vacas sagradas (Google, Microsoft, bitcoin, plata, oro, todos los índices, sobre todo el NASDAQ cargado de tecnológicas, etcétera) fueran sacrificadas por una ola de nerviosismo inusitado.
Expertos afirman que tras esta debacle hay un elemento disruptivo: la Inteligencia Artificial, no por sí misma, sino por los efectos que ésta tendrá en otros rubros de las industrias tecnológicas. Temen, pues, el daño colateral que se derivará de las sustituciones a las que conducirá la IA.
Sólo un ejemplo: conforme se desarrolle la IA, la necesidad de contratar codificadores (coders) en la industria computacional disminuirá, si no es que desaparecerá por completo. En pocas letras: la IA desplazará la mano humana, con la posibilidad de extinguir industrias enteras.
Este desarrollo de hechos puede parecernos lejano en este México lindo y querido que vivimos, sólo que en reversa, pues no avanzamos, sino que retrocedemos. Países avanzados sufren por el desarrollo de la Inteligencia Artificial, pero nosotros padecemos el efecto opuesto: la estupidez natural.
Permítannos, estimados lectores, proponer que los problemas de México -actualmente- pertenecen a otra era, al pasado.
Luchamos, por ejemplo, contra la inseguridad, la violencia y la impunidad: viejos problemas de países muy del Tercer Mundo, mientras las naciones avanzadas luchan por sortear los retos de un futuro muy avanzado, que es la sustitución del humano por máquinas que piensan y solucionan problemas complejos mejor y más rápido.
El problema para México es que, mientras nadamos en aguas del Jurásico, el mundo avanza a vertiginosa velocidad, haciendo que la brecha entre los que pueden y los que no pueden se ensanche más.
Otro ejemplo: en los últimos días la Presidenta y su equipo han realizado llamados al empresariado mexicano a que inviertan; lo comentamos ayer mismo. Incluye esta invitación que inviertan en el sector eléctrico, sólo que en minoría con el Gobierno.
Ahora bien, para que la economía de México crezca se requiere una mayor capacidad de la CFE, no sólo para generar electricidad, sino para distribuirla. El plan propuesto por el Supremo Politburó invita a la IP a invertir -en minoría- en la generación, pero la distribución queda en manos exclusivas del Gobierno.
Estarán de acuerdo, amigos, en que ambas cosas van de la mano: si se produce más energía, se requiere una mayor capacidad de distribución. En este delicado tema México está topado, queda claro que no podemos crecer si no se entrega el último kilowatt de electricidad a la fábrica, empresa o usuario que lo necesita.
Con este tipo de problemática básica, basada en restricciones que tienen que ver con ideologías obsoletas que “reservan” ciertos sectores monopólicos del Gobierno exclusivamente para él, el futuro crecimiento -sobre todo el de dos dígitos- se presenta como una quimera.
Mientras luchamos aquí por superar conceptos ya superados en otras sociedades, el mundo avanza y nos presenta problemáticas muy reales que nos afectarán. Hagan de cuenta que se nos quema la casa, pero el hidrante más cercano queda a 20 kilómetros -y no tiene agua-: ante esto, el Gobierno clamará: “¡Hay que apagar el incendio!”. Sí, de acuerdo, respondemos todos, pero ¿cómo?
Para llegar a ese punto debemos transitar por, y superar, una serie de problemas que se interponen entre los buenos deseos y la meta que pretendemos alcanzar. Para que México avance se requiere que se realice un cambio de “chip” en la mentalidad que prevalece en el grupo gobernante. Se tienen que dar cuenta de que no se puede avanzar transitando hacia el pasado.
No es la creación de trenecitos de baja velocidad y cuestionable rentabilidad lo que necesitaremos en el futuro, sino infraestructura de Primer Mundo que nos permita crecer, al tiempo que nos brincamos las cercas del estancamiento y adoptamos las tecnologías del futuro.
Obvio, dejando atrás la añoranza por un pasado que nunca volverá.