Resulta divertido echarle un vistazo a los fenómenos que ocurren en las redes sociales. Uno de los movimientos sociales más llamativos es el de los “therians”, o personas que se consideran una especie distinta de la humana. Llega por Whats un video de una chica que se sube a un Uber maquillada como perrito(a). El conductor le pide su nombre y ella comienza a emitir ladridos suaves. Lo que sigue debe ser conocido porque es viral.
Hay a quienes les parece ridículo; otros simplemente soltamos la carcajada ante la respuesta del conductor: “Este auto es para personas; lo que usted necesita es un Uber pet”. Con la curiosidad por el movimiento llamado “therian”, nos aproximamos más a las redes y en Tiktok encontramos docenas de videos de personas disfrazadas de perro, gato, lagarto, lobo, etc. Desde la infancia tenemos cierta identificación con animales domésticos o, en algunos casos más serios, con animales salvajes.
En la memoria de la infancia tengo presente a un conejito blanco que se metía por todas partes hasta llegar al jardín. A todo niño le surge la pregunta: ¿Qué se sentiría ser tal o cual mascota? Nadie de nuestra generación —que recuerde— había tenido la idea de llevar un can o un gato dentro de su alma. Esto es un fenómeno nuevo, aunque sabemos de civilizaciones antiguas en las que algunos personajes querían encarnar animales. El “Hombre Águila” de nuestros antepasados es el símbolo de la línea aérea Aeroméxico.
La afamada fábrica de joyas y relojes Cartier utiliza como símbolo una pantera. Las camionetas más cotizadas en el mercado mexicano son las “Lobo” de Ford y las “Bronco” y su “Mustang”. Pero tener una preferencia por algún animal no quiere decir que nuestro espíritu se asemeje al de otras especies.
Cada época tiene sus manías, por así decirlo, y en el “therianismo” es una expresión propia de adolescentes y adultos que buscan identidad grupal a través de la imitación de animales. Los liberales pensamos que si alguien quiere ladrar o maullar, relinchar o berrear, es su muy santa voluntad. A lo mucho respondemos con una sonora carcajada como la que produce la chica-perrito que ladra a un conductor de Uber. La gente más profunda tratará de encontrar la raíz del fenómeno en la desubicación de esas personas o en conflictos psicológicos que se subliman en la simpatía hacia otra especie. De plano confieso ser ignorante de cosas que pueden, en efecto, ser más complejas de lo que puedo comprender.
Si vamos más lejos, en la memoria están los personajes animados de Disney, como el ratón Miguelito o el perro Pluto y Tribilín. ¿Qué decir del Pato Donald? Muchos ensayos se han escrito sobre personajes que sólo tienen tíos, que son parte del imperialismo yanqui y otras tonterías.
Pronto tendremos en nuestros parques y ciudades los encuentros “therianos”; debemos verlos con respeto y atemperar las carcajadas y convertirlas en sonrisas discretas. Hay fenómenos sociales serios que también debemos respetar, pero nos cuesta más trabajo. Para muchos adultos mayores es difícil comprender que se les dé cariño maternal o paternal a perros y gatos. Vemos parejas paseando a su perro en una carriola prodigando cuidados que son más bien propios de los críos.
Debemos dar una sonrisa perruna a los therianos de esa especie y respetar a quienes hoy prefieren tener “perrijos” en lugar de hijos.