Quienes el pasado miércoles decidieron perder dos horas de su vida viendo el partido entre Chivas y León, no solo presenciaron un desastre futbolístico: asistieron, sin saberlo, a una clase magistral sobre cómo funciona el poder —y el negocio— en este estado.

Chivas jugó mal. Falló lo que parecía imposible fallar. Pero León decidió ir un paso más allá: se extravió en la cancha, renunció al partido, desapareció. El 5-0 no escandaliza; explica. El 76% de posesión para los tapatíos frente a un miserable 24% de los verdes no habla de estrategia ni de sistemas defensivos al estilo del viejo “catenaccio” de Helenio Herrera, director técnico del histórico Inter de Milán de los años sesentas. Aquí no hubo orden: hubo abandono.

Pero lo verdaderamente vergonzoso no ocurrió en el estadio.

Apenas a unos dias del encuentro, los siempre oportunos propietarios del club —Grupo Pachuca— hicieron lo que mejor saben hacer: extender la mano. Otra vez, como si el marcador no bastara, ahora piden al gobierno 15 millones de pesos adicionales “para labor social”. Una causa noble, sin duda, si no fuera porque viene acompañada de un historial de apoyos públicos que ya supera cualquier rubor: 230 millones en 2021, decenas más en 2024, nuevas partidas en 2025 y sumas frescas que siguen apareciendo como por arte de magia en distintas dependencias.

El Club León ya no es un equipo: es una empresa privada subsidiada con entusiasmo público. Una paraestatal sin auditoría.

¿El método? Simple. Eficaz. Probado. Se llama chantaje con disfraz de identidad. “Si no hay apoyo, nos vamos”. Y frente a esa amenaza, los gobiernos —especialistas en doblarse antes de pensar— abren la cartera.

No es una hipótesis. Es un modelo de negocio. En Hidalgo lo perfeccionaron: estadio en comodato, impuestos perdonados, terrenos regalados y seguridad pública gratuita. Un paquete completo cortesía del erario. Una inversión sin riesgo… para ellos.

Ahora el turno es Guanajuato. Aquí el argumento se repite como mantra: “¿Se imaginan León sin equipo?”. Se dice en voz baja, con tono dramático, como si se tratara de una tragedia civilizatoria. Como si la identidad de una ciudad dependiera de una franquicia que cambia de sede al mejor postor. Preocupados por un electorado  que vota por goles y no por gobiernos.

Y cuando el presupuesto no alcanza, aparece la creatividad. Nos musitan al oído los aires de la cañada de Guanajuato Capital, que la solución ya se construye desde acá. Y que es, por decir lo menos, imaginativa: instalar casetas de peaje en el bulevar Diego Rivera de la capital del estado. Sí, cobrar por circular para financiar al futbol leonés. Un modelo de recaudación donde el ciudadano paga su trayecto… y de paso sostiene un negocio privado. Esto ya se hace en este municipio.

La idea no es menor. Se habla de ingresos cercanos a los 20 millones de pesos anuales. Suficientes para mantener aceitada la relación entre poder político y poder deportivo. Suficientes para que el equipo no se mueva. Suficientes para que nadie haga demasiadas preguntas y los parroquianos paguen sin chistar.

Después de todo, la capital ya está entrenada. Paga por servicios, por trámites, por errores ajenos. Mansos, los cuevanenses diario liquidan a un consorcio privado una cuota bien cara por entrar y salir a su ciudad. Un peaje más, estimado en solo 13 pesos,  no hará diferencia para ellos. ¿O sí?

Lo interesante no es la propuesta en sí, sino lo que revelaría: una concepción del gobierno donde el dinero público es flexible cuando se trata de intereses privados bien organizados. Donde el miedo político, el contubernio y el compadrazgo pesan más que la responsabilidad administrativa. En este caso, el futbol deja de ser espectáculo para convertirse en argumento presupuestal.

Y si la lógica funciona, no habría razón para detenerla. Podemos ir más allá, cobrando el tránsito por la Panorámica. Financemos también al Irapuato. Armemos un sistema estatal de subsidios deportivos disfrazados de política social. Hagamos del balón una prioridad estratégica subvencionada por los capitalinos. 

Miren si se soluciona este problema con la coadyuvancia de una sociedad dócil y buena paga, todo camina. Si al final hay algo más urgente…esto puede esperar. Los hospitales pueden aguantar. La seguridad puede ajustarse. El agua puede administrarse con discursos. Los basureros a cielo abierto no importan. Pero el futbol…el futbol no se toca. Ahí sí aparece el dinero. Ahí sí hay voluntad. Ahí sí hay prisa.

Y así, entre goleadas en la cancha y victorias en la negociación entre cuates, el verdadero marcador queda claro: el negocio siempre gana y la ciudadanía pierde.

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