La historiografía, la forma en que se escribe el pasado, deja una lección incómoda: “no hay una sola historia y ninguna es neutral”. Toda versión está mediada por la intención de la conciencia de quien la cuenta. Pocas discusiones lo muestran con tanta claridad como la Conquista de América.

Conviene recordar que el Papa Alejandro VI, Rodrigo Borgia, otorgó a la Corona la propiedad sobre todo lo que se encontrara en las nuevas tierras: territorios, recursos, animales y personas. Aquella decisión convirtió continentes enteros en propiedad transferible y a sus habitantes en sujetos de dominio. Una premisa que marcó el rumbo de la conquista y legitimó, desde su origen, una lógica de apropiación que difícilmente podía derivar en otra cosa que no fuera abuso.

Durante siglos, España se protegió tras un argumento eficaz: “los pecados son del tiempo, no de España”. Era un blindaje narrativo. Permitía admitir excesos sin asumir responsabilidades, diluyéndose en la niebla de otra época. Ese relato, sin embargo, empieza a resquebrajarse.

Recientemente, en su visita a la exposición en Madrid sobre las mujeres indígenas, el rey Felipe VI fue muy criticado por diputados conservadores, al reconocer que hubo “muchos abusos”. Estas palabras abren una grieta en la narrativa. Si bien es cierto que las “Leyes de Indias” dan testimonio de la supuesta preocupación de la Corona por la protección a los naturales, también es cierto que los hechos dicen otra cosa: violencia, despojo y arbitrariedad. La distancia entre ambos no puede ocultarse.

Entonces, juzgando con ojos del pasado y no con valores actuales, está claro que había muchos abusos, de tal manera que se decretaron las Leyes de Indias para proteger a los pueblos originarios; sin embargo, su incumplimiento fue manifiesto bajo la lógica colonial del “obedézcase, pero no se cumpla”. Ingeniosa fórmula que normalizó la simulación del poder y convirtió la ley en un ritual más que en un límite real.

En México, el debate dejó de ser histórico y se volvió político. Desde 2019, Andrés Manuel López Obrador exigió una disculpa formal. Claudia Sheinbaum ha llevado la discusión a otro terreno: el moral. Su tesis es simple: pedir perdón no debilita, engrandece; es asumir una responsabilidad histórica.

Ahí entra la historiografía como campo de disputa. Durante décadas, el relato dominante exaltó las “luces”, lengua, religión, mestizaje, y relegó las sombras: imposición, despojo, violencia estructural. Hoy ese equilibrio comienza a invertirse. La historia se vuelve más incómoda para el conquistador y más justa para el conquistado.

Porque la conquista no fue solo geopolítica. Dejó una marca más profunda: una forma de mirarnos. Octavio Paz lo resumió sin rodeos en El Laberinto de la Soledad: somos, en parte, “los hijos de la chingada”. Una identidad atravesada por la violencia fundacional y la figura de la madre violentada, que se traduce en una relación ambigua con nuestro propio origen de bastardos.

Ese eco sigue ahí. En la jerarquía cultural heredada: lo europeo como aspiración, lo indígena como rezago; lo blanco como estatus, lo moreno como desventaja. En la tensión entre el México profundo y el aspiracional. En un país que no termina de reconciliarse consigo mismo.
El pasado no desaparece: se transforma en cultura, en conducta, en carácter. La sumisión y desconfianza son inercias históricas que no se decretan ni se corrigen desde el discurso, sino que se arrastran casi invisibles, en la vida cotidiana: son emanaciones del inconsciente colectivo, del tlatoani, el virrey, el obispo, el caudillo y el presidencialismo…

Lo que está en juego no es el pasado, sino el futuro. Porque el futuro se construye a partir de lo que el pasado deja en nosotros: somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos. La historiografía ha sido, durante siglos, un espejo que devolvía una imagen en sombras; hoy, en cambio, nos permite reconocernos con mayor dignidad y con un legítimo orgullo de ser mexicanos.

Y ahí está el punto: ninguna nación se reconcilia consigo misma sin mirar de frente su origen. La Conquista ha dejado de ser un relato concluido. Es, por fin, una conversación abierta. Incómoda, sí. Pero es ineludible. Porque el presente, nos guste o no, “es consecuencia del pasado”: Leopold von Ranke.


P.D. El que escribe cursó la maestría en Historia.

alejandropohls@prodigy.net.mx

450 Historias de León

Acompáñanos en un recorrido por la historia de León. Recibe en tu correo relatos sobre personajes, barrios, tradiciones y momentos clave, que celebran la identidad leonesa, en el marco de los 450 años de nuestra ciudad.