La presidenta de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, visitó México, impulsada y celebrada por sectores conservadores del PAN. Esto terminó convirtiéndose en uno de esos episodios en los que la oposición parece trabajar involuntariamente para el gobierno al que pretende combatir.
El intento de la derecha por reivindicar la figura del conquistador Hernán Cortés evidenció una profunda desconexión con la sensibilidad histórica y cultural del pueblo. Podrán existir debates académicos sobre la Conquista o revisiones historiográficas más complejas; pero, en el imaginario colectivo mexicano, Cortés sigue representando al invasor que, según la narrativa oficialista, fue responsable de quemarle los pies a Cuauhtémoc y de ahorcar al emperador Moctezuma. Y eso, ante el pueblo, resulta cultural y políticamente indefendible.
La derecha mexicana cayó en una trampa elemental: confundir revisionismo histórico con rentabilidad política. La historia oficial mexicana moldeó durante décadas el inconsciente colectivo popular y convirtió la Conquista en un relato fundacional donde los héroes son los pueblos originarios derrotados y los villanos, los conquistadores. Pretender desmontar ese imaginario mediante homenajes a Cortés resulta electoralmente naif.
El decreto promulgado por Carlos I demuestra que incluso dentro de la monarquía española hubo conciencia sobre los excesos y la violencia ejercida durante la conquista. Este decreto intentó frenar la esclavitud indígena y evitar abusos contra los pueblos originarios.
Pero el error del PAN no termina ahí. Lo más revelador es que la irrupción de Isabel Díaz Ayuso terminó convirtiéndose en un inesperado regalo político para la presidenta Claudia Sheinbaum. Justo cuando comenzaba a crecer la tensión diplomática con Estados Unidos por las presiones en materia de extradiciones y combate al narcotráfico, la oposición cometió la torpeza, o la ingenuidad política, de desplazar la conversación sobre Rocha Moya, potencialmente dañina para el oficialismo, para sustituirla por otra alrededor de Hernán Cortés y la Conquista, donde el Gobierno federal se mueve con comodidad.
Es decir: la oposición le entregó a la presidenta un tema ideal para arengar y exaltar emocionalmente a su base política bajo la narrativa de soberanía y nacionalismo. La discusión ya no era sobre presiones estadounidenses, seguridad o reclamos de extradición; ahora el centro era la defensa simbólica de México frente a una derecha percibida como devota del conquistador Hernán Cortés. Difícil imaginar un escenario más cómodo para el oficialismo.
La política es manejo de símbolos. Y, en México, pocos símbolos generan consensos emocionales tan claros como la defensa de lo nacional frente a cualquier intento de reivindicar la Conquista. La derecha pareció no entenderlo. Confundió provocación con estrategia y terminó atrapada en un terreno donde la izquierda se mueve con enorme comodidad discursiva.
Además, hay un problema más profundo: la derecha mexicana sigue sin construir una narrativa propia sobre la identidad nacional. Carece de héroes nacionales compartidos y tampoco ha logrado definir con claridad un relato histórico propio, con sus santones laicos. Por eso, cuando intenta intervenir en debates históricos o culturales, difícilmente conectan con el imaginario popular mexicano. La visita de Díaz Ayuso exhibió precisamente eso: una oposición sin capacidad para definir cuál era realmente la batalla cultural que quería disputar.
¡Imagine usted! Llevar al debate político las interpretaciones académicas sobre la Conquista, roza con lo kafkiano. En México, Hernán Cortés, podrá discutirse en seminarios universitarios, pero jamás será un héroe popular. Escribió Octavio Paz en El laberinto de la soledad que somos “hijos de la chingada”, la madre indígena violentada por el conquistador. Y quien no entienda esa herida simbólica corre el riesgo de convertir la política en un ejercicio de ingenuidad histórica.
Tras la muerte del conquistador, en 1547, en Castilleja de la Cuesta, sus restos fueron trasladados varias veces entre España y México. Durante el México independiente existía el temor de que su tumba fuera profanada por el rechazo popular hacia su figura, por lo que permanecieron ocultos durante décadas. A ello se sumaron las denuncias y acusaciones en su contra: abusos, corrupción, apropiación indebida del tesoro y gobierno arbitrario.
Hernán Cortés, héroe para ciertos sectores de la derecha mexicana, sigue siendo el antihéroe del imaginario popular. Entonces, ¿con quién pretendían quedar bien los organizadores? En la conseja popular mexicana, Cortés es el conquistador que quemó los pies de Cuauhtémoc; por eso, jamás conquistará votos.