¡Mañana! ¡Sí, mañana aparecerá aquí “El Chiste Más Pelado en Todo lo que Va del Mes!”. Lo leyó doña Tebaida Tridua, defensora de la pública moral, y le salió un forúnculo en parte que callaré, pero que le impedía sentarse. ¡Esperen mis cuatro lectores ese chiste!… ¿A cuántos aeropuertos he llegado, y de cuántos he partido? No diré que su número es el mismo de las estrellas en el cielo, las olas en el mar o los granos de arena en el desierto, pero sí que son bastantes. Todos los destinos nacionales, de seguro, y muchos en el extranjero. Mi deleitoso oficio de juglar me hacía andar siempre en las nubes, o sea en vuelo de un lugar a otro. Un día la amada eterna habló conmigo: “Me estoy quedando ciega”. “¡Cómo!” -exclamé desolado. “Sí -confirmó-. ¡Ya no te veo!”. Yo mismo solía contar en broma que cuando llegaba a los hoteles me decían: “¿Cómo te fue?”, y cuando llegaba a mi casa me preguntaban: “¿Y de dónde nos visita el señor?”. Tantas conferencias daba yo, en tantos lugares, que la eterna amada comentó que nuestra casa estaba hecha de saliva, pues para construirla empleamos solamente las sumas que percibía yo por mis peroraciones. Estos apuntamientos personales me sirven de proemio para declarar urbi et orbi que no creo que exista en el mundo un aeropuerto que te reciba a tu llegada como el de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. He aquí que entras a él como entrar a una selva exuberante. En los pasillos te rodea una vegetación tropical que llena las paredes hasta el techo. Plantas de mil variedades, con hojas multiformes, grandes y pequeñas, se ofrecen a la mirada sorprendida del viajero. En mi caso, habitante de los desiertos del norte mexicano, ese verdor es un deslumbramiento. Agradecí, admirado, que una naturaleza así de esplendorosa me diera la bienvenida. Y a todo esto ¿por qué viajé a Tuxtla, ciudad hospitalaria y cálida? Porque fui invitado a participar en la celebración de los 50 años de vida del periódico “Cuarto Poder”, mi casa de trabajo en Chiapas. Miren mis cuatro lectores lo bien que la vida se ha portado conmigo: asistí hace dos décadas al festejo del aniversario 30 de ese prestigioso diario, y ahora tuve el honor de estar en su jubileo de oro. De manos de muy gentiles damas, doña María Morales Ruiz, directora del periódico, y Ana María de la Cruz Morales, directora de Información, recibí un expresivo diploma, y recordé con ellas los versos que Francisco Luis Bernárdez escribió en loor del nombre de María: “Si el mar que por el mundo se derrama / tuviera tanto amor como agua fría, / ‘Mar-ía’ por amor se llamaría, / y no tan sólo ‘mar’ como se llama”. Diserté ante un público generoso y cordial que abarrotó la sala y que al final, puesto de pie, me regaló un aplauso inolvidable. Abracé a seres queridos y a fieles lectores; regresé a mi ciudad con el corazón lleno de gracias y de gracia, y siento ahora, como Manuel José Othón, “una eterna nostalgia de esmeralda”. En la noche de bodas la flamante desposada se resistía a llevar a cabo el acto con el cual se consuma el matrimonio. “Pero, mi vida -le hizo ver el tribulado novio-, ya somos marido y mujer”. “Precisamente -replicó ella-. Esta noche no. Me duele la cabeza”. (Cierto joven fue a la consulta de un doctor y le dijo que se sentía débil, laso, flácido, exánime, agotado. Seguramente eso se debía, aventuró, a que hacía el amor todos los días, y a veces dos y hasta tres veces diarias. Explicó: “Es que no puedo resistir el llamado del sexo”. Le sugirió el galeno: “Cásese. Así lo irá dejando poco a poco”). FIN.
MIRADOR.
Por Armando FUENTES AGUIRRE.
Don Abundio el del Potrero es hombre razonable.
Ayer llovía sin parar. Dije, impaciente:
-¿Dejará de llover?
Acotó el viejo:
-Siempre ha dejado.
En la tertulia tras la cena relata una ocurrencia de doña Rosa, su mujer:
-En el rancho decimos: “Voy a ver al juez”, para no decir: “Voy al baño”. Una mañana Rosa dijo: “Voy a ver al juez”. Volvió al poco rato, y Fico (diminutivo de Pacífico), uno de nuestros nietos más pequeños, le preguntó: “¿Fuiste a ver al juez, güelita?”. “Sí -respondió ella-. Pero no pude decirle nada.
Reímos todos, menos doña Rosa. Masculla con enojo:
-Viejo hablador.
Don Abundio figura con índice y pulgar el signo de la cruz, se lo lleva a los labios y jura:
-Por esta.
¡Hasta mañana!…
Manganitas
Por AFA.
“. Futbolistas argentinos.”.
Se comportaron tan mal
tras de no anotar ni un gol,
que en Argentina el futbol
-como el tango- es de arrabal.