Si la tuvieran, les debería de dar harta vergüenza a los de la cuatrotería recurrir a métodos dictatoriales, hitlerianos, para acallar la creciente ola de críticas que les llueve cada día más tupido debido a los errores que cometen, los cuales pretenden tapar negando toda evidencia y realidad y otorgándole impunidad absoluta a los peorcitos integrantes de su “movimiento”.
Intentar imponer CÁRCEL a quien elabore memes críticos o parodias en las redes sociales configura una aberrante intolerancia que dibuja la aversión que los cuatroteros les tienen a las prácticas democráticas y da fe de una enfermiza intolerancia.
Esta gente no pasa ni un examen de orina si se analiza lo que pretenden hacer para silenciar a los críticos: nos salieron harto “delicaditos”, con piel de príncipes y princesitas arropados en seda: nada se les puede criticar o hacer notar referente a los errores de Gobierno que cometen porque inmediatamente recurren a atacar al crítico o silenciarlo aprobando leyes autoritarias que no extrañarían en Cuba, bajo la dictadura castrista, pero que resaltan como espinilla volcánica en la punta de la nariz en una supuesta democracia como presumen ellos que es MÉXICO.
“El país más democrático del mundo”, lo proclamó la Jefa de Todas las Jefas: es un milagro que le haya quedado intacta la lengua después de tan jactanciosa proclama.
Adicional a las leyes atentatorias contra la libertad de expresión que la ilegal sobrerrepresentación de Morena en el Legislativo nos ha pretendido imponer, tuvimos el triste espectáculo de presenciar a la Presidenta atacando en lo personal -desde la tribuna presidencial- y amagando con retirar su pensión al ex Secretario de Hacienda y ex Gobernador del Banco de México, Guillermo Ortiz, porque éste osó, de manera muy balanceada, técnica, financiera, social y económica, disertar modestamente en una plataforma relativamente desconocida (Project Syndicate) vía un artículo respecto a las mediciones que pudieran contestar la pregunta: “¿Están los mexicanos realmente mejor con Claudia Sheinbaum?”.
La reacción presidencial y del Secretario de Hacienda, Édgar Amador, contra Ortiz por raspar su delicada epidermis al opinar sobre este tema fue equivalente a detonarle una bomba bunker buster en su depa a causa de que externara un punto de vista alterno que, incluso, reconocía algunos aspectos positivos logrados por los cuatroteros.
Nos habrán escuchado decir, al referirnos a algún protagonista de nuestra triste y rastrera política: “Ni lo conocemos ni lo queremos conocer”. Pues eso no podemos decir respecto al Dr. Guillermo Ortiz: a él no sólo lo conocemos, sino que fuimos en nuestra juventud compañeros de escuela. Y sin riesgo de equivocarnos les podemos afirmar que es una persona no sólo sumamente inteligente y preparadísima, sino que ha tenido una larga y notable experiencia en el servicio público.
Él instrumentó el rescate financiero de la banca que amenazó con destruir a México, con aniquilar su sistema bancario por completo y, por ende, sus finanzas y economía. Sus opiniones, pues, lejos de ser criticadas, deberían ser tomadas en cuenta por quienes hoy desempeñan cargos públicos importantes en el área de finanzas del Gobierno sin más mérito que el ser fieles al Ayatola macuspeño o a sus entenados.
Habla sumamente mal de quienes encabezan nuestro Gobierno cuatrotero que se exhiban de manera tan grotesca como narcisos de la política que no toleran la crítica, y que además amenacen con tomar represalias inconstitucionales para silenciar puntos de vista diferentes al DOGMA oficial.
¿Qué facultad de la Presidenta para revisar y/o retirarle la pensión como ex Gobernador de Banxico a Ortiz, que está plasmada en la ley, es legítima y merecida? ¿Con qué ovoides se atreven los legisladores a pisotear nuestra Constitución pretendiendo derogar de facto la libertad de expresión? Sus acciones exhiben no sólo incompetencia y soberbia política, sino una proclividad hacia el totalitarismo… ¡qué democracia ni qué ocho cuartos!
Estamos viviendo una REGRESIÓN política acelerada rumbo a la hegemonía partidista, la concentración del poder en el Ejecutivo, la desaparición de las garantías individuales y el desmoronamiento de las instituciones para dar paso al caudillismo (¿o será claudillismo?).