La historia tiene la incómoda costumbre de repetirse cuando no aprendemos de ella. León estuvo a punto de recibir agua de El Zapotillo y el proyecto terminó naufragando por conflictos sociales y políticos, azuzados por líderes oportunistas.
Hoy, cuando el agua de la presa Solís aparece como una nueva posibilidad para garantizar el futuro de León, crece cada vez más la resistencia de los habitantes de la región al proyecto del acueducto.
Otra vez aparece el clero político, que abandona los terrenos de la fe para incursionar en los de la hidráulica, la agricultura y la política. Y otra vez una población desinformada siente temor y desconfianza de que le quiten el agua para dársela a “los de León…”.
Esos temores infundidos no deben despreciarse, porque ya podemos imaginar el final de la historia. Por su parte, Ale declara no saber de alternativas y el silencio sepulcral de los organismos empresariales tampoco ayuda al proyecto ni a la Gobernadora en su empeño por llevar agua a León. Involucrarse más abonaría al resultado. Habla, silencio, ¿qué nos quieres decir?
Ya ocurrió con El Zapotillo. Aquel proyecto terminó atrapado entre tribunales, comunidades y agitadores que intervinieron en el conflicto. La oposición de pueblos tenía razones propias y legítimas, pero alrededor del problema se construyó también una poderosa narrativa discordante. El entonces cardenal de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, fue uno de los actores que enturbiaron las aguas. Al final, León perdió aquella fuente de abastecimiento.
Ahora la historia amenaza con repetirse. El viernes pasado, la presidenta Claudia Sheinbaum reconoció que existen manifestaciones sociales contra el Acueducto Solís-León y afirmó que no pretende imponer una obra contra la voluntad de las comunidades. Incluso dejó abierta la posibilidad de buscar otras alternativas.
Falta información, diálogo y gestión política con los inconformes. Cuando el gobierno deja un vacío de información, alguien termina llenándolo. Así volvió a aparecer el clero político para avivar el conflicto. En repetidas ocasiones, el llamado “Padre Pistolas” utilizó el púlpito para insultar a la Gobernadora y arremeter contra el proyecto. Llegó incluso a llamar a levantarse en armas si se insistía en construir el acueducto. Sí, leyó usted bien. Esa es la lengua viperina del cura. No es el delirium tremens de un beodo, sino la prédica insolente del “Padre Pistolas”.
Paralelamente apareció el obispo emérito de Saltillo, Raúl Vera, satanizando el acueducto. A esta cruzada verbal se sumó también el obispo emérito Salvador Rangel, quien expresó su desconfianza hacia la Presidenta: “El agua del pueblo será para las armadoras y campos de golf”. Como referencia, es aquel que, según el Episcopado, había sido “secuestrado”, aunque finalmente fue encontrado drogado en un hotel al que había ingresado con otro hombre.
La jerarquía tiene, por supuesto, derecho a opinar sobre los problemas de la sociedad. Pero cuando desde el púlpito se hace política y se formulan afirmaciones técnicas, la autoridad moral del cura no puede sustituir a la evidencia científica.
La respuesta tampoco puede consistir en descalificar a los habitantes de Acámbaro. Si están convencidos de que León pretende quitarles el agua, alguien tiene que sentarse con ellos, comunidad por comunidad y explicarles exactamente de dónde saldrá cada metro cúbico, cuánto se ahorrará mediante la tecnificación y qué garantías existirán durante los años de sequía.
De los 800 millones de metros cúbicos de embalse, NAMO, los 120 millones previstos para el acueducto procederán del ahorro generado por la tecnificación de 10 mil hectáreas de riego del Distrito 011, sin afectar las concesiones de los agricultores. Eso es precisamente lo que debe explicarse y demostrarse.
La gobernadora Libia Dennise ha impulsado con firmeza y responsabilidad el acueducto Solís-León. Pero a alguien le falta gestionar lo más difícil: la confianza de los pueblos interesados. No basta con tener razón técnicamente; hay que demostrarla y explicarla. León ya perdió una oportunidad histórica con El Zapotillo. Sería imperdonable repetir la historia por falta de diálogo y por la intromisión del clero político.
El agua para León no puede decidirse desde un púlpito, pero tampoco desde un escritorio. Se decidirá convenciendo a quienes hoy tienen miedo de perderla. Y antes de construir 200 kilómetros de acueducto, habrá que construir algo mucho más difícil: 200 kilómetros de confianza.