El que comenzó todo el desmadre fue Napoleón… Así podría comenzar un editorial sobre los episodios independentistas, para encontrar el hilo que nos conduzca al desfile del 28 de septiembre. Ese que organiza el gobierno para conmemorar la toma de la Alhóndiga de Granaditas como un glorioso episodio de la gesta de 1810.
Para descoyuntar la historia oficial, conviene enseñar a los jóvenes que los procesos de cambio tienen causas múltiples y complejas. La narrativa oficialista suele ser engañosa y superficial. Hay que sumergirse en los hechos para desentrañar los motivos que llevaron a los habitantes de Nueva España a rebelarse contra el gobierno metropolitano y emprender una terrible conflagración entre hermanos.
Estos territorios eran gobernados por un representante del monarca español. Por eso necesitamos asomarnos a la historia europea: allí encontraremos a Napoleón desatando uno de los torbellinos que terminarían arrasando estas tierras del Bajío.
En guerra con los ingleses, el genio militar buscaba someter a Portugal, aliado británico, y cerrar sus puertos al comercio enemigo. Solución: acordar con España, en 1807, el paso de tropas francesas para invadir territorio portugués. Pero los soldados también ocupan plazas españolas. La crisis agrava la disputa entre Carlos IV y su hijo Fernando VII. Ambos terminan en Bayona, esperando que Napoleón les resuelva el problemilla. Y lo resuelve: les arranca las renuncias a la Corona y coloca a su hermano José en el trono. Tan, tan. Asunto liquidado para un par de zoquetes.
En Nueva España, la ausencia del rey abre el debate: ¿quién debe gobernar? El Ayuntamiento de México impulsa una junta representativa que ejerza el poder en nombre del monarca cautivo. La Real Audiencia y los sectores peninsulares más conservadores rechazan esa salida. La noche del 15 al 16 de septiembre de 1808, Gabriel de Yermo encabeza el asalto al palacio virreinal. Iturrigaray es depuesto y sustituido por Pedro Garibay. La legalidad monárquica, defendida mediante un golpe de Estado. Comenzamos a aprender.
Pasan dos años. Las conspiraciones criollas se multiplican: Valladolid, San Miguel, Querétaro. En septiembre de 1810 Hidalgo y Allende se levantan contra «el mal gobierno». A los agravios políticos se suman el hambre y la desigualdad. Miles se incorporan a una multitud difícil de controlar. El 28 llegan a Guanajuato y asaltan Granaditas. La victoria desemboca en una matanza de defensores y civiles, seguida del saqueo de la ciudad.
Y aquí viene el problema ético. La masacre no es para celebrarla; sí debe conmemorarse para recordar la tragedia y sus consecuencias. La guerra quebrantó la bonanza minera de Guanajuato, provocó despoblamiento y dejó minas abandonadas e inundadas. La devastación se prolongó durante años. ¿Celebramos eso?
Pero en estos tiempos, en Guanajuato capital la parejita Navarro-Smith transforma cualquier acontecimiento, propio o ajeno, en carnaval y fiesta. Con la gobernadora presidiendo, desfilan burócratas, escuelas y fuerzas de seguridad, entre bandas de guerra, mojigangas y charros. Animoso convite que pasa de puntillas sobre la masacre de 1810.
Pocos saben lo que realmente sucedió. La conmemoración debería convocarnos a evitar la violencia, reconocer las tragedias de las guerras civiles y comprender el alto precio que México ha pagado para autogobernarse. Recordar a los muertos exige algo más que acomodar funcionarios en el presídium y hacer sonar las bandas. La ceremonia tendría entonces un sentido que hoy se pierde entre aplausos.
La cuestión más importante sería preguntarnos si la independencia nos mejoró. Si nuestras ciudades son gobernadas con honestidad. Si las personas son reconocidas como ciudadanos con derechos inalienables. Si el bien común orienta las decisiones públicas. Si la dignidad de cada uno se respeta. Preguntas incómodas para formularlas frente a quienes encabezan el desfile.
¡Alarma! Movilización inmediata en el cortejo celebratorio. Un nutrido grupo de jóvenes universitarios reclama justicia por las agresiones que denunciaron haber sufrido a manos de policías municipales durante el fin de semana. Según sus testimonios, los golpes continuaron durante el traslado a barandilla. La imprescindible calentadita. Los estudiantes interrumpen la fiesta con una exigencia elemental: ¡seguridad para las personas y castigo para los abusivos gendarmes golpeadores y sus jefes!
La gobernadora escucha al contingente de la UG y promete seguimiento. Samantha anuncia la separación temporal de los agentes involucrados. Pero falta esclarecer los hechos y fincar responsabilidades; el anuncio no puede convertirse en su Granaditas, una fortaleza para resguardarse mientras pasa la indignación. Los jóvenes han puesto frente al presídium la pregunta que el programa oficial olvidó: ¿de qué sirve celebrar la libertad si la autoridad atropella los derechos de los ciudadanos?
¿Habrá valido la pena la independencia para los guanajuatenses? La respuesta está en el aire.