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La soberanía nacional comienza y termina en lo que comemos y producimos. El famoso dicho “sin maíz no hay país” es un reclamo constante de los agricultores para que el gobierno pague mejores precios de garantía por sus cosechas. México importa la mitad del maíz que consume. Fundamentalmente amarillo. Unas 25 millones de toneladas provienen de los campos del “corn belt” de los Estados Unidos y de otras zonas de cultivo de maíz. Entre el maíz blanco y el amarillo, el consumo nacional es de unas 50 millones de toneladas.

El 69% del diésel y la gasolina provienen de Estados Unidos. Sin su importación, el país viviría un caos tremendo con inflación y una mayor vulnerabilidad si tuviéramos que comprar en otros países. Producimos solo el 30% de lo que consumimos. Sin esas compras, el país se detendría. Nadie podría contener la ira popular. Morena podría perder el poder.

Con la guerra en Irán y la invasión de Ucrania, los precios del diésel alcanzaron 30 pesos el litro en Estados Unidos y 45 pesos el litro en Europa. No sólo eso, sino que el suministro futuro quedó en veremos. Cuando políticos en Estados Unidos sugirieron limitar las exportaciones para controlar la inflación, el primer país que tembló fue México. Por fortuna, la Unión Europea liberó 100 millones de barriles de diésel para apaciguar a los mercados.

Debido a la misma crisis energética, el gobierno mexicano anunció que podría suspenderse el suministro de gas natural proveniente de Estados Unidos. El director de CENEGAS, Cuitláhuac García, adujo problemas técnicos en Texas, de donde provienen las compras nacionales. Pero nadie puede negar que puede ser un primer aviso para nuestro gobierno de la fricción generada por la 4T y su constante cantaleta de “soberanía” y de un nacionalismo exacerbado. Un ejemplo reciente fue el regaño de la presidenta Claudia Sheinbaum a Mauricio Kuri, gobernador de Querétaro, por no haber pedido permiso para invitar al embajador norteamericano, Ronald D. Johnson, a la primera piedra de un centro internacional de capacitación policiaca. La ofensa no fue para Kuri, quien debió haber disfrutado de la publicidad nacional de su evento. El ofendido es el representante de Estados Unidos, quien, al parecer, no mantiene una relación tersa con nuestro gobierno.

Tan sólo tenemos 3 días de reservas de gas, indispensables para mover la industria nacional y generar la mayor parte de la energía eléctrica que consumimos. Sin una semana de gas texano, la economía quebraría, algo semejante a lo que sucede en Cuba. Sabemos que es un escenario lejano, pero no imposible. Nuestra dependencia no radica en que no nos invadan con marines ni con drones armados, sino en lo vulnerables que somos ante un corte de gas, diésel y gasolina.

A nadie le convienen los gritos en el zócalo, ni las constantes referencias en el programa mañanero de la presidenta a la “injerencia” extranjera. A los estadounidenses tampoco les conviene que nuestra industria (que también es de ellos) pierda la capacidad de producir. Durante décadas, a la izquierda radical le gustó jugar con la idea de que los males de México procedían del norte. Que nuestras desgracias se debían a la explotación de nuestros recursos naturales por parte del capital extranjero. En los hechos, eso siempre fue falso. Sólo ver el resultado de haber corrido a la inversión extranjera en Cuba para darnos cuenta del fracaso del comunismo en la isla. Sin gas no hay país.

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