Yo soy ese niño de 3 años que ha ido con sus padres a la misa del domingo. El cura oficiante, revestido con todos sus coloridos y dorados ornamentos, habla y habla y habla largamente desde el púlpito. Le tiro de la manga a mi padre y le pregunto en voz alta: “Papá: ¿a qué horas se mete el payaso?”. El orador sagrado ha oído aquello, y ha percibido también las risas apenas contenidas de quienes alcanzaron a escuchar la pregunta del chiquillo, que pensaba que aquello era un circo.
Nací católico, igual que pude haber nacido protestante, judío o musulmán. Fui bautizado sin tener uso de razón. Cuando lo tenga habré de preguntarme por qué la razón ha puesto en mí dudas que ponen sombra en las luces de la fe.
La del carbonero quisiera yo tener, que cree todo y no pregunta nada, y menos aún pregunta a qué horas se meterá el payaso. Mi desmañada heterodoxia, sin embargo, no me impido lamentar el quebranto de salud que en estos días sufre el Papa León XIV. Una desolada cuarteta popular exclama: “¡Ah, vida! Cuando te inclinas / a joder a los mortales / no valen las medicinas / ni rezos espirituales”. Hago a un lado esa fatalista jácara, y anuncio que, razón o no razón, elevaré una plegaria para pedir A Quien Corresponda el pronto y completo restablecimiento del Pontífice, que con prudencia, y al mismo tiempo con mano firme, ha guiado en su aún breve pontificado la barca de San Pedro.
No tengo derecho a que mi oración sea escuchada, pero de cualquier manera la hago con humildad y esperanza. ¡Caramba, columnista! Sí que nos sacas de onda. Tras leer lo que has escrito recuerdo aquello de “el diablo metido a predicador”. Pero ya sabemos que siempre escribes lo que te sale, y que generalmente lo haces con más sentimiento que pensamiento. “¿Soy clásico o romántico?”, se preguntaba el otro Machado, Antonio. Definitivamente tú perteneces a las anárquicas filas del romanticismo, pues no hay en tus letras el orden y armonía de los clásicos a la manera de Ipandro Acaico o Clearco Meonio, nombres pastoriles, aunque bastante cacofónicos, de la Arcadia Romana.
Deja ya de literaturizar y narra algunos cuentecillos que aligeren la graveza de tu peroración. Picio era más feo que pegarle a la Madre Teresa de Calcuta. Lo digo sin ánimo de molestar. En el zoológico le preguntó al guardián: “¿Dónde está la jaula de los orangutanes?”. “Joder -se molestó el sujeto-. Si no te sabes regresar pa’ qué te sales”.
En la habitación 210 del Motel Kamawa la llorosa Dulcibel le dijo a Libidiano: “Lo que acabas de hacerme no tiene nombre”: “¡Uh! -replicó el impúdico bribón-. ¡Es una de las acciones humanas que más nombres tiene!”. (Entre muchos otros recuerdo “Desgastar el petate” y “Hacer que rechine el catre”, a más del que usaba en sus novelas el inglés Anthony Burgess: the old in and out). Grande fue la sorpresa del encargado de la tienda de mascotas cuando un cliente le pidió: “Deme 5 ratas, 22 ratones, 400 cucarachas, 42 araña, 732 zancudos y 14 mil 500 moscas”.
Ante el azoro del de la tienda el cliente le explicó: “Voy a dejar la casa que ocupo como inquilino, y el dueño me exige que se la deje exactamente en el estado en que él me la entrego”. Después de los estudios clínicos correspondientes, el médico le informo a Pitorro: “Tiene usted una enfermedad adquirida por trasmisión sexual”.
Opuso, disgustado, el tal Pitorro: “No lo creo. Ha de ser un simple catarro”. “Supongamos -concedió el facultativo-. Pero mientras esa cosa no empiece a estornudar yo daré por hecho que tiene usted una enfermedad adquirida por trasmisión sexual”. FIN.
MIRADOR
Casi todos los días ha llovido en el Potrero, y eso es anuncio de bienaventuranza. Habrá pan para los humanos y hierba para las otras bestezuelas.
En la cocina de la vieja casa la tertulia se alarga tras la cena. Don Abundio relata una anécdota de doña Rosa, su mujer:
-Cuando pedí su mano su papá puso un plazo de 60 días para resolverme. Así se usaba. Pero Rosa le dijo: “Acorte el plazo, padre, porque si no yo no respondo”.
Todos reímos, menos doña Rosa. Masculla con enojo:
-Viejo hablador.
Don Abundio figura con índice y pulgar el signo de la cruz, se lo lleva a los labios y jura:
-Por ésta.
MANGANITAS
“. Trump quiere cambiarle el nombre al Estrecho de Ormuz.”.
Esa risible ocurrencia
muestra sin ningún distingo
que es el mandatario gringo
estrecho de inteligencia.