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En los años noventa, la Ciudad de México se sometió a otro sobresalto. El transporte público era insuficiente y la necesidad de circular produjo incómodas variantes de la economía informal: taxis pirata, secuestro exprés y asaltos a bordo, taxímetros amañados y tarifas discrecionales.

Lejos quedaban los tiempos de los taxis decorados como simpáticos personajes urbanos: los “cocodrilos”, los “corales”, las “cotorras”. La ciudad había crecido en forma desbocada y los transportes ilegales proliferaban como el tequila adulterado.

Antes del GPS, el taxista comentaba: “Usted me dice por dónde”. Nadie dominaba el laberinto urbano. La frase respondía a un principio de navegación, pero también tenía que ver con la seguridad y la economía. Si el pasajero desconocía la ruta, el taxista podía desviarla a voluntad, rumbo al callejón del latrocinio o alargar el recorrido en beneficio del taxímetro.

Los “taxis seguros” se apartaban de eso, pero salían muy caros.

Detener un vocho verde en la calle resultaba arriesgado, pero cinco veces más barato que pedir un coche de sitio. La sabiduría popular ideó modos de detectar taxis baratos y honestos. Los que ya estaban detenidos, en espera de pasaje, eran desconfiables: a dos cuadras serían interceptados por otro coche.

La mejor opción era que un taxi dejara a un pasajero justo donde estabas. ¡La persona que descendía había sobrevivido! Había que aprovechar esa unidad. Por desgracia, la frecuencia con que esto ocurría era digna de una ruleta.

Los años noventa también trajeron una mayor recaudación de impuestos y la consecuente fiebre de buscar facturas, variante del trato social no dominada por la mayoría de los taxistas.

Los conductores de entonces tenían personalidad. El coche era un eco de sus pasiones. Colocaban en el parabrisas estampas de la Virgen de Guadalupe o San Cristóbal, patrono de los navegantes, banderines del Atlante o una tira con diminutas piezas de lencería femenina; el volante podía estar forrado de peluche y la antena, decorada con cuentas tricolores; la empuñadura de la palanca de velocidades era sustituida por una cabeza de muñeco o la bola negra del billar.

Ese espacio singularizado estimulaba la pasión retórica del dueño. Tomar un taxi era una dilatada operación narrativa, algo que siempre me pareció fascinante y de lo que he escrito. Aunque abundaban los buenos conversadores, esa burbuja autocontenida también se prestaba para que el piloto impusiera sus temas y sus obsesiones.

Me hice amigo de un taxista que había sido ayudante de Fernando Gamboa, gran museógrafo mexicano. Me contó apasionantes historias del mundo de las artes plásticas y procuré que fuera él quien me llevara. Una tarde subí a su auto en compañía de mi esposa y descubrí otro aspecto de su carácter: era un misógino de cuidado. El trayecto de hora y media se convirtió en un discurso discriminatorio que sólo se alivió al convertirse en pleito. Llegamos exhaustos a la cita.

No hay nada más difícil que lograr que un “taxista seguro” cambie de opinión, pues no sólo conduce un vehículo, sino un sistema de creencias. El fenómeno es mundial. En España, los taxistas de cierta edad, reconocibles por sus canas y porque oyen la radio del episcopado, parecen dispuestos a demostrar que sólo se concede la licencia a quien aprueba un curso de fascismo básico.

En el México de los noventa, los taxis variaban mucho de ciudad en ciudad y dependían de los usos y costumbres locales. A veces, la tarifa se decidía a partir de esta pregunta: “¿Cuánto le cobran por ir ahí?”. Había que decir una cantidad tentativa, como quien hace una apuesta, sospechando que la gente del lugar pagaría mucho menos.

Vale la pena recordar las angustias sufridas durante más de una década para entender que Uber llegara al país como una panacea. A partir de 2013 se pudo localizar coches con una aplicación que advertía el precio de antemano, no dependía de hábitos locales, daba factura y neutralizaba los contactos sociales, pues los conductores tenían muy distintas procedencias; el trato era menos idiosincrático, pero se ajustaba a un anhelo del siglo XXI: el anonimato.

En su momento arcádico, los choferes de Uber ofrecían botellitas de agua y preguntaban qué estación de radio querías oír.

De este modo feliz ingresamos a una de las fases más cuestionables del capitalismo mundial, que discutiremos la próxima semana.

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