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Uno

Un día de 1913, el poeta Rafael López abordó un tranvía del circuito que acababa de estrenarse en la capital y permitía salir del México viejo para asomarse “al México de las nuevas colonias”. Quería, escribió, gozar de ese modo de la mansedumbre de la tarde.

Esa tarde, Rafael López llegó a la Roma.

Esta colonia había sido fraccionada hacía sólo una década, sobre antiguos potreros que rodeaban el pueblo de Romita y a lo largo de terrenos arrancados a la inmensa Hacienda de la Condesa.

Hay una fotografía, tomada en 1902, en la que un anuncio clavado en un baldío solitario, a unos pasos de la actual Avenida Chapultepec, ofrece “calles de asfalto, saneamiento, anchas banquetas con arboleda, mercado, agua, parque y lotes pagaderos a 10 años”.

Dicha colonia creció a velocidad inaudita. Porfirio Díaz anunció su creación en el informe presidencial de 1903, al lado de otros dos fraccionamientos, las colonias Condesa y Nueva del Paseo (hoy colonia Juárez). Se trataba, en realidad, de un jugoso proyecto de especulación inmobiliaria: todos los gastos efectuados por la Compañía de Terrenos de la Calzada de Chapultepec, en lo relativo a obras de saneamiento, alumbrado, agua y pavimentación, le serían reembolsados por el gobierno: sólo había que invertir en la compra de los terrenos, para revenderlos al público al doble de su precio.

Los accionistas de la Compañía de Terrenos provenían de las más altas esferas del Porfiriato. Ahí estaba el hijo del general Díaz, ahí estaba el ministro de Hacienda, José Yves Limantour, ahí estaba el gobernador del Distrito Federal, Guillermo de Landa y Escandón, y ahí estaban también, llenos de pesos, bancos, tierras, industrias y relumbre, los apellidos Creel, Lascuráin, Escandón y Fagoaga.

Ocupaba un lugar relevante en el consejo de administración el dueño del Gran Circo Orrin, Edward Walter Orrin, quien, de acuerdo con la leyenda, sugirió que las calles del fraccionamiento –diseñadas por el ingeniero Lewis Lamm con lo mejor del urbanismo francés—, llevaran los nombres de ciudades y estados del país en donde su circo había triunfado. Las calles de este a oeste recibieron nombres de estados; las de norte a sur, de las ciudades de la República.

Algunos de los accionistas reservaron para sí espaciosos terrenos, iniciaron la construcción de suntuosas mansiones, que pronto darían a la zona una fisonomía de lujo y modernidad. La nueva colonia causó furor en las clases altas. En 1908, en los alrededores del Jardín Roma, el arquitecto Regis A. Pigeon construyó la hoy llamada Casa de las Brujas, de tabique rojo, techos cónicos y mansardas inclinadas, cuyo nombre original fue Roma Apartamentos. La célebre Casa Lamm se empezó a levantar en 1911, un año después de que el arquitecto Manuel Gorozpe plantara la primera piedra, en Orizaba y Puebla, de la exultante parroquia de la Sagrada Familia.

Cuesta trabajo imaginar aquella pequeña colonia germinal. Empezaba en la Calzada de Chapultepec y, siguiendo el trazo de la calle Orizaba, la primera con camellón que hubo en la ciudad, terminaba un poco más allá de la avenida que hoy llamamos Álvaro Obregón, y antes se llamó Jalisco. Desde allí hasta el Río de la Piedad —nuestro actual Viaducto— todo era sembradíos. En lo que hoy es San Luis Potosí existió incluso una pequeña pista de tierra, en la que se llevaron a cabo algunos de los primeros ensayos en la historia de la aviación mexicana.

La venta de terrenos a crédito permitió también que familias de menores recursos salieran del Centro y levantaran en la colonia domicilios mucho más modestos. Esto explica por qué aquella tarde de 1913, a bordo del tranvía que rozaba las calles inimaginables de la primitiva colonia Roma, el poeta Rafael López hallara una colonia que no era “ni abiertamente elegante, ni francamente burguesa”. Lo que halló, según dejó escrito en una célebre crónica, fue “un lugar de transición” en donde las flamantes casonas del régimen porfiriano, algunas de ellas abandonadas por sus propietarios luego del brutal estallido de la Revolución, y otras todavía a medio hacer, con la construcción suspendida debido a la crisis financiera que el conflicto armado desató, convivían con casas y edificios de departamentos en los que habitaban profesionistas, burócratas, empleados y comerciantes en pequeño.

López escribió de la Roma: “Dicen que viven en ella los ricos que han venido a menos y los pobres que van a más”.

Dos

El abogado Joaquín Baranda McGregor y la bellísima Dolores Luján Zuloaga fueron uno de esos ricos matrimonios atraídos por la promesa de elegancia y modernidad que ofrecía la Roma. En 1914, cuando algunas calles de la colonia habían cobrado un aire de postal de ciudad europea, adquirieron un predio de 1200 metros cuadrados en la confluencia de las calles de Orizaba y Puebla, en contraesquina del sitio donde Manuel Gorozpe y el ingeniero Miguel Rebolledo levantaban la parroquia de la Sagrada Familia.

Fue precisamente a Gorozpe y Rebolledo a quienes encargaron los planos de la que sería una de las casas más bellas de la Roma. Para entonces, Gorozpe era un arquitecto de moda: había dejado una honda huella en la colonia Juárez, se había encargado de la remodelación de la fachada del Palacio Municipal del Distrito Federal, y además era cercano a la familia, pues el padre de Baranda había sido parte de la comisión que le entregó el título de ingeniero arquitecto.

El año en que se casaron, Joaquín Baranda McGregor y Dolores Luján eran un ejemplo perfecto de la juventud dorada del porfiriato. Joaquín era el hijo mayor del dos veces gobernador de Campeche, y ministro de Justicia de Porfirio Díaz, Joaquín Baranda y Quijano: el creador de la Procuraduría General de Justicia, el fundador con Justo Sierra de la Escuela Nacional de Maestros, el encargado de pronunciar la oración fúnebre en los funerales de Francisco Zarco (sus restos descansan, incluso, en la Rotonda de las Personas Ilustres).

Dolores Luján procedía de una familia de terratenientes que labró una de las grandes fortunas del porfiriato en los campos de algodón de Chihuahua. Era hermana del legendario Jesús Luján, el extravagante millonario al que el poeta José Juan Tablada definió como “un monstruo extraño” que, en vez de dilapidar su fortuna en lujos y excentricidades, prefirió financiar las artes e invertir en la ilusión intelectual que marcó toda una época de la literatura mexicana: la Revista Moderna.

Mecenas de las artes, Jesús Luján financió el viaje a Japón de José Juan Tablada y pagó en París el derecho a perpetuidad de la tumba del malogrado pintor Julio Ruelas. (gracias a él, los restos de Ruelas no fueron arrojados a la fosa común). Ciro B. Ceballos lo recuerda en sus Memorias llegando a los bares de la época con los bolsillos repletos de dinero y dispuesto a gastarlo, hasta que no le quedara uno solo, en compañía del círculo de los escritores modernistas.

Las hermanas de Dolores emparentaron con otras familias acaudaladas: las de los Creel, los Burns, los Terrazas.

1914 era, sin embargo, el fin de una era. Terminaba la belle époque. Comenzaba brutalmente la Primera Guerra Mundial. En México, se derrumbaba la siniestra dictadura de Victoriano Huerta e iniciaba el fatal periodo de sangre que acompañó los años más violentos de la Revolución —y culminó con el arribo al poder del grupo sonorense.

Los Baranda-Luján tuvieron que esperar años enteros para levantar la casona familiar de sus sueños. No fue sino hasta 1920 que el diseño de Manuel Gorozpe se pudo llevar a cabo: la construcción demandó cinco años. Fue concluida el año de la muerte de este arquitecto. Finalmente, en las tinieblas de una esquina de Orizaba, la casa iluminó la noche.

Rafael Fierro Gossman la describe en tres niveles de diseño ecléctico, revestida con piedra blanca de Pachuca —que con el paso del tiempo adquirió el tono dorado que hoy vemos—, y con una esquina achatada en pancoupé que sirve de acceso a su famoso vestíbulo oval. Adentro, vitrales, clósets (toda una innovación en la época en la que aún estaban vigentes roperos y armarios), elevador, doble drenaje que separaba aguas negras y pluviales, revestimientos de madera, mármoles, tapices y elegantes yeserías. Todo un alarde en la selección de materiales. Y, sobre todo, la hermosa cúpula que corona la estancia.

La casona Baranda-Luján fue inaugurada en 1929 para celebrar el cumpleaños número 18 de una sobrina de la pareja.

Para ese año, la colonia Roma, niña huérfana del Porfiriato, como escribe de manera brillante Manuel Perló Cohen, había sido adoptada por la Revolución como hija propia: las viejas familias porfirianas convivían con la nueva élite revolucionaria, que se bajó de los caballos para irse a vivir ahí.

Los carrancistas y los obregonistas se fueron a vivir a “la flor más bella del Porfiriato”. Perló relata cómo la élite del pasado vivió al lado de la élite dirigente: “Álvaro Obregón y Pedro Lascuráin viven en la misma cuadra; Aarón Sáenz y Roberto Cruz (jefe de la policía durante el callismo) moraban a unas casas de la familia Barroso, y las casas del general Barragán y de los Braniff se encontraban a sólo unos pasos”.

Las calles pobladas por las casonas porfirianas corrían ahora hasta uno de los grandes emblemas de la Revolución, el Estadio Nacional, creado por José Vasconcelos, en donde varios presidentes de la posrevolución tomaron posesión de sus cargos. Con los años, a medida que la Roma se acercó al Río de la Piedad, el art nouveau y los viejos estilos se disolvieron para dar paso a nuevas corrientes arquitectónicas: el art déco, el neocolonial, el funcionalismo. Llegaron migraciones procedentes de otros puntos de la ciudad, de otros puntos del país, de varios lugares del extranjero. Veracruzanos, yucatecos, oaxaqueños, chiapanecos, entraron en convivencia con españoles, judíos, libaneses.

La demolición del Estadio Nacional, para dar paso a un nuevo estilo de vivienda, el Multifamiliar Juárez, diseñado por Mario Pani y destinado a maestros del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, acabó de sellar el destino de la Roma como un mosaico social heterogéneo y como un muestrario de la historia de México: sin mansiones, sin anchas avenidas ni camellones arbolados, la Roma Sur se convirtió en el signo de los nuevos tiempos.

El gobierno de Lázaro Cárdenas terminó de demoler el mundo antiguo. Las posesiones de la familia Luján en La Laguna fueron expropiadas. La salud de Joaquín Baranda McGregor también se arruinó y lo llevó a la muerte pocos años después. El tren de vida de las viejas casas se volvió insostenible. En 1940, Dolores Luján sacó sus pertenencias y le rentó la casona de Orizaba 24 a la Embajada de Brasil.

Sucede a veces que en la historia de una casa es posible encontrar la historia de la ciudad entera.

Tres

El 7 de febrero de 1918, un grupo de asturianos radicados en México se congregó en el número 52 de la calle de la Amargura (hoy República de Honduras) para formar un equipo de futbol, pasión que los ingleses llevaron a fines del siglo XIX a las minas de Real del Monte.

Se trataba del Club Asturias. Era, en realidad, un pretexto —con camiseta de color azul y pantaloncillo blanco— para que los asturianos dispersos en la ciudad se juntaran, hablaran bable, comieran fabes y queso cabrales, cantaran acompañados de una gaita, y vivieran la emoción de recordar.

Uno de los integrantes del equipo, el entrenador Antonio Martínez Cuétara, consiguió en arrendamiento un campo situado en el entonces prácticamente despoblado Paseo de la Reforma. Aquel campo sería la sede del Club Asturias a lo largo de quince años.

El Asturias se volvió uno de los equipos más combativos y uno de los que más pasiones despertó. Vivió duelos históricos con el América, el Germania, el Pachuca y el Club España. En 1936 inauguró un nuevo campo, el Parque Asturias, que pasó a la historia del futbol cuando una multitud formada por 25 mil espectadores lo incendió durante un encuentro entre el Asturias y el Necaxa.

Alrededor de ese club deportivo se congregaba un grupo de comerciantes y empresarios que tenía en mente, más que el sostenimiento de un equipo de futbol, la reactivación del Centro Asturiano, una institución fundada en 1908 que llegó a tener más de dos mil socios, y que Obregón cerró al tomar la ciudad de México en 1914, en venganza porque uno de los integrantes de la comunidad asturiana, el millonario empresario Íñigo Noriega, había financiado el golpe militar en contra del gobierno democrático del presidente Francisco I. Madero.

Pero luego los tiempos cambiaron. Para 1945, el Centro Asturiano de México era nuevamente una realidad: el imán que atraía y congregaba a cientos de familias. Ese año, la Embajada de Brasil dejó la casona de Orizaba 24 y la ya septuagenaria Dolores Luján decidió ponerla en venta. Todo se acomodó para que fuera adquirida en 750 mil pesos por el Asturiano, que la destinó a actividades sociales y culturales.

Relata Rafael Fierro Gossman que las aristocráticas habitaciones se transformaron en salas de dominó, de billar, de boliche. Se abrió un salón de baile y uno de banquetes, se habilitó un auditorio y un restaurante. Orizaba 24 llegó así a su tercera vida.

En 1951 el número de los socios del Centro Asturiano era de tal magnitud que la vieja casona resultó insuficiente. Sobre los terrenos del viejo jardín se construyó un edificio anexo de cinco niveles, en el que se albergó una biblioteca, un nuevo salón de baile, otro de banquetes y ¡una sala de televisión!, la novedad tecnológica que acababa de irrumpir en el país mediante la transmisión del tercer informe de gobierno del presidente Miguel Alemán.

Los años corrieron y en 1985 se volvió a cerrar un ciclo. El Centro Asturiano se mudó a una sede más moderna, ubicada en Polanco. Fue el año en el que la Roma, y la ciudad entera, cerraron también sus propios ciclos. El año en que sobrevino la tragedia más grande en la historia de la ciudad moderna. El terremoto del 19 de septiembre de 1985.

El año en que todo se desfiguró: cayó el Multifamiliar Juárez, cayeron casas, oficinas públicas y edificios de departamentos.

La Roma semejó aquel día un campo de guerra.

Completamente vacía, la casa Baranda-Luján, con sesenta años de edad, sobrevivió al derrumbe.

Al año siguiente comenzó un nuevo ciclo. La junta directiva del Asturiano, como una forma de agradecimiento al país que tan generosamente abrió los brazos a la migración española, “y en reconocimiento a la trascendencia de la UNAM en el ámbito cultural”, decidió entregar en comodato a la Coordinación de Humanidades la casa ubicada en la esquina de Orizaba y Puebla.

El 10 de diciembre de 1986, la que a lo largo de quince años fue la residencia de los Baranda-Luján, que durante cinco fungió como Embajada de Brasil, y durante cuatro décadas como sede del Centro Asturiano, se transformó en Casa Universitaria del Libro.

Han pasado desde entonces cuarenta años y no sé cuántas conferencias, mesas redondas, coloquios, seminarios, talleres, cursos, diplomados y presentaciones de libros.

Cuarenta años después, la que al igual que la colonia que la alberga fue también una niña huérfana del Porfiriato, una hija adoptiva de la Revolución, un hogar entrañable para la migración asturiana y una sobreviviente del horror de septiembre de 1985, sigue siendo una casa viva, de las más queridas y entrañables de la Roma. 

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