Dos posturas. Quedó centrado en dos posturas el debate abierto por la secuencia de la exhibición de las irregularidades, la renuncia -y la estampida de secuaces- de Taddei, la ahora expresidenta del Instituto Nacional Electoral.
Someter. Por un lado, está el ensañamiento contra la institución, con la disposición a intervenirla, por lo pronto, en aspectos administrativos, a reserva de formalizar, más tarde, su captura política, impuesta previamente, en los hechos, por el régimen, al ponerla en manos de la hoy defenestrada. Parece ser éste el camino para echar a pique, en definitiva, su independencia y profesionalismo, con un claro propósito de centralizar sus funciones en el marco disciplinario de un órgano del Ejecutivo.
Restaurar. Por otro lado, esta semana surgieron tres voces claridosas en sentido contrario. El lunes, en estas páginas, Mauricio Merino, integrante del primer consejo del IFE autónomo (luego INE) empezó por reprocharle a la presidenta su actuación “como si (ya) fuera la dueña del órgano electoral”, con su “perorata” inconstitucional “dañando a la institución”. El martes por la tarde, el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, José Medina Mora, emitió un comunicado institucional llamando a los diputados a cuidar la independencia del INE a la hora de elegir a su nuevo presidente o su nueva presidenta.
Por consenso. Y, apenas ayer, el primer presidente del Consejo de aquel IFE autónomo, el que condujo el limpio proceso electoral que marcó la transición a la alternancia de partidos en el poder presidencial, llamó también a los diputados a realizar esa elección con el consenso de todas las fuerzas políticas, como ha ocurrido todas las veces que se ha logrado la renovación del Consejo del INE, y de su presidente en la estabilidad y el acuerdo a la hora de conducir y concluir los resultados de tres elecciones presidenciales con alternancia de partidos. Woldenberg llamó incluso a un gran acuerdo político nacional para reforzar, dijo -restaurar, digo- la confianza perdida en el Instituto bajo la imposición, sin intentar siquiera el acuerdo, de una presidenta de la que ahora el régimen pretende deslindarse.
A pique. Nada bueno augura, en ese sentido, la primera respuesta, ayer mismo, de la presidenta, al líder empresarial que demandó independencia para el INE. Calificó de “democracia de élite” la de quienes se sienten “dueños de la democracia” ¡por defender la autonomía del árbitro electoral! “Queremos, dijo en la mañanera, un Instituto Nacional Electoral que responda a la voluntad del pueblo (¿o sea?) a la verdadera democracia, (cualquier cosa que eso signifique) no a la democracia de la élite”: Mala señal de una aparente decisión suprema de echarlo a pique como cascarón roído, plagado de alimañas, a ser redimido bajo la tutela presidencial.
En ruta. Así, el Instituto Nacional Electoral parece puesto en ruta de una previsible, calculada -por Palacio- agudización del desastre dejado por Taddei y su banda. Una degradación que -si así conviene, ante intenciones de voto anti-régimen- podría incluir algún tipo de naufragio del actual proceso de renovación de la Cámara de Diputados y de 17 gobiernos estatales, entre otras elecciones. Naufragio del proceso y del órgano electoral, como entidad (todavía) formalmente autónoma.
Culpable autonomía. Como es costumbre, ese naufragio sería atribuido por el régimen al pasado autónomo de la institución, en armonía con el designio expreso de AMLO de reconcentrar las funciones electorales en Palacio.