Resulta curioso comenzar por hacernos una pregunta que debiera ser inútil para cualquier guanajuatense. Se supone que todos sabemos qué define el territorio en donde vivimos, nos desarrollamos y donde, muy seguramente, nuestros restos acaben en alguna urna o panteón. Pero para aquellos que no tengan claro este concepto, vale la pena darle una repasada y una repensada.

La etimología de Guanajuato, de origen purépecha, significa “Lugar de los cerros de ranas”. Quizás se deba a esas siluetas rocosas que, entre las cañadas, perfilaban formas de batracios; divinidades relacionadas con el agua y la fertilidad en el mundo prehispánico. Es una zona de agrestes montañas y cañadas profundas que comenzó a poblarse formalmente en 1554.

Exactamente 27 años después de la caída del reino mexica, los primeros españoles se lanzaron a explorar el vasto territorio de la Nueva España. Con el antecedente del descubrimiento de vetas de plata en Zacatecas (1546), los cerros de nuestra región iniciaron su propia producción minera.

El despertar de un gigante

Durante más de dos siglos, la minería sostuvo un asentamiento que crecía lentamente, disperso entre los cerros y dependiente de minas como San Bernabé, Cata, Rayas o Mellado. Sin embargo, la transformación radical ocurrió en el siglo XVIII, al conglomerar a 40 mil “almas de comunión” alrededor de sus minas y haciendas de beneficio. Fue entonces, en 1741, cuando el rey Felipe V otorgó el título de ciudad a la entonces “Villa de Santa Fe y Real de Minas de Guanajuato”.

La ciudad aceleró su paso, pero el cambio fenomenal se produjo por el tesón de un penjamense: el Conde de Valenciana. Antonio Obregón y Alcocer convirtió a La Valenciana en un prodigio técnico, construyendo un tiro de 515 metros de profundidad —dos veces la altura de la Torre Eiffel— revestido de piedra para evitar derrumbes. Su construcción fue un desafío a los límites tecnológicos de la época; su malacate combinado requería de cientos de mulas para ser accionado.

Eje del mundo

En la profundidad se tocó la Veta Madre, con una anchura de hasta 30 metros de mineral casi puro. La producción de plata fue tan descomunal que inundó el mercado mundial. De hecho, su sola aportación al Quinto Real sostenía gran parte de los gastos administrativos de todo el Imperio Español. La bonanza guanajuatense convirtió a la Nueva España en el eje global, exportando plata hasta China mediante el Galeón de Manila.

La ciudad se afincó, como un milagro, en un hueco entre cañadas. Es única en el mundo. Esos ríos de plata construyeron palacetes, edificios administrativos y la edificación no religiosa más grande de América: la Alhóndiga de Granaditas.

A fines del siglo XVIII, el Bajío era la región más próspera del planeta. Con más de 65 mil habitantes, Guanajuato era la cuarta ciudad más poblada del continente, solo detrás de la Ciudad de México, Salvador de Bahía y Filadelfia. La Intendencia —que abarcaba ciudades en expansión como León, Celaya, San Miguel el Grande y San Luis de la Paz— contaba con cerca de 400 mil habitantes. Esta pujante comunidad dejó asombrados a visitantes extranjeros, especialmente al Barón de Humboldt.

Nuestra identidad

Tras la Independencia y la caída de Agustín de Iturbide, se estableció el federalismo. En la Constitución de 1824, se reconoció formalmente a toda esta región influenciada por la ciudad minera como el Estado de Guanajuato. Eso somos.Reflexión final: La ciudad de Guanajuato le ha dado nombre y prestigio mundial a México. Por su historia y su grandeza, merece mejores gobiernos y no este mal trato que actualmente padece.

450 Historias de León

Acompáñanos en un recorrido por la historia de León. Recibe en tu correo relatos sobre personajes, barrios, tradiciones y momentos clave, que celebran la identidad leonesa, en el marco de los 450 años de nuestra ciudad.