Las columnas marcan el compás de la ciudad”. 
Alejo Carpentier

La Habana era una capital que combinaba la arquitectura española de Madrid con la de Sevilla o de Cádiz. Tenía simetría en sus portales, como la de la rue de Rivoli en París. Tenía miles de columnas que recibían arcos de medio punto; las tenía en los portales, en el interior de las casas; las tenía como cadencia urbana.

El novelista de la música, la arquitectura y el tiempo, Alejo Carpentier, la describe como una joya del Caribe donde la mezcla de lo español, lo francés y lo caribeño la hacía única para caminar entre sus calles sombreadas.  La gente vivía y convivía en los portales donde los comerciantes exhibían las últimas novedades de todo en los años 50. Era el lugar preferido de los jugadores de dominó y de quienes disfrutaban de un café bien cargado en sus pasajes. 

Todo se acabó. Las mansiones y los edificios del centro de La Habana, del Malecón al mar, cambiaron de dueño tras la Revolución. Los comunistas decidieron expropiar todo y en las casonas metieron de 5 a 10 o más familias, una por habitación. Las puertas y ventanas se abrieron de par en par; los colores del interior, antes crema o pastel, cambiaron a chillones rojos, morados y violetas: manifestaciones de los nuevos inquilinos. Desde fuera se veían las hamacas colgadas de pared a pared. Cuando los vidrios de las ventanas se rompían, no había más sustituto que los plásticos opacos. Llegó la gente del campo y sus costumbres al centro de las ciudades, sin siquiera decirles cómo convivir. 

Las calles de una ciudad antes impecable comenzaron a acumular placas negras de mugre. Faltaba detergente, decían los locales. Había otras prioridades como educar e invertir en salud pública, antes que proteger el recuerdo de la burguesía derrotada. El tiempo hizo el resto: los muros sin pintar permitieron el deterioro del estuco; los techos sin impermeabilizar dejaron que la humedad salina entrara en maderas y aceros, en morteros de décadas o de siglos. Lo mismo pasó en los portales que daban vida y sombra a los habaneros. También el deterioro afectó Matanzas, Santiago y todas las zonas urbanas con construcciones clásicas. 

Hoy la gente camina por el centro de las avenidas porque los derrumbes han provocado accidentes y muertes. No son suficientes ni los polines que apuntalan ni las cimbras improvisadas. Desde los techos se ven calles enteras en ruinas, como si una guerra hubiera pasado por allí. Sí, fueron la guerra del tiempo y la de la razón las que, al final, derrotaron a la dictadura comunista y al comunitarismo urbano. Lo que era de todos no fue de nadie, ni siquiera del Partido Comunista ni de los Comités de la Defensa de la Revolución. 

El pretexto del fracaso , decían, era por culpa del “imperio” y de su bloqueo, algo que en realidad nunca existió hasta que llegó Donald Trump y lo ejecutó con el petróleo. La pregunta sobre cuánto resistirá la población ante el desastre de 18 horas de apagón, la falta de alimentos, agua y transporte llega con una semana de manifestaciones. La más grave: el incendio de la sede del Partido Comunista en Morón. 

Miguel Díaz-Canel sabe que su régimen está en las últimas, que la caída comunista es inminente cuando no puedan detener a miles o a cientos de miles de ciudadanos extenuados y con la única esperanza de que la pesadilla termine. (Continuará)

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