Ya tiene Nuevo León el beneficio de las copiosas lluvias que ha recibido desde el miércoles de la semana pasada.

Las presas y acuíferos se han recuperado, disipada está -afortunadamente- la angustia de una sequía prolongada en ese Estado que agotara las fuentes de suministro de agua, tanto la necesaria para la vida de la población como la requerida para continuar en ascenso su industriosidad.

Lamentablemente, las grandes cantidades de lluvia recibidas tanto en el área metropolitana como en todo el Estado dejaron a su paso daños cuantiosos a la infraestructura. Por lo pronto, parte de la vialidad metropolitana tendrá que ser reconstruida, como ha sucedido en el pasado con el paso de otros meteoros por el Estado, como “Gilberto” o “Alex”.

Mas no sólo eso, sino reconstruida con urgencia, pues de lo contrario un estrangulamiento prolongado de la circulación coloca en riesgo la actividad económica de la región, intensificando los problemas para la productividad de la población, misma que es la que mantiene su nivel de vida, el cual -se pretende y se trabaja con ahínco para tornarlo realidad- viene con una tendencia ascendiente.

Ahora bien, por lo que se observa, reconstruir la infraestructura afectada por las intensas lluvias es una tarea que requerirá recursos y que exige la cooperación. Ésta no sólo entre Gobierno y gobernados, sino entre los tres niveles de Gobierno estatales, a los cuales se deben sumar los esfuerzos de la iniciativa privada local.

Este fenómeno tiene precedente, se dio en forma notable durante el polémico Gobierno de Rodrigo Medina y cuando menos en este rubro logró para la ciudadanía buenos resultados.

Crucial, por lo tanto, se torna una coordinación ejemplar, que tiene que ser liderada por el Gobierno estatal, es decir, por el Gobernador Samuel García, junto con los alcaldes de todas las denominaciones y el Congreso nuevoleonés, y sumando a este bloque la colaboración del empresariado local, que siempre -debe decirse- se ha mostrado solidario.

No puede concebirse, por ejemplo, una reconstrucción, onerosa por sus alcances, si no existe un presupuesto estatal actualizado y consensuado. Para lograr lo anterior -y por el bien de Nuevo León- necesariamente deben dejarse atrás antagonismos y resentimientos políticos.

Mismos que han impedido regularizar los gastos del Estado, que aún le debe dinero a los municipios, empleando un presupuesto antiguo, lo cual se presta a muchas irregularidades, pero sobre todo, a un empleo caprichoso de los ingresos estatales, pues no se cuenta con la debida y legítima intervención del Congreso local.

Esto es algo que la ciudadanía exige con toda razón, pues el interés social toma primacía sobre los insignificantes intereses partidistas y personales de los principales actores políticos en el Estado.

Los destrozos que dejó “Alberto” en Nuevo León no tienen partidismo alguno, por lo que las inversiones requeridas deben realizarse tomando en cuenta a los ciudadanos y no a quienes gobiernan a nivel municipal.

Si acaso continúan estos pleitos políticos, resultará casi imposible lograr buenos resultados, eficientes y expeditos, en la reconstrucción de la zona metropolitana y de muchos municipios rurales que han perdido infraestructura necesaria para su supervivencia.

Igualmente, si no se logra la unidad en los tres niveles de Gobierno se torna extremadamente difícil -por no decir imposible- sumar de manera eficiente el apoyo solidario de la iniciativa privada estatal. Si los niveles de Gobierno están divididos y en posiciones antagónicas, ¿cómo canalizan su ayuda?

Entre muchas otras cosas que se requieren, incluso antes de iniciar la reconstrucción, está fijar prioridades: ¿cómo y por dónde iniciar la reconstrucción?

Resultaría sumamente ineficiente que cada quien por su lado arrancara -cada quien en su esferita- labores sin que exista la debida coordinación. Coordinación es sinónimo de sinergia, la cual se requiere -como nunca- en labores tan cruciales como la reconstrucción de la zona metropolitana y el resto de Nuevo León.

Es, pues, la hora de sumar esfuerzos, de unir fuerzas y habilidades para poner de pie la productividad de lo que es el motor industrial de México.

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