Un pasajero que esperaba abordar su vuelo en el aeropuerto de la CDMX terminó de leer El Financiero, y sin conocerlo, se acercó y dijo: “ya lo leí”. Luego me entregó el ejemplar. La serendipia* tiene caminos desconocidos.
En la portada del periódico venía una encuesta que responde a muchas de las inquietudes que por muchos meses hemos discutido entre amigos y familiares: ¿desgastan o no al presidente López Obrador las dificultades que hemos vivido y los escándalos de sus funcionarios y familiares?
La teoría del “teflón” era la más socorrida hasta el lunes entre analistas de café: “A López Obrador le hace lo que el viento a Juárez la crítica de los medios y tampoco le pegan las redes sociales porque su base de seguidores es muy amplia y él es muy popular”. A diferencia de ellos siempre pensé que al paso del tiempo gobernar desgasta. Lo sorprendente fueron los números publicados por El Financiero.
De noviembre a la fecha, la percepción de honestidad del Presidente bajó de 64% a 45%; la calificación de su liderazgo se redujo de 61% a 46%; hace 3 meses el 52% de los encuestados consideraban que tenía capacidad de dar resultados, ahora sólo el 37% piensa que tiene ese atributo. El martes pasado El Financiero publicó un resultado dramático de su caída de aprobación general desde el 67% a final de año al 54% en febrero. En dos meses bajó 12 puntos, equivalente al 20% de la gente que lo aprobaba.
En las redes sociales y en Whatsapp circulan una infinidad de encuestas patito o de compañías desconocidas. Siempre las vemos como propaganda política pagada. Nunca las tomamos en cuenta. En cambio, uno de los encuestadores más confiables de los medios es Alejandro Moreno, profesor del Departamento de Ciencia Política del ITAM y vicepresidente de la World Values Survey Association. Actualmente es Consultor/Director de Encuestas y Estudios de Opinión de El Financiero. El resultado de los sondeos que ha realizado en las pasadas elecciones es el más aproximado a la votación. Por eso llamó la atención el desplome tan vertiginoso de la popularidad del Presidente. No hay truco.
Seguro que lo afectó la publicación de la Casa Gris de su hijo José Ramón López Beltrán en Houston. También el efecto que ha tenido la inflación y la pandemia en los hogares y las empresas. Es costumbre de los presidentes ordenar sondeos casi a diario sobre temas que afectan a la opinión pública como la seguridad, la economía, la salud y su popularidad. En el hipermediático López Obrador, son el mapa y las herramientas con el que se guían las mañaneras para dar respuesta a las críticas. Tan es así que la respuesta -durante semanas- a Loret fueron el intento de desacreditar al periodista por el nivel de sus ingresos. Por lo visto no funcionó.
Jesús Ramírez, jefe de Comunicación Social, tiene en su escritorio el pulso de la opinión pública antes que nadie. Cuando nos enteramos de encuestas como las de El Financiero es que en Palacio ya tenían resultados que orientan los temas de la mañanera, para bien o para mal. No pueden engañarse.
La respuesta a las denuncias periodísticas de Carlos Loret de Mola y la beligerancia de muchos comunicadores en las redes sociales y en la radio como Chumel Torres, Ricardo Rocha, Carlos Alazraki o Carmen Aristegui, erosionan la confianza en el gobernante. También el ataque constante a periodistas y medios en la época más violenta para ejercer la profesión.