Nadie critica la intención de que en México haya más inversión: se requiere con carácter urgente para que nuestra economía pueda crecer. Lo único que advertiríamos es que los resultados no se logran a partir de buenos deseos y graciosas concesiones de nuestros gobernantes. Los resultados no se alcanzan con dichos, sino con hechos.
Como ustedes ya saben, estimados lectores, el Secretario de Hacienda presentó un plan de inversión conjunta de grandes dimensiones. Ayer mismo, la Presidenta afirmó, al invitar a los empresarios a invertir, que en México “hay certidumbre”.
Salta inmediatamente la interrogante: ¿la hay porque la Presidenta lo dice o porque en los hechos existe? Probablemente -otorgándole el beneficio de la miopía del poder- ella así lo crea. Sin embargo, el planteamiento del Secretario de Hacienda presenta varios bemoles, no siendo el menor de ellos el hecho de que la invitación a arriesgar capital privado es para convertirse en socio minoritario del Gobierno.
El mismo Gobierno que eligió una Suprema Corte de allegados mediante acordeones; que quiere la mayoría en todos los proyectos, es decir, la voz cantante; que no puede domar la inseguridad y la violencia; que ejerce un poder totalitario en los tres poderes de la Unión, que debiendo ser independientes ya no lo son.
Hablamos de un Gobierno enamorado de Cuba, que practica ideas totalitarias de la izquierda trasnochada; que, habiendo firmado un Tratado internacional de comercio libre, lo ha violado a su antojo; que no cree en la libertad de emprender; que considera las utilidades como pecado capital; que opera dos monopolios clave para la industrialización del País, como son la electricidad y el combustible, y que durante los últimos siete años ha tratado como delincuentes y ha denostado, desde la institución presidencial y en lo personal, a destacados capitanes de la industria y el comercio.
Además, recurre al terrorismo fiscal y considera a sus causantes culpables hasta que prueben su inocencia en los tribunales que ellos controlan, ante los jueces que ellos eligieron vía acordeón. ¿Con ese Gobierno pretenden que se asocien los grandes capitales nacionales y extranjeros? No faltará quien diga: ¡gracias, pero no gracias!
Ahora bien, como nunca falta que haya quien le entre de socio gubernamental, sobra quien vea en los negocios con el Gobierno la oportunidad de aprovechar ciertas características que adornan a los Gobiernos en México -incluyendo éste-, como, por ejemplo, la corrupción. Ejemplo extremo: ¡si es para huachicolear fiscalmente, no le faltarán adeptos factureros al Plan de Inversión!
Para jalar capitales, para atraer inversión seria, limpia, fija y productiva, lo que se requiere es crear las condiciones propicias: un entorno que sea amigable a la inversión y al emprendedurismo. Transparencia, reglas claras, confiables, pero sobre todo, sin límites ni restricciones, menos aún en forzadas relaciones con el Gobierno… ¡y en minoría!
Se pasan de listos -o creen tontos a los inversionistas- si piensan los cuatroteros que el capital privado será encaminado para suplir la falta de capacidad económica del Gobierno, el cual, al no saber administrar bien los dineros públicos, opera con faltantes que pretende que sean repuestos por incautos. Sepan, damas y caballeros cuatroteros, que el dinero tiene alas poderosas que lo pueden llevar a cualquier rincón del mundo.
México cuenta con empresarios e inversionistas de clase mundial, quienes pondrán a trabajar su dinero en la parte del mundo más propicia para su multiplicación, o sea, donde mejores condiciones reales, con certidumbre y confiabilidad, encuentren. En pocas palabras, el Gobierno -quizá sin darse cuenta- compite globalmente contra las oportunidades de inversión que gozan de mayor crecimiento económico que México.
No se pueden dar el lujo de hacer un “llamado” a la inversión, pero condicionado, restringido, cuando compiten contra países que gozan no sólo de economías megadesarrolladas, sino que cuentan con certeza, confianza, reglas claras, tasas impositivas razonables y una actitud oficial amistosa hacia el emprendedurismo.
Qué bueno que haya “un” plan, pero al que presentaron Le falta, y no poco, para alcanzar la meta propuesta. No basta el dicho: hacen falta los hechos, muchos y concretos, tangibles hechos.