La relación entre México y Estados Unidos nunca ha sido sencilla. Desde la pérdida de más de la mitad del territorio nacional en el siglo XIX, pasando por las invasiones militares, las presiones petroleras, las disputas migratorias y el combate al narcotráfico, la convivencia con el vecino más poderoso del planeta ha oscilado entre la cooperación obligada y la desconfianza histórica. La geografía condenó a México a convivir con una potencia expansiva; la historia convirtió esa vecindad en una relación cargada de asimetrías, recelos y amenazas.

Cuando el miércoles 29 de abril se conoció que el Departamento de Justicia de Estados Unidos había solicitado la detención con fines de extradición por presuntas relaciones con el crimen organizado de diez funcionarios y exfuncionarios del Gobierno de Sinaloa, encabezados por Rubén Rocha Moya, se eclipsó la relación entre los gobiernos de Donald Trump y Claudia Sheinbaum. Más allá de la dimensión jurídica del caso, el mensaje político fue demoledor: Washington estaba dispuesto a cruzar una línea roja que toca el corazón mismo de la soberanía mexicana.

Fue también una seria advertencia, porque pocas cosas resultan tan delicadas para un Estado como la sospecha de que estructuras gubernamentales locales puedan haber sido infiltradas por el crimen organizado. Así, el expediente Sinaloa dejó de ser solo un caso judicial para convertirse en un instrumento político radioactivo.

México conoce bien ese tipo de presiones. Durante décadas, la relación bilateral ha estado marcada por una paradoja: cooperación y humillación recurrente. La economía mexicana depende profundamente del mercado estadounidense; millones de empleos, exportaciones e inversiones están vinculados al T-MEC. Pero, al mismo tiempo, buena parte del nacionalismo mexicano se ha construido precisamente en oposición al intervencionismo norteamericano.

El exembajador estadounidense en México, Jeffrey Davidow, intentó explicar esa compleja relación en su libro “El oso y el puercoespín”. La metáfora es brillante. Estados Unidos es el oso: enorme, poderoso, inevitable. México es el puercoespín: más pequeño, defensivo, lleno de púas que pueden causar dolor para evitar ser aplastado. El problema es que ambos están condenados a convivir en el mismo espacio geopolítico.

Esa tensión ha atravesado prácticamente toda la historia moderna mexicana. En 1847, tropas estadounidenses ocuparon la capital del país. A principios del siglo XX, Washington intervino en Veracruz y persiguió a Pancho Villa en México.  Durante la Guerra Fría, la cooperación en materia de inteligencia convivió con profundas sospechas mutuas. Incluso el nacionalismo revolucionario mexicano, tan celoso del principio de no intervención, con Echeverría terminó desmantelando a la KGB en México.

Pero la lucha contra el narcotráfico agravó más esa relación. Estados Unidos exige resultados, extradiciones y control territorial; México reclama respeto a su soberanía y cuestiona su creciente consumo de drogas, el tráfico de armas  y reclama reciprocidad en las extradiciones… Pero la realidad demuestra que ambos países quedaron atrapados en una guerra compartida donde ninguno puede desligarse del otro.

Por eso el caso Rocha Moya posee implicaciones mucho más profundas que las de un simple expediente judicial. Si Washington decide avanzar públicamente contra figuras cercanas al poder político mexicano, la relación bilateral podría entrar en una fase de tensión inédita. La Presidenta ha cabeceado bien los embates, pero enfrenta un dilema: resistir y defender soberanía o acabar con el mito nacionalista mexicano para siempre.

El problema es que la soberanía suele tener límites cuando existe una dependencia económica tan profunda con el vecino. Ningún presidente mexicano puede ignorar el peso del país más poderoso del mundo y menos aún con un personaje como Trump, cuya visión del mundo no se basa en la diplomacia, sino en la fuerza y la imposición agresiva.

Sin embargo, la herida histórica permanece abierta. En México, en el imaginario colectivo persiste la sensación de que Estados Unidos no solamente es un aliado indispensable, sino que dormimos al lado de un elefante que nos puede aplastar. Una potencia arbitraria que no pide permiso. Con Trump, la vecindad entre gobiernos será distante, aunque seamos pueblos vecinos…

Quizá por eso la metáfora del embajador Davidow sigue vigente. El oso y el puercoespín continúan compartiendo territorio, intereses y desconfianzas. Ninguno puede alejarse demasiado del otro. Pero tampoco pueden abrazarse sin lastimarse, porque el oso aprieta y asfixia y el puercoespín espina.

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