A Sheinbaum y a Morena les encanta presumir que sus presupuestos son responsables y que promueven bienestar y desarrollo.
Todos felices y contentos.
Un cuento muy agradable.
Miento, sobran dos palabras: un cuento.
Una fantasía mentirosa, porque las cuentas alegres de Morena se enfrentan a una dura y triste realidad.
México va hacia un despeñadero fiscal.
A las pruebas me remito.
Antes que nada, el gasto público ha crecido como si tuviéramos recursos ilimitados. Se ha duplicado en términos nominales (alza de 100.8%) entre el 2018 (el último presupuesto de Peña) y el 2027.
Considera que la inflación acumulada entre enero de 2019 y diciembre de 2027 sería de alrededor de 49%.
Es decir, el gasto ha crecido 35% en términos reales.
¿Buena noticia? Depende.
Depende qué tan “cercado”, qué tan limitado esté el gasto público. Y, por supuesto, depende de qué tan bien se gaste.
Respecto a los grados de libertad del gasto, cada vez son menores.
Imagina, la suma del costo financiero de la deuda y pensiones pasó de representar 28% del total gastado en 2018 a… ¡38% para el 2027! Una modesta alza del 36%.
Así, el costo de la deuda crecerá 143% en el periodo. En las pensiones, habría que dividirlas en dos. Las llamadas “contributivas” (asociadas al retiro de un trabajador) subirán 132%, pero las “no contributivas”, los apoyos del bienestar, se multiplicaron… ¡por 16!
De una vez aclaro, los apoyos no son malos, pero deberían ser temporales y no prestaciones constitucionales. Temporales, porque un gobierno que realmente desee que el pueblo progrese debe aspirar a que en el mediano plazo los apoyos no se requieran.
Que no se requieran porque el país crece y hay mejores empleos. Que no se requieran porque el sistema educativo prepara a los chavos para competir y triunfar en el mundo real (relee “Burrificar a los chavos”).
Pasemos al segundo “depende”.
La 4T gasta muuuy mal.
Primero que nada, apenas 11% del presupuesto se destina a inversión pública. Es muy poquito y al meterle la lupa a esta inversión, dan ganas de llorar.
13% de esa inversión, por ejemplo, va a trenes, proyectos que requerirán subsidios permanentes, como el Tren Maya (tiene 18,180 millones asignados para 2027). Los trenes de pasajeros fueron desplazados como medio masivo de transporte hace décadas por autobuses y líneas aéreas de bajo costo (relee “Los trenes de Claudia”).
Y que no se me olvide, 30% de esa inversión pública va a Pemex (sumando inversión y “apoyos”). Esa “inversión” no se nota, porque la paraestatal está gorda y arrastra a la deuda de México a perder el grado de inversión (relee “Producir basura”).
Ante esta situación, el gobierno exprime cada vez más a los causantes cautivos, al 45% que pagamos impuestos.
Esto tiene límites y eventualmente vendrá otra “reforma fiscal” para cobrar más a los de siempre. Esto es matemático, es inevitable.
Error, por ahí no es.
Presidenta, aquí le van un par de mejores alternativas.
Primera, incorporar a más informales a la base gravable. El promedio de informalidad en la OCDE es de 10%. Digamos que en 20 años México llega al 20%. Considerando que la economía informal representaría el 25% del PIB, un cálculo de servilleta indica que si 80% fuera formal, el ISR programado para 2027 crecería 21%, unos 697,000 millones de pesos, una cifra mayor a lo que se proyecta gastar en las secretarías de educación y salud el próximo año.
Nada mal.
Y, segunda, doctora, se equivoca rotundamente: México requiere crecer más.
Imagine que México crezca al 3% anual en lugar del 1% por 15 años seguidos. ¿Sabe cuánto sería mayor la economía? ¡34%! Aplicados a los impuestos a recaudar en 2027, esta segunda economía que sí crece aportaría 2.1 billones de pesos más en ISR, IVA y IEPS.
¡2.1 billones! 20% más del gasto público total de 2027.
Presidenta, ¿quiere evitar el precipicio?
Gasten mejor, bajen la informalidad y, sobre todo, abandonen tantas y tantas políticas que abonan a que México no crezca.
La alternativa es el despeñadero fiscal.
Es cuestión de tiempo.
Tic toc, tic toc, tic toc…
En pocas palabras…
“Si pones al gobierno a cargo del Sahara, se les acaba la arena”.
Milton Friedman, economista estadounidense.
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