“¡Mi marido!” -exclamó sobresaltada la infidelísima mujer-. Y añadió dirigiéndose a su amante: “¡Rápido! ¡Coge tu ropa y salta por la ventana!”. Opuso el follador lleno de alarma: “Pero estamos en el piso 13”. “Tú salta -repitió la pecatriz, imperativa-. No es momento éste para andar con supersticiones”. El chef de los antropófagos se llegó al perol donde se cocía a fuego lento el explorador. Traía consigo una canasta llena de cebollas, tomates, repollos, pepinos, chayotes y otros diversos vegetales. Le pidió con mucha cortesía al infeliz explorador: “Voltéese por favor, señor Burtonio. La receta dice que las verduras no son para el caldo, sino para el relleno”. Es cierto. No lo voy a desnegar, como en el rancho del Potrero dicen. El PRI fue una dictadura. Pero fue una dictadura benévola. Claro, hacía a un lado su benevolencia cuando sentía una amenaza, como en el 68 y el 71. Pero de ordinario buscaba el bien general, aunque fuera después de que sus capitostes se aseguraban el bien particular. Así, pusieron a México en el concierto de las naciones civilizadas; le dieron prestigio en el ámbito internacional. En lo interior fomentaron el progreso del país. Le dieron una amplia red de carreteras y ferrocarriles; procuraron la alfabetización en las ciudades y en el campo; la electricidad llegó a los más apartados rincones del territorio nacional. En el renglón de la salud el IMSS, el ISSSTE y el Seguro Popular atendieron con apreciable eficacia a la población rural y urbana. La absurdamente llamada Cuarta Transformación, que equiparaba, y sigue equiparando, a López Obrador con Hidalgo, Juárez y Madero, destruyó ese sistema de salud pública mientras el cacique proclamaba que íbamos a tener un servicio hospitalario mejor que el de Dinamarca, y hacía frente a la epidemia de Covid con una estampita del Sagrado Corazón, desplante de arrogancia y autosuficiencia que no llegó a tener Idi Amin Dada en sus más extremados delirios de grandeza. Pero la realidad tiene el defecto de ser siempre demasiado real. Los hechos son muy tercos. Ahora estamos viendo los efectos de esa política de ocultamientos, mentiras y -ahora lo sabemos- rampante corrupción. En varias ciudades del país los médicos y enfermeras del Seguro han salido a la calle a protestar por la falta de medicamentos y equipo necesario para la debida atención de los pacientes. Una enfermera declaró que en algunos casos ellos mismos deben aportar los insumos necesarios, pagándolos de su bolsillo, a fin de por lo menos aliviar el dolor de los enfermos. Los bajos salarios de los trabajadores son otro motivo de inconformidad, y el magro aumento pactado con el patrón por el dirigente sindical ha provocado igualmente la inconformidad del gremio. Tal parece que en el renglón de la salud, al igual que en otros muchos, estábamos mejor cuando estábamos peor. Como la sardina del dicho popular, caímos de la sartén al fuego. Para colmo las arcas del erario están sin pesos por el peso de las cuantiosas dádivas que a la manera de los césares romanos inventó AMLO para formar su clientela electoral y ganar popularidad, y perpetuidad, para los gobiernos de su maximato. Nueva dictadura es ésta, pero carente de los recursos que se requieren para ser benévola. Lo demuestra la caótica situación del IMSS. Ante el actual estado de cosas no faltará quien diga, con un suspiro pesaroso, que todo tiempo pasado fue mejor. La mamá de Susiflor regañó a su hija por la premura que mostraba. Le dijo: “No está bien que llegues a la cita antes que tu novio”. “¿Por qué no, mami? -replicó Susiflor-. A él le encanta que le tome la delantera”. FIN.
Mirador
La gente común -casi toda la gente es gente común- no se acerca al bosque llamado el Bosque Negro. Se dice que en él hay un ave cuyo canto hace que muera quien lo escucha.
Nadie ha comprobado la conseja. Todos aplican el refrán que dice; “Entre si es o no es, un mes”. Ese proverbio enseña a ponderar detenidamente una cuestión antes de decidir sobre ella.
Me pregunto si será posible entrar al bosque llevando tapones en los oídos para no oír el trino mortal. Desde luego yo no estoy dispuesto a hacer el experimento. Me lo impide el instinto de conservación, gran inspirador de precauciones y prudencias. Que otro sea quien haga esa prueba, y que me cuente luego lo que vio, si es que vive para contarlo.
Mientras tanto, hay algo que me causa al mismo tiempo tristeza e inquietud. A la entrada del bosque hay una larga fila de hombres y mujeres que desean entrar a él.
¡Hasta mañana!…
Manganitas
“. Un hombre pesa 300 kilos.”
Alguien lo toma a relajo,
y comenta que en la cama
la esposa siempre reclama
que ella arriba y él abajo.