Ni siquiera podemos imaginarlo. Dentro de tres años, o menos, nos invadirán agentes de inteligencia artificial con una capacidad científica comparable a la de los egresados de posdoctorado de las mejores universidades. No serán mil ni cien mil; podrían ser millones. Todos trabajarán las 24 horas del día para atender nuestras peticiones, desde una consulta médica hasta el diseño de cualquier objeto o artefacto. Algunos con especialidad en psicoterapia escucharán nuestros problemas a través de la personificación de un avatar, al igual que lo haría el mejor psiquiatra o psicólogo humano. Tendrán todas las conversaciones grabadas y podrán echar mano de todas las experiencias que les transmitamos, algo que ningún ser humano puede hacer.
Habrá polimatas que comprendan cualquier tema científico, literario o técnico. Serán los modernos Leonardo da Vinci: entes capaces de crecer y mejorar sus capacidades. Ellos mismos plantearán la mayoría de las soluciones a los problemas que hoy nos parecen lejanos, como la fusión nuclear para producir energía inagotable, los superconductores a temperatura ambiente o el tratamiento de enfermedades que hoy nos agobian, como el cáncer, la malaria o el Alzheimer.
El investigador Ethan Mollick y el visionario de la inteligencia artificial, Ray Kurzweil, coinciden en algo que sus números revelan y que pocos comprendemos: la IA crece exponencialmente: 2, 4, 8, 16, 32… Eso creará problemas que en México debemos considerar para el futuro inmediato del empleo. Supongamos que en 2030 llegan miles de robotaxis; el gobierno puede frenar su adopción para evitar el desempleo de decenas de miles de taxistas. Lo que no podría impedir es el uso comunitario de vehículos autónomos que grupos de ciudadanos compartan para reducir el costo de tener su auto estacionado la mayor parte del día. Cualquiera podrá enviar su auto a “ruletear” entre amigos mientras realiza trabajo de oficina.
Tampoco puede el gobierno impedir que las empresas privadas con grandes nóminas, como la banca, reemplacen a sus contadores, cajeros y trabajadores administrativos por bots. Daré un ejemplo actual, algo que sucede casi silenciosamente. Los “call centers” empleaban a miles de personas para campañas de mercadotecnia. Últimamente llaman bots. Desde hace algunas semanas escucho voces moduladas que imitan bastante bien a los agentes que venden tarjetas de crédito. Al contestar de inmediato, le pido al agente que se identifique como bot. Primero, dice llamarse Susana X o cualquier nombre, dice que es una asistente virtual (bot). Cuelgo.
A ojo de pájaro puedo adivinar que los “centros de atención” desplazan a miles de trabajadores. Son la punta de lanza de lo que vendrá. El gobierno no puede prohibir que sean bots quienes realicen llamadas día y noche. Las razones más simples son la competencia y la productividad. Un bot puede hablar tantas veces como se le indique, sin horario, sin tener que salir a comer ni distraerse por el cansancio. No he tenido la paciencia para seguir sus indicaciones para obtener la app del banco o de la empresa de tarjetas de crédito a la que pertenecen, pero pienso que si utilizan bots es porque les resulta rentable.
Todos los oficios serán puestos a prueba. Tendremos que interrogar a la propia superinteligencia sobre cómo resolver el problema humano de la desocupación y sus consecuencias sociales. Nos esperan tiempos de maravillosa creación y descubrimientos, pero también el reto de una velocidad de vértigo en el cambio. Mientras tanto, la 4T sigue en Babia. (Recomiendo ver en Youtube, Ray Kurzweil avatar).