Hagan de cuenta, estimados amigos, que a nuestro Peso, moneda que se había sostenido fuerte frente al dólar, el Banco de México y los elementos morenistas dentro de su Junta de Gobierno le acaban de propinar un descontón que pudiera culminar con un nocaut fulminante a nuestra economía. La decisión inexplicable que tomó el jueves Banxico de reducir la tasa de interés de referencia -cuando la expectativa era mínimo que la mantuviera o incluso subirla moderadamente- conduce a ubicar el rendimiento de nuestra moneda a 225 puntos de distancia del rendimiento del dólar (estrecho margen histórico), conllevando así la consecuencia de una devaluación de nuestra moneda, quizás de un 15 %, como mínimo, lo cual la llevaría -de nuevo- a cerca de 19.50 o 20 por dólar. Espada esta de doble filo, que puede cortar de un lado y del otro, pero espada al fin, pues para donde la agiten implica rodamiento de sangre.
Bajo el pretexto de impulsar el crecimiento económico (lo cual, dicho sea de paso, es un argumento debatible), decidieron los morenxicos crear dos categorías de ciudadanos: 1. Los que exportan y 2. Los que importan y requieren bienes e insumos del exterior (lo que incluye -¡oh, paradoja!- al propio Gobierno), pues importaremos gasolinas más caras, alimentos más caros, granos más caros, servicios más caros y todo lo que entra al País más caro.
Los exportadores recibirán más por sus aguacates, limones, piezas automotrices, etcétera, incrementando sus percepciones en pesos. (Pero en pesos que valdrán menos). Por tanto, se puede decir que la consecuencia de esta medida será generar presiones inflacionarias, que ya de por sí en septiembre rondaban el 3.5 %, o sea, en o arriba de la meta tope fijada por el propio Banxico.
Habrá quien diga que una devaluación hace a México más barato y que esto promoverá el turismo. Sólo que, como ha ilustrado el colapso del turismo en Tulum, hay factores que afectan más: por supuesto, la inseguridad. Si ustedes fuesen turistas extranjeros o nacionales, ¿irían a Mazatlán a meterse en medio de la guerra chapiza/mayiza? ¿O a Cacapulco, donde aparte de la inseguridad arrastramos aún daños de la furia de la naturaleza? ¿Se animarían a ir al Caribe Maya a llenarse los pulmones del “aroma” del sargazo o de las infecciones que genera el roce con él por su descomposición?
Por otra parte, la falta de crecimiento económico en México no tiene todo que ver con un cuarto de punto menos caro el dinero. No crecemos por la actitud antiempresarial de un Gobierno autoritario que ha generado desconfianza e incertidumbre, que ha derrumbado a las instituciones (o la institucionalidad) para establecer un caudillismo que busca imponer al País un socialismo retrógrado, obsoleto e infuncional.
Un cuarto de punto más o menos en la tasa de interés no compensará las diatribas antiempresariales, o el que cada crítica o desacuerdo con las decisiones gubernamentales (como la petición reciente del CCE sobre un INE confiable) se impute a una “conspiración conservadora”. Mientras nos gobierne una versión mexica del Supremo Politburó y sigan convirtiendo a la justicia en arma política, protegiendo a criminales y persiguiendo a inocentes, ¿quién demonios va a querer invertir en México? La tasa de interés, cuarto de punto más o menos, resulta irrelevante.
Las enormes y apestosas flatulencias que se trae la cuatrotería no se arreglan con ajustitos en la política monetaria. ¡No cuando lo que se requiere es un cambio de chip cerebral! Hagan a un lado la política chicharronera, renuncien a la imposición, comiencen a consensar, cesen la guerra a las instituciones ciudadanas, practiquen la orden constitucional de separación e independencia de Poderes, pero sobre todo: ¡ Ya párenle a la satanización del sector civil!
Un mal Gobierno no es solución alguna para un País emproblemado; en cambio, una sociedad libre y pujante, liberada de la opresión burocrática de una casta de resentidos, ¡Ésa sí puede salvar a este País del marasmo de una quiebra económica!