Irapuato, Guanajuato.- El sol comenzaba a ocultarse detrás del Estadio Sergio León Chávez, y antes de que encendieran sus luminarias ya había un brillo distinto: el de la ilusión.
La Trinca Fresera del Irapuato volvía a sentir el cosquilleo de una final de ascenso después de casi 14 años, y esa nostalgia convertida en esperanza se desbordó desde temprano en las calles que rodean el inmueble.
Hasta dos horas antes del inicio del partido familias llegaban completas: niños con banderines, papás enfundados en playeras rojiazules desteñidas por el tiempo, abuelos que caminaban despacio pero firmes, como quienes tienen una cita con su propia historia.
En los puestos, el olor a tacos, hamburguesas y hasta choripanes (una comida Argentina, pero que ha hecho presencia en las inmediaciones del Sergio León Chávez) se mezclaba con el de las banderas nuevas recién impresas.
A un costado, comerciantes ofrecían playeras, bufandas y gorras: el uniforme extra para una noche que parecía prometida desde hace años.

Todo era fiesta, pero también nervios. La Trinca Fresera volvía al escenario grande, y la ciudad lo sabía. Se respiraba en cada porra improvisada, en cada fotografía frente al estadio, en cada abrazo previo a ingresar a las gradas, y que hacía olvidar las desapariciones del club, y su navegar en la Liga Premier (tercera división) de México
Entre los asistentes, Emilio Pichardo sostenía una bandera vieja, la de “las mil batallas”, como la llamó él mismo. La agitaba con la misma energía con la que celebró las glorias del Irapuato décadas atrás.
Yo vengo desde 1978, cada 15 días, y ahora tenemos una alegría nuevamente, después de pasar por mucho, estamos en una final de ascenso, el sitio que la Trinca merece”, señaló el aficionado.

Su emoción era evidente. El estadio, para él, no era solo el recinto del partido: era el lugar donde había crecido como aficionado, donde el fútbol se mezcló con la memoria.
Afición de Jaiba Brava se hace presente en Irapuato
Pero no solo los locales llegaron con emoción. En medio del rojo, un destello celeste destacaba tímidamente. Era Alejandro, un joven que hizo el viaje desde Tampico para acompañar a la Jaiba Brava.
Se reía al contar que era “el único azulito” en esa zona.
Estoy muy bien, no hay maltrato ni nada. Al contrario. Solamente que, pues sí, soy el único azulito aquí y se siente raro, y pues del partido espero que sea un buen partido (…) es bonito que los dos (equipos) volvamos a una final de ascenso.”
La convivencia entre aficiones fluyó sin tensiones: saludos, fotos, comentarios del partido por venir. La expectativa era compartida. Dos equipos históricos, dos ciudades con tradición, dos aficiones hambrientas de regresar a un sitio que sienten suyo.
Entre esa emoción, la avenida Guerrero, y los presentes vibraron, en el momento que el camión con los jugadores Freseros, llegó para este duelo.
Bombas de humo, cantos, banderas fue el recibimiento que hicieron las porras al equipo, que ha vuelto a hacer soñar a todo una afición que aguantó de todo en estos 14 años sin una final en la liga de plata del futbol mexicano.
La final apenas comenzaría, pero para quienes estuvieron afuera del estadio, para los que caminaron entre los puestos y las familias, para los que guardaron una bandera durante décadas, la noche ya era histórica.