Historia 022

Esta es la historia 022 de 450 que te contaremos sobre León

El estruendo de la metralla que retumbó en el corazón de León el 2 de enero de 1946 hizo eco en todo México.

Alrededor de las 9 de la noche el Ejército disparó contra miles de leoneses reunidos en la plaza principal para exigir por segundo día consecutivo que se respetara su voto y al ganador de la elección municipal.

La cifra oficial fue de 27 muertos y más de 300 heridos. Las balas silenciaron ese día a los manifestantes, pero su grito de justicia hizo eco en todo el país.

La prensa de la época fue clave en la exigencia de justicia y en la búsqueda de la verdad.

Medios nacionales como Excélsior, Novedades, La Nación y regionales como El Informador y El Occidental en Jalisco o El Siglo de Torreón y La Opinión en Coahuila dieron cobertura en sus páginas a lo ocurrido en León.

A nivel local los semanarios La Voz de León y Tiempos Nuevos fueron clave para dar a conocer con detalle lo que ocurría en la ciudad.

La represión anunciada

Un día antes de la masacre ya algunos medios nacionales como Excélsior tenían puesta su atención en León.

Su portada del 2 de enero informaba: “Carga a la Bayoneta contra los votantes en León: doce heridos”.

Su nota principal reportaba una agresión militar contra manifestantes leoneses en el Parque Hidalgo inconformes por la imposición del doctor Ignacio Quiroz Ortiz, candidato del Partido Revolucionario de México (PRM, hoy PRI), por parte del entonces gobernador de Guanajuato, Ernesto Hidalgo Ramírez.

El 16 de diciembre de 1945, unas semanas antes, en las elecciones el ganador contundente había sido Carlos A. Obregón, postulado por la Unión Cívica Leonesa (UCL) en alianza con Acción Nacional y con respaldo de la Unión Nacional Sinarquista.

Ignacio Quiroz obtuvo sólo 58 votos contra 22 mil 173 sufragios de su contrincante, Carlos A. Obregón.

Pese al triunfo y la inconformidad de la población, el gobernador de Guanajuato, Ernesto Hidalgo, solicitó la intervención del Ejército para imponer en la Presidencia Municipal a su candidato.

La imposición indignó a la población y desató las protestas; “Indignación General en León; el comercio y la industria cerraron”, consignaba un artículo de Excélsior. Otro acudieron a manifestarse al Parque Hidalgo.

Y ante la orden de disolver las manifestaciones los militares reprimieron violentamente a los leoneses.

La agresión encendió más la exigencia de justicia y los reclamos llegaron hasta la Presidencia de la República.

Cientos de telegramas fueron enviados al mandatario Manuel Ávila Camacho el 1 de enero de 1946 donde denunciaban un ataque del Ejército a la población. La voz de los leoneses no fueron escuchadas.

Noticia de primera plana

Mientras la prensa nacional reportaba en sus portadas el reacomodo de los poderes tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, León se volvió noticia de primera plana.

“El pueblo de León, ametrallado anoche en plena plaza pública”, consignó El Informador de Guadalajara en su primera plana al día siguiente.

“Muchas víctimas en los motines de León” informó el periódico Novedades. “En la plaza de León se disparó durante 5 horas”, publicó El Siglo de Torreón.

El 2 de enero los leoneses amanecieron con el ánimo más encendido. Dueños de fábricas, comercios, oficinas y bancos hicieron un paro como protesta y se organizó desde temprano un mitin en la Plaza Principal para protestar contra la imposición de Quiroz y contra la represión del Ejército.

Como un día antes el Gobernador Hidalgo había solicitado la intervención del Ejército para proteger la Presidencia y a las autoridades impuestas.

La renuncia

Ante la presión Quiroz partió rumbo a Guanajuato Capital para renunciar. Mientras en la plaza los ánimos seguían encendidos y ya se rumoreaba que el presidente impuesto dejaría el cargo.

A las 8:45 de la noche un grupo de jóvenes llevó frente a la Presidencia un ataúd con las iniciales PRM-RIP pintadas en un costado y fingieron lloraban la muerte de la democracia.

Unos minutos después se escuchó un estruendo y las ráfagas de metralla.

Al siguiente día la noticia ya aparecía impresa en diarios del país y sus periodistas ya recorrían la plaza principal, el hospital y las calles de la ciudad reconstruyendo lo ocurrido.

Excélsior publicó en sus páginas fotos dramáticas de las víctimas. “Al amanecer fueron alineados, uno junto al otro, revuelta su sangre de mexicanos asesinados por otros mexicanos. La gente se apiñó para verlos para reconocerlos”, indica el pie de una fotografía capturada por su corresponsal Julio León que mostraba los cuerpos de las víctimas.

Todavía los rostros de estos muertos conservan el dolor, la sorpresa de la agresión”, describía otra imagen.

Una de las imágenes más dramáticas muestra el dolor de un Pedro Ramírez, un padre abrazando el cuerpo de su hija muerta. “…aprieta conta el suyo el cuerpo de su hija, Pilar Ramírez, de tres años de edad, como si con ello quisiera devolverle, darle una vez más la vida”.

“Las ambulancias trabajan incansablemente, recogiendo víctimas. El hospital ya no puede albergar a los heridos que pasan de 300”, indicaba el texto que acompañaba otra imagen.

La cifra real de muertos

Tras conocerse la masacre, el país entero miró hacia León. Los diarios siguieron la historia día a día: primero el ataque, luego el dolor, después la exigencia de justicia. 

En las páginas se multiplicaron las fotografías de heridos, filas de familias buscando información y cuerpos apilados para ser identificados.

La cifra real de muertos nunca fue clara. Los periódicos reportaban la desaparición de cadáveres, la existencia de fosas clandestinas, algunas versiones apuntaban a que el número de víctimas pudo ser de alrededor de 100. Oficialmente fueron 27.

La escena se volvió símbolo nacional: una plaza pública convertida en campo de tiro. Y el número de víctimas se convirtió pronto en disputa. La cifra real de muertos nunca fue clara.

Los periódicos reportaron la desaparición de cadáveres, hablaron de entierros clandestinos, fosas ocultas y de camiones que se habrían llevado cuerpos a bordo de un camión.

¿100 muertos?

Algunas versiones apuntaban a que el número de víctimas pudo rondar el centenar. Oficialmente, el saldo se mantuvo en 27 muertos.

En León, el tema se coló también en los semanarios. Pasadas algunas semanas La Voz de León publicó un desplegado donde cuestionaba los rumores de desapariciones y entierros clandestinos: sostenía que no había parientes reclamando a algún desaparecido y que, mientras no existieran denuncias directas, no podía afirmarse nada. 

Los periódicos de la época fueron muy importantes para que otros sectores de la sociedad, como las cámaras empresariales fijaran su postura ante la masacre, exigieran justicia y mandaran mensajes contundentes a las autoridades de todos los poderes: Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Militar. 

En contraste, algunos titulares nacionales denunciaban ocultamiento. No sólo se discutía quién disparó, sino qué tanto se estaba ocultando.

En un informe realizado por los ministros de la Suprema Corte expresaron sus dudas sobre el número oficial de víctimas y advirtieron que había sustento en la versión de médicos y de periodistas de que muchos muertos fueron desaparecidos por las autoridades.

Protestas en todo el país

La indignación se desbordó más allá de Guanajuato. A través de los periódicos se publicaron convocatorias para manifestarse en distintas ciudades. Hubo llamados a marchas, a actos de duelo y a protestas formales.

En la Ciudad de México, por ejemplo, se convocó a la colonia leonesa residente en la capital a una manifestación de duelo y protesta, citada en la Columna de la Independencia, con una petición simbólica: portar un distintivo de luto en el brazo izquierdo. 

La prensa también registró el clima que crecía en las calles: multitudes en cortejos fúnebres, marchas, reclamos y un duelo que dejó de ser local para convertirse en nacional.

La masacre dejó de ser únicamente un hecho criminal: se convirtió en una crisis política nacional.

A través de las páginas de los periódicos también se publicaron convocatorias para protestar en varias ciudades del País. Imágenes de las marchas y protestas se publicaron en los diarios. 

La desaparición de poderes y la caída de Hidalgo

En ese contexto llegó un momento clave: la desaparición de poderes en Guanajuato

El presidente Manuel Ávila Camacho ordenó que se investigara la masacre y atribuyó parte de la responsabilidad al gobierno estatal. 

La decisión fue contundente: el Ejecutivo federal hizo la solicitud formal al Congreso para desaparecer los poderes del estado.

El 8 de enero de 1946, seis días después de la masacre, se disolvieron los poderes en Guanajuato por orden presidencial. 

La desaparición de poderes fue un momento clave tras la masacre. El presidente Manuel Ávila Camacho hizo la solicitud formal al Congreso. Esto obligó a Ernesto Hidalgo Ramírez a dejar de ser Gobernador de Guanajuato y a disolver el Congreso local.

La medida, por su tamaño político, tuvo amplia cobertura: para la prensa, la destitución de Hidalgo no era la confirmación de que la represión había provocado una crisis de Estado.

Un día antes de la decisión formal, el presidente lo dijo sin rodeos en un mensaje que fue reproducido por los diarios: los hechos de León habían conmovido al país por la pérdida de vidas y eran resultado de violaciones contra la libre emisión de la voluntad popular, violaciones imputables a los poderes del estado. 

Tras la caída de Ernesto Hidalgo, fue nombrado como gobernador interino Nicéforo Guerrero, ministro de la Suprema Corte de Justicia. 

La destitución del gobernador de Guanajuato, Ernesto Hidalgo Ramírez, fue un tema de amplia cobertura ya que a él se le atribuía responsabilidad al haber solicitado la intervención del Ejército en un problema electoral municipal.

La investigación de la Suprema Corte y la versión militar

La Suprema Corte de Justicia de la Nación realizó una investigación que resultó clave para acercarse a la verdad de lo ocurrido el 2 de enero de 1946.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación realizó una investigación que fue clave para acercarse a la verdad de lo que ocurrió el dos de enero de 1946. Los medios dieron una amplia cobertura a los avances de la investigación que contradecían la versión de los militares.

Los medios siguieron sus avances con atención, sobre todo porque los hallazgos contradecían la versión oficial de los mandos militares.

Mientras avanzaban las indagatorias, los militares difundieron ampliamente otra narrativa: que los soldados dispararon en respuesta a una agresión de la muchedumbre reunida en la plaza.

La prensa recogió esa postura, pero también mostró sus grietas. 

Testigos, periodistas y médicos ofrecieron declaraciones estremecedoras; coincidieron en señalar a los militares como los autores materiales, y aun así, nunca se esclareció con precisión quién dio la orden de disparar.

Juicios y responsables señalados

Los militares que dispararon contra los leoneses fueron llevados a juicio, y gracias a la cobertura periodística se conocieron detalles del proceso, así como los principales señalados: Pablo Cano Martínez y Emilio Olvera Barrón

El general Bonifacio Salinas Leal, titular de la Zona Militar en Irapuato, a donde estaban adscritos los soldados que participaron en la masacre, aunque no fue enjuiciado, también fue alcanzado por la crítica pública.

La prensa registró los avances, las versiones encontradas y el enojo social: por un lado, una ciudad que lloraba a sus muertos; por el otro, una institución armada que justificaba su acción como “defensa”.

Los militares que dispararon contra los leoneses fueron llevados a juicios y gracias a los medios se conoció el proceso que siguieron. Así como los rostros y nombres de los principales señalados: Pablo Cano Martínez y Emilio Olvera Barrón. El general Bonifacio Salinas Leal, titular de la Zona Militar en Irapuato, aunque no fue enjuiciado también fue alcanzado por la crítica. 

El triunfo de Obregón

La historia no terminó en la plaza. Un mes y medio después de la masacre, finalmente, la Unión Cívica Leonesa logró que se reconociera el triunfo en las urnas. 

El 19 de febrero de 1946, Carlos A. Obregón tomó posesión como presidente municipal.

Un mes y medio después de la masacre, el 19 de febrero de 1946, finalmente, la Unión Cívica Leonesa (UCL) logró que Carlos A. Obregón tomara posesión como presidente municipal.

Fue el cierre político de una tragedia que se había originado en un conflicto electoral municipal: la exigencia de respeto al voto y a la autonomía de la ciudad. 

León pagó un precio altísimo, pero su reclamo se convirtió en noticia nacional, en presión pública, en caída de un gobernador y en una investigación que siguió viva en las páginas de los diarios.

La metralla había retumbado en el corazón de León. Y, durante días, semanas y meses, su eco siguió escribiéndose -línea por línea- en la prensa de todo México.

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